Comienza hoy en la Iglesia Católica el tiempo litúrgico del Adviento, en latín Adventus -advenimiento o venida-, destacando la evocación del profeta Isaías (765-700 a. C.), que emplea simbólicamente la imagen del monte Sion, situado en Jerusalén -nombre que significa "lugar de paz"-, para anunciar un porvenir de justicia y convivencia pacífica. Los cristianos reconocemos que en Jesús de Nazaret se inició desde hace poco más de 20 siglos la posibilidad del cumplimiento de esta promesa, que se hace realidad en la medida en que seguimos sus enseñanzas.
Jesús anuncia en el Evangelio (Mateo 24, 37-44) su propio advenimiento definitivo llamándose a sí mismo "Hijo del hombre", término que aparece en el libro de Daniel, otro profeta bíblico que vivió en tiempos del rey Nabucodonosor durante el destierro de los judíos en Babilonia (602 a 538 a. C.). El texto de Daniel es del siglo II a. C. y relata una visión simbólica: "Vi que venía entre las nubes… un hijo de hombre… y le fue dado el poder, la gloria y el reino, y gente de todas las naciones y lenguas le servían… y su reino jamás será destruido" (Dn. 7, 13-14).
Recurre Jesús asimismo a la imagen de quien cuida en la noche de que su casa no sea asaltada, para invitarnos a permanecer vigilantes, para que cuando llegue el día de nuestro encuentro definitivo con Él al terminar esta vida, estemos debidamente preparados. Para ello se remite a la imagen bíblica del arca de Noé en tiempos del diluvio, según el relato también simbólico que aparece en el libro del Génesis y que nos invita a reconocer la acción salvadora de Dios mediante una nueva creación para quienes permanecen fieles a él, representados en la figura de Noé y su familia.
El apóstol Pablo (Romanos 13, 11-14) nos invita a estar bien despiertos, para que el encuentro definitivo con el Señor en la eternidad no nos sorprenda desprevenidos. La imagen del contraste entre noche y día, entre tinieblas y luz, indica cómo debe ser esta preparación: desechando la oscuridad del egoísmo, para caminar en la claridad del amor que es Dios mismo, con la dignidad de nuestra condición de hijos suyos, a imagen y semejanza de su Hijo Jesucristo.
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