La Red de Escuelas de Música de Medellín es quizás uno de los programas más revolucionarios y transformadores de la ciudad. El impacto casi siempre se dice en cifras –por su aulas han pasado más 80.000 niños y niñas en los últimos 30 años–, pero los números no dan cuenta de los efectos que ha tenido el programa en la ciudad.
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El paso por La Red le permitió a muchos niños y niñas acceder a instrumentos, aprender música y girar por el mundo con una orquesta, pero también transformar su vida ampliando sus expectativas, generando pensamiento crítico, capacidad de acción, reconocimiento simbólico y muchas cosas más que tiene que ver la justicia, la democratización y el derrumbe de los prejuicios y las fronteras invisibles que han fragmentado esta ciudad desde los años de la violencia y el narcotráfico. Eso fue lo que encontró Nathaly Ossa Alzate, una de las integrantes de la primera generación de La Red en su tesis de maestría, donde exploró a través de la historias de vida de algunos de sus compañeros de La Red, como el pasó por el proyecto transformó sus vidas.
Nathaly es abogada, tiene una maestría en Educación y Cambio Social en la Universidad de Oslo (Noruega) y trabaja como Impact Engagement Strategist para la fundación Academy for impact through music: AIM, con sede en Liechtenstein, que financia proyectos como La Red en 30 países del mundo. En conversación con EL COLOMBIANO, habló sobre su investigación y la importancia de la música y los proyectos de educación para la transformación social.
¿Cómo comenzó en La Red?
“Yo había entrado a clases de violín en Bellas Artes cuando tenía 11 años, pero me faltaban niños, porque en el conservatorio normal uno está con el profesor encerrado, y yo me aburría mucho, entonces me fui a la escuela de Castilla, que la habían acabado de abrir”.
¿Por qué llegó a esa justamente?
“Por mi profesora de violín, ella me dijo ve, abrieron una escuela nueva con niños, yo creo que eso te va a gustar más y fui. Eso cambió todo, el primer enganche es conocer otros niños”.
¿Pero vivía en Castilla?
“No, en Envigado. Atravesábamos la ciudad todos los días”.
De Envigado a Castilla no solo había una distancia física sino simbólica, sobre todo en esos años de tanta violencia, ¿cómo fue esa experiencia?
“Espectacular porque yo creo que los niños de Medellín, no sé si ahora, pero sobre todo en esa época estaban viviendo en burbujas, entonces uno se conocía con niños de otros barrios. Para mi mamá fue un choque que yo decidiera irme para allá, ella quería que yo siguiera en Bellas Artes, pero asumió el compromiso, y un tío que era taxista me llevaba todas las tardes cuando empezaba el turno y me recogía por la noche”.
Pasabas toda la tarde allá...
“Si, uno de los factores de éxitos de La Red en su momento es que eran como 20 horas a la semana, o sea, la cosa era ocupar el tiempo. Uno salía del colegio con uniforme y se iba toda la tarde y sábados y domingos, entonces no había tiempo para distraerse en otras cosas. Yo casi que vivía en Castilla. Ahí se hacían relaciones que no se habrían hecho en otro contexto en Medellín, se rompían esas barreras mentales y esa diversidad de repente se vuelve una cosa democrática, sobre todo en los niños y adolescentes y eso es muy importante, sobre todo en Latinoamérica que están esas barreras de clase y estratos”.
Dejan de percibir esas fronteras invisibles que dividen la ciudad...
“Claro, porque se junta todo y ahí no importa de que barrio eres, importa como tocas, cuál es tu instrumento, quién es tu profesor. Hay otras capas de poder, como hay en todas las sociedades, pero ya no tienen que ver con el colegio o el estrato social.
