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ATREVERSE

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11 de abril de 2014
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Hace unas semanas, en una calle de casas con jardines y edificios nuevos donde vive un familiar, casi linchan a un ladrón. Un joven que no tenía más de veinte años intentó robar un celular. Inmediatamente dos hombres que pasaban por el sitio se le lanzaron encima. Arrojaron a un tejado sus zapatos y le quitaron el par de aretes hasta romperle las orejas. Al sitio iba llegando cada vez más gente y desde un balcón una mujer gritaba: "Mátenlo". La escena concluyó cuando llegó una patrulla de la policía.

Me impresionan los linchamientos porque los protagonistas se dejan llevar por el furor de la turba y expresan su fuerza animal.

Cada vez que escucho la historia de uno, viene a mi mente aquel ocurrido en el año 2000 en Ramala, capital de la Autoridad Nacional Palestina. Hasta allí llegaron por error dos soldados israelíes que fueron arrestados. Una multitud de gente que rodeó la comisaría los golpeó hasta matarlos. Varios de los participantes arrojaron partes de los cuerpos por la ventana y al caer eran pateadas por quienes estaban abajo, en la calle. Mark Seager, el único fotógrafo que pudo ver lo ocurrido, vaticinó lo probable: "seguiré teniendo pesadillas el resto de mi vida".

Esta semana y mientras caminaba para entrar al Foro Urbano en Plaza Mayor, una mujer se cayó aparatosamente. Sólo dos personas se acercaron para darle la mano, acomodarle el vestido y llevarla a un sitio donde pudieran curar sus heridas. Era evidente que algunos testigos querían ayudar pero no se atrevían. Y justo ahí pensé por qué a veces es más fácil movilizarse con rapidez para criticar, mandar cartas de reproche o sumarse a un linchamiento que salir a ayudar, construir o decir lo bueno.

Ahora que las ciudades crecen y la gente tiende a encerrarse más en sus propias vidas, me pregunto si cada vez nos cuesta más acercarnos a los demás, formar comunidades y atrevernos a dar un poco de nosotros para divertirnos, hacer que la gente viva mejor y lograr que esta ciudad avance. Y es que no todo depende del alcalde, jefe, médico, profesor o ingeniero de turno.

Si hago una lista de la gente buena que he conocido en esta ciudad, la lista es extensa e incluye conocidos y extraños. Como aquella mujer que hace un par de años vio que yo andaba perdida en la calle y no se apartó de mi lado durante el rato que nos tomó encontrar la dirección. O aquel médico local que desde su consultorio me dio ánimo y consejos cuando estuve varias semanas en un hospital a miles de kilómetros de distancia y con la incertidumbre como único diagnóstico.

En otras ciudades del mundo vi gente que salía a limpiar las calles de su barrio o a sembrar flores en el parque. Algunos se unieron para prepararle una receta a la vecina que acababa de tener un bebé o fijaba carteles anunciando el bazar gratuito o la reunión con el alcalde. Conocí gente que tocó mi puerta para preguntarme si tenía un amigo interesante para presentarle a la sobrina o invitarme a la inauguración del parque nuevo. Algo parecido puede pasar con más frecuencia en Medellín. A veces es sólo cuestión de atreverse.

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