Un joven negro sangra amarrado a un poste. El candado de una bicicleta rodea su cuello. Ha sido golpeado y acuchillado en una oreja por un grupo de "justicieros" en el acomodado barrio de Flamengo, que sirve de puente entre la pudiente zona sur de Río de Janeiro y el centro de la urbe carioca. La víctima tiene 16 años y tres antecedentes penales por robos menores. Una turbamulta de 30 personas lo torturó y golpeó a la vista de todo el barrio, a plena luz del día. Su presunto delito, robar unas bicicletas en un parque cercano. Sólo una mujer, Yvonne Bezerra de Melo, de 66 años, se apiadó de él y llamó a los bomberos para liberarlo. Heroína para unos y traidora para otros, por haber liberado un bandido. Al linchamiento le sucedió el video hecho público también la pasada semana en el que un hombre descerrajaba un tiro a quemarropa en la cabeza de un presunto asaltante retenido por un grupo de vecinos en Belford Roxo, un municipio del área metropolitana de Río.
En respuesta a la avalancha de críticas, la Policía Militar detuvo a 14 jóvenes de clase media y edades comprendidas entre 15 y 22 años. Los agresores se autodenominan «Justicieros del Flamengo», y fueron acusados de intentar agredir a dos jóvenes de una favela próxima. La Policía cree que pueden existir conexiones entre la oleada de agresiones.
El grupo dice tener su origen en el descontento del vecindario de Flamengo por los constantes asaltos en un precioso parque que lo separa de la Bahía de Guanabara. Flamengo vivió periodos de esplendor y desde sus aristocráticos edificios orientados se divisa una imponente vista del Pan de Azúcar. Hoy, sin embargo, sus calles se han convertido en un lugar poco recomendable para pasear a ciertas horas de la noche. Según el Instituto de Seguridad Pública de Río, los robos a transeúntes registrados en esta zona aumentaron entre enero y octubre de 2013 más del 60 %.
En México, las autodefensas civiles de Michoacán han «liberado» del yugo de Los Caballeros Templarios, el cartel más violento del país, casi una veintena de municipios del estado a punta de pistola. Las autodefensas cuentan con la tolerancia expresa del presidente Peña Nieto ante la imposibilidad de controlar un territorio que era hasta ahora el reino donde los templarios sembraban el terror.
Su objetivo es limpiar, en colaboración con las fuerzas del orden, los 113 municipios de la región. La connivencia del Estado con los justicieros michoacanos también ha despertado comentarios de toda clase en el país azteca.
Estos movimientos responden a la desesperación de la población civil ante la ausencia, inacción y, en ocasiones, complicidad del Estado y de sus representantes armados para combatir el crimen.
Les confieso que siempre he defendido que la legitimidad del uso de la violencia debe quedar en manos del Estado, bajo el estricto amparo de la Ley. Lo contrario, provoca excesos, errores que acaban con las vida de inocentes y nos retrotrae a las cavernas. Al salvaje oeste. Pero, ¿qué hacer cuando el Estado está narcotizado por el mal? ¿Es legítimo el derecho a la autodefensa cuando hemos sido abandonados a nuestra suerte, a merced de asesinos, bandidos y maleantes?
Tengo pocas máximas en mi maleta. Una de ellas es que cualquier daño infligido a mi familia será devuelto multiplicado por diez a quien ose lastimar lo que más quiero en este mundo. Ojo por ojo, diente por diente. Así de claro. Confiaré primero en la Justicia, pero si esta falla o anda perdida, actuaré sin pestañear un segundo. Y si a mis hijos les robaran las bicis en el parque un día sí y otro también, y mi casa estuviera cercada por borrachos, maleantes y chorizos, haría lo necesario para limpiar mi hábitat de alimañas. De forma proporcionada, en este caso. Sin emular a Harry el Sucio.
Hay ocasiones en que tenemos el deber de coger el toro por los cuernos. Cuando el Estado de Derecho mira para otro lado, tenemos todo el derecho a defendernos. ¿O no?
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