Y eso también es muy importante, democratizar las oportunidades, porque en todos lados hay inteligencia, talento, capacidad, pero lo difícil es romper todas esas barreras y La Red llegó a romperlas todas y lo hizo con música clásica, que fue algo muy simbólico, porque cuando Juan Guillermo Ocampa, el fundador del programa, va a los barrios y lleva violines mucha gente se oponen y dicen, aquí dennos clases de rap, de salsa, de vallenato porque estaba esa idea de que la música clásica era para otra gente, pero cuando empezamos a tocar Mozart, Vivaldi, Beethoven fue como ¡wao!, son súper inteligentes y súper talentosos. Hay un respeto ya implícito por ser una música mucho más difícil técnicamente. La gente no lo podía creer”.
El trabajo de Juan Guillermo, más allá de montar el programa, estuvo en el acompañamiento a los estudiantes, ¿cómo lo describiría?
“Él es un monje, es un trabajador social que nunca busca reconocimiento. Nos hablaba mucho, nos contaba de Martin Luther King, de la Madre Teresa de Calcuta, historias de gente que había transformado su contexto y nos decía, ustedes están haciendo historia, lo que pasa es que no saben, pero créanme que ustedes van a ir a Europa, van a dirigir orquestas, van a viajar por el mundo, ustedes van a transformar la cultura de esta ciudad. Y ese discurso, dicho en el momento correcto puede transformar completamente la visión, sobre todo de un niño y de un joven. La música sensibiliza demasiado, entonces uno está así como con el espíritu abierto, le llegan esas ideas y es un campo fértil de gente con ganas, saliendo adelante. Eso hace parte fundamental del proceso, pero yo no se si eso lo tiene La Red ahora, porque también estos programas se vuelven institucionales y cambian de dirección”.
¿Qué pasó con esa primera generación de músicos de La Red?
“Yo creo que fue una generación pionera a la que le tocó luchar muy fuerte con el estigma de lo que se esperaba de los jóvenes de los barrios populares de la ciudad, y eso se volvió una gran fortaleza, porque pudimos abrir puertas, derrumbar muros y llegamos a lugares donde los músicos de la ciudad nunca habían llegado. Eso generó un reconocimiento social, un sentido de propósito y una capacidad de transformar nuestras vidas muy grandes a nivel individual que se reflejan en historias de vida muy diferentes pero que han logrado unos caminos de vida muy coherentes que tal vez no se hubieran logrado si La Red no hubiera existido, eso generó unas narrativas de vida y una capacidad de soñar y de imaginar futuros que tal vez no hubieran existido si nos hubiéramos quedado encerrados en el barrio”.
¿A nivel musical qué pasó con la aparición de La Red?
“La Red democratizó el acceso a la educación musical, porque antes estaba la música tal vez en los colegios, la flauta dulce, pero esto trajo una dificultad técnica e interpretativa que confió en la capacidad de los niños y jóvenes de la ciudad y trajo unos profesores con unas metodologías distitnas, con otra capacidad de hacer que nos hizo romper con los límites que estaban establecidos. Nosotros no hacíamos repertorio de niños, tocábamos desde Tchaicovsky hasta Mahler, y eso también generó un efecto dominó con los niños de las otras generaciones.
Otra cosa importante es que muchos de los que no son músicos ahora son el público de las orquestas sinfónicas de la ciudad. Mientras que en Europa hay un problema muy grande por el envejecimiento del público de la música clásica, en Medellín y en América Latina en general la gente es joven porque estudió música en algún momento, conocen las sinfonías aunque no sean músicos y se pueden ir a un concierto y luego a bailar reguetón y no tenemos eso separado en la cabeza.
Esa primera generación de música llegó a transformar no sólo el ámbito musical sino que de ahí se crearon todas las otras redes de la ciudad al ver el impacto social. Esto afectó otros géneros, otras artes, se crearon nuevas orquestas y el nivel de las orquestas profesionales que ya existían aumentó. Digamos que pasamos de una actividad musical muy provincial, muy pequeñita a casi de talla internacional”.
La Red ayudó a transformar la idea de la música clásica en la ciudad...
