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23, 35, 31

  • Ana Cristina Restrepo Jiménez | Ana Cristina Restrepo Jiménez
    Ana Cristina Restrepo Jiménez | Ana Cristina Restrepo Jiménez
17 de agosto de 2010
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Sería ideal que, mientras lee estas líneas, usted escuchara el arpa llanera de Luis Carlos Celis...

En el Metropolitano, el grupo de teatro Malandro, dirigido por el colombiano Ómar Porras, presentó "Bolívar: fragmentos de un sueño". En la primera función, el viernes, vi nacer a Simón Bolívar; el sábado, lo vi crecer (¡entre un público alegre!) y, casi a las 8 p.m. del domingo, lo vi morir cubierto de tierra, de sangre escénica; frente a soldados -en las butacas- que alguna vez derramaron sangre real.

La obra se desplegó como un abanico de imágenes musicales, narrativas, históricas, pictóricas (cuadros escénicos que evocan el arte universal), políticas (el personaje mordaz del vigilante, que todo lo excusa en nombre de la "seguridad") y, ante todo, simbólicas (el peto del Libertador, la tierra sobre el escenario, la puerta roja, las voces de Gaitán y Galán, la maleta con el mapa de la Gran Colombia, el tricolor sobre Francisco de Miranda; el beso de una cantante callejera que da vida a una estatua; y la caricatura de Fernando VII).

El inocente aprendiz de los principios " liberté, égalité, fraternité " es el mismo que delira en El Chimborazo. Es un Bolívar, descalzo, sin busto ni placa conmemorativa.

En una imagen llena de poesía, desde la miseria, el prócer sube a un pedestal y se cubre con una sábana blanca. Recita la Carta de Jamaica mientras llueve sobre él: Bolívar es un fantasma a la intemperie.

Este Libertador es una fuerza, cuyos sueños a veces son usurpados para "confundir pequeños desacuerdos con grandes conflictos". Y, por eso, muere de tristeza ("quién sabe si le colaboraron con un poco de arsénico", dice el autor de la obra).

Una reflexión de 23 minutos con William Ospina; de 35, con Sandro Romero (dramaturgo); y de 31, con Ómar Porras; me permitió visualizar tres bolívares. Tres versiones del Libertador y tres libertadores a través del arte.

¿Cómo contar el Bolívar bajo la piel de Porras? ¿O el Miranda que hierve en las venas de Carlos Gutiérrez? ¿Poner en palabras la voz, la preciosidad, de Juanita Delgado (Manuela Sáenz)?

23, 35 y 31: lo único que puedo contar. Minutos efímeros para ojos y oídos, fragmentos de artistas cuya obra es imperecedera.

Una obra de teatro, bien lograda, es un fenómeno estético irrepetible. No sé cuánto duró cada función (para mí, ninguna se ha acabado). Tampoco puedo contar las obras ni los infinitos minutos que he pasado en la Casa del Teatro o en el Matacandelas, en diminutas pero inmensas salas de teatro de cámara de mi ciudad.

Es posible creer en lo invisible. Así concebido, el teatro es un delirio libertador: nos resucita, nos incorpora. Abre nuestros pesados párpados.

Si no escuchó, si no imaginó el arpa llanera de Celis -parte del elenco del montaje-, sería ideal que usted viviera el teatro. Que no se lo cuenten.

As bajo la manga : ¡Aplausos para el Festival de Teatro Infantil Colegio San Ignacio, en sus veinte años!

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