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BOLA DE NIEVE

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16 de julio de 2013
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Es una actitud más o menos convencional: a las facultades de Comunicación Social las ronda cierto recelo entre dos formas del ejercicio de la profesión. Quienes aspiran a ser relacionistas públicos juzgan a los periodistas como sabelotodos insoportables (y, con frecuencia, los asiste la razón); y los que sueñan con ser periodistas miran por encima del hombro a quienes prefieren las relaciones públicas, como seres superficiales y ‘pantalleros’.

Pero ese no es un equívoco exclusivo de los estudiantes. Muchas empresas, así como personajes públicos, fomentan el mismo estigma: instalan departamentos de comunicaciones porque "están de moda", con la firme certeza de que para comunicar basta con contratar unos tacones, asistidos por un buen par de piernas, o a una distinguida corbata que domine el arte de la afeitada sin que sangre la barbilla.

Francisco Javier Álvarez, experto en protocolo, fue mi maestro en la universidad y mi tutor en la práctica laboral. A su lado, en el Sena, muchos conocimos una fórmula sencilla en la enunciación y complejísima en su aplicación: "C+C+C: Comunicación con comprensión".

¿Para qué sirve una oficina de comunicaciones?

Trasladémonos al Palacio Liévano, sede de la Alcaldía de Bogotá, un lugar con mejor acústica que la Scala de Milán: se cae la hoja de un árbol y toda Colombia se entera.

El nuevo escándalo, el relato de la contratista Leszli Kalli, no tenía por qué haber superado la anécdota incómoda, podría haber sido resuelto antes de que ella recibiera una amenaza de violación, de que permaneciera cesante a pesar de tener un contrato vigente (ella dice que no le permitían entrar a trabajar), del acoso laboral que ha denunciado.

Al confrontar diversas versiones, es inevitable reflexionar sobre el papel de Rodrigo Silva, jefe de prensa de la Alcaldía, y de Daniel Winograd, asesor de Gustavo Petro.

No se trata de ocultar información o censurar voces, sino de canalizar, evitar que un rumor interno (íntimo, además) se convierta en un grito. (¿Y qué tal el trato machista que Winograd le dio a Kalli?... me gustaría saber si hubiera ‘despachado’ así a un hombre).

Y no es que quiera sacar en limpio a Petro, un político cuya petulancia obstruye su campo visual, y a quien admiré como senador -no así como alcalde-.

Cuentan que Enrique Santos Montejo, "Calibán", uno de los columnistas más lúcidos que ha tenido Colombia, se contradecía y después inducía al lector a cambiar de punto de vista con él. También rectificaba sus afirmaciones si era preciso. Entonces, lo leían más.

Reconocer un error es un acto de grandeza. Genera respeto.

Petro tenía una bolita de nieve en las manos, pero su prepotencia, unida a la falta de destreza en el manejo de las comunicaciones, la convirtió en avalancha.

(Y no sólo aplica al caso de Leszli Kalli ).

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