Hoy, más que nunca, la vieja sentencia de Francisco Maturana —“perder es ganar un poco”— vuelve a tener sentido. No como consuelo vacío, sino como advertencia urgente. Porque si Néstor Lorenzo no logra capitalizar las derrotas recientes ante Croacia (2-1) y Francia (3-1), el panorama rumbo al Mundial podría complicarse más de lo esperado, incluso hasta el punto de una eliminación temprana.
La caída frente a Francia dejó más dudas que certezas. Y eso que el rival no presentó desde el inicio a todo su arsenal: nombres como Kylian Mbappé, Michael Olise y Ousmane Dembélé comenzaron en el banco. Aun así, el dominio fue evidente. El doblete de Désiré Doué y el tanto de Marcus Thuram reflejaron una superioridad que, incluso, hizo que el marcador luciera corto.
Un bloque defensivo que no da garantías
El primer gran foco de preocupación está en la defensa. La dupla entre Dávinson Sánchez y Jhon Lucumí no logró consolidarse, y tampoco lo hizo la alternativa con Yerson Mosquera. Más allá de los nombres, el problema parece estructural: Colombia no está defendiendo como bloque.
En el fútbol moderno, la primera línea defensiva empieza desde los delanteros. Y ahí el equipo falla. Jefferson Lerma aparece como el único volante con vocación clara de marca, mientras que Richard Ríos no termina de consolidar ese ida y vuelta necesario en la élite. Más crítico aún es el caso de James Rodríguez, cuyo talento es indiscutible, pero cuyo ritmo actual lo deja expuesto: camina la cancha en tramos donde el equipo necesita intensidad.
Un ataque desconectado
Pero los problemas no terminan atrás. En ataque, Colombia tampoco logra sincronizar sus piezas. Luis Díaz sigue siendo el jugador más desequilibrante, pero se le percibe aislado. En su club encuentra socios que potencian su juego —como delanteros que leen sus movimientos y capitalizan sus asistencias—, algo que no ocurre en la Selección.
Ni Luis Suárez ni Jhon Córdoba lograron cumplir ese rol de finalizador. Paradójicamente, los goles llegaron desde la segunda línea, con Jhon Arias y Jaminton Campaz, lo que evidencia un problema de eficacia en los hombres llamados a definir.
Los laterales, históricamente un punto fuerte del equipo, tampoco pesaron como en otras presentaciones. Sin profundidad por las bandas ni contundencia en el área, el ataque colombiano pierde filo.
Lejos de la élite
Estos detalles confirman que Colombia aún está lejos de las grandes potencias. Las expectativas infladas —como ciertos rankings internacionales que la ubicaban entre las favoritas— contrastan con lo que se ve en la cancha: un equipo con talento, sí, pero sin funcionamiento sólido.
Y, sin embargo, hay un matiz importante: para eso existen los amistosos. Son el laboratorio donde se evidencian errores que, bien trabajados, no deberían repetirse en competencia oficial. La historia del fútbol colombiano, de hecho, ha demostrado que cuando llega con exceso de favoritismo suele fallar. Tal vez este golpe a tiempo sea más útil que perjudicial.
Decisiones urgentes
El margen de maniobra existe, pero es corto. Hoy hay preguntas abiertas en casi todas las líneas. Si el Mundial comenzara mañana, la titularidad de James sería discutible, con Juan Fernando Quintero pidiendo paso por presente. Tampoco está resuelto el arco ni hay claridad absoluta en la estructura defensiva.
Todo dependerá de la capacidad de Lorenzo para ajustar, corregir y tomar decisiones valientes. Porque más allá de nombres, lo que está en juego es la construcción de un equipo competitivo.
Entre la preocupación y la esperanza
La afición quedó inquieta. No es para menos. Pero también hay tiempo para reaccionar. El desafío es claro: convertir estas derrotas en aprendizaje real.
Si Colombia logra hacerlo, la frase de Maturana dejará de ser un consuelo y se convertirá en una hoja de ruta. Si no, el riesgo es llegar al Mundial sin respuestas... y salir de él antes de tiempo.
Regístrate al newsletter