Ansiedad. Esa sensación intensa y persistente se apoderó de mi ese primero de julio de 2004. Había llegado el día de acariciar la gloria continental.
Como de costumbre me levanté temprano. Toda la noche anhelé que amaneciera rápido sobre la fría Manizales. Fui el primero en hacerlo y para calmar los nervios salí a caminar por los pasillos y zonas verdes de Termales del Otoño. Desde ese momento percibí la expectativa que había en la ciudad, en los rostros de los trabajadores del hotel, que nos saludaban y sonreían con ilusión.
El desayuno estuvo tranquilo. El almuerzo, fue difícil porque ninguno probó bocado. Como capitán me preocupé ante la escena, pero luego, en el refrigerio todos nos alimentamos bien.