“Si, se normalizó, porque antes era una cosa excepcional y ahora, o en su momento, cualquiera podía acceder a un violín, ir a clases, practicar, llevárselo a la casa, mostrárselo a los hermanitos. De repente pasó de ser una cosa de una élite muy pequeñita de la ciudad a que casi que cualquier niño o joven pudiera acceder. Pero más que la parte musical, eso generó un desarrollo de habilidades de tipo personal, mental, intelectual, que hizo que salieran otro tipo de ciudadanos también, no sólo músicos”.
¿Por qué diría que es importante aprender música más allá de la música?
“En el mundo se valora mucho la visión industrial de la música, el mainstream, el marketing, pero este tipo de formación como la que tuvimos en La Red no va a la utilidad de la industria y el mercado, sino que tienen un enraizamiento más hacia la transformación del ser humano, y puede que eso no sea rentable nunca, pero es eso de la utilidad de lo inútil, puede que sea muy inútil tocar sonatas de Bach en una casa de un barrio en Medellín, pero lo que puede generar es una transformación en el ser humano que va a repercutir en muchos niveles de lo micro a lo macro.
Estas pequeñas historias de vida han generado cambios sistémicos que ya Medellín los ha visto, lo que pasa es que como tuvo este impacto tan grande en la ciudad, tal vez ahora está yendo por otros caminos, tal vez se está multiplicando sin reflexión, sin líderes con una filosofía detrás más allá del mercado, del concierto, de la venta de entradas, del turismo y eso puede ser muy peligroso porque estos programas, y no sólo los de música, aquí entra el deporte, la literatura, los museos, las bibliotecas, lugares que no generan dinero, que siempre van a depender del estado, pero que sin eso perdemos la búsqueda de la belleza, la capacidad de ser humanos porque en la educación todo se está volviendo utilitario, producir, producir, emprender, técnica...
Para mí esto tiene que ver más con el potencial educativo, no de mercado, no de venta de entradas. Son dos cosas paralelas, una cosa es la industria musical, como una industria potente, monetariamente muy fuerte a lo que se está enfocando mucho la ciudad y otra es utilizar la música como instrumento de transformación social”.
¿Qué diría que le ha dado la música y su paso por La Red?
“Toda mi carrera profesional ha estado en la música, porque la música fue la herramienta que me tocó a mi, pero podría haber sido una escuela de natación, o otra cosa, pero yo estoy apasionada por los proyectos educativos en niñez y jóvenes que pueden desarrollar todo eso, sacarlos de la vulnerabilidad, esa interacción horizontal, ese reconocimiento simbólico, en fin. La música fue un vehículo, y fue una experiencia hermosa de Medellín, crecer en medio de eso, pero lo que me mostró es el potencial que tiene en la educación. Es muy importante esa visión, esa filosofía detrás, porque aprender música de manera técnica es como aprender a hacer madera o ensamblar sillas, es una técnica, y ahí ese elemento transformador no existe”.
Ya no estamos en los años de violencia del narcotráfico, pero estos programas siguen siendo pertientes...
“Yo creo que sí y sobre todo en esta época de la Inteligencia Artificial. La pedagogía está en el siglo pasado, los conservatorios, las universidades es uno a uno, yo tocó, el repite, y resulta que para poder lograr este proceso de transformación hay que diseñar con miras a los resultados sociales que va a dar, si queremos que las niñas sean más líderes, si queremos que haya justicia, que haya pensamiento crítico en general en las generaciones más jóvenes, porque estamos todos metidos en las redes sociales, entonces ahí es donde más sentido van a tener las cosas manuales como tocar un instrumento, como leer una partitura, la música en vivo, la experiencia, porque es completamente honesta, hay que sacar a la gente del sofá y traerla a un lugar a que se sienten con otros humanos. Este tipo de educación es importante por los retos que vienen, por la atención de los niños ¿cómo más vamos a luchar con las máquinas para preservar nuestra humanidad?”