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Ramón Manco “pela el cobre” en Carabobo

Este personaje tiene una anticuaria en la que prevalecen los objetos de cobre. También hay letreros publicitarios

  • Ramón nació en Cañasgordas. Se casó en Ciudad Bolívar. Lleva en Medellín 40 años. FOTO Jaime Pérez
    Ramón nació en Cañasgordas. Se casó en Ciudad Bolívar. Lleva en Medellín 40 años. FOTO Jaime Pérez
  • Ramón Manco “pela el cobre” en Carabobo
07 de mayo de 2015
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De Turquía. Los primeros antecesores de Ramón Manco Manco son nada menos que de este país situado entre Asia y Europa: es vendedor de utensilios de cobre. Y como aquellos, separados de él por un promontorio de siete mil años, vende campanas y jarras, plateros y copas, medallas y llaves...

Su venta, situada en el pasaje Carabobo, entre Amador y Maturín, es una suerte de escaparate metálico sembrado en el suelo de cemento, cuya estructura apenas se ve entre tantos objetos amarillos y rojizos que tiene colgados por todas partes. Y él, por momentos, también queda oculto entre los trastos.

No, yo toda la vida no he vendido antigüedades —aclara Ramón, y entonces aprovechemos para decir que en esa venta de antigüedades prevalecen las de cobre, aunque también hay de alpaca, una aleación de cobre con zinc, y objetos diversos como vitrolas nuevas con aspecto antiguo, radios eléctricos de hace cuatro décadas y unos cuantos utensilios de peltre, como bacinillas y poncheras, y retablos de publicidad de la primera mitad del siglo pasado, especialmente de Coca-Cola—. Yo he tenido varias versiones: fui agricultor, en Cañasgordas; después, panadero en Ciudad Bolívar y en San Antonio de Prado y, bueno, después me convertí en anticuario.

Vendió conos también, añade su hija, Gloria Amparo, mientras organiza ceniceros. Ella, quien en su nombre lleva su destino, se ha convertido en amparo de sus padres, Ramón y Blanca, de tal manera que ellos han ido detrás suyo cuando se muda de casa.

¿Conos? Ah, sí, eran conos de dulce que hacíamos en la panadería. Esa receta la sacamos de la mente. Me iba para los pueblos a venderlos. Con conos me hice a una casita en Santa Cruz.

Relevo

Blanca era quien trabajaba diariamente con el hombre de cobre. Abrían a las nueve de la mañana, como en la actualidad, y, mientras él iba extrayendo la mercancía de los entrepaños del escaparate, los elementos pequeños, elefantes, ranas, matacandelas, caballitos, copas, encendedores, abrecartas, budas, destapadores, estatuillas de Simón Bolívar, indios, ella iba hasta una cacharrería cercana a traer lugar donde guardan lo que no cabe en su venta, vitrolas, percheros, candelabros judíos de siete brazos, pailas, teléfonos.

Durante el día, ella se ocupaba de sacudir constantemente el polvo de los objetos, que en el Centro de la ciudad es tarea de nunca acabar, porque parece que cayera una lluvia eterna de partículas diminutas, a pesar de que Carabobo es peatonal y, aparte del carro de la basura que pasa una vez por la mañana, no tiene el paso de automotores que genera tanta polución. Y permanecía atenta a que los ladrones no se robaran elementos, un reloj, un teléfono, mientras Ramón espabilara, especialmente cuando llovía, porque los rateros se aprovechan de cualquier cosa y qué mejor para ellos que esa confusión de peatones corriendo y vendedores apresurándose a tender mantas de plástico sobre sus productos.

Y a la hora del cierre, las cinco de la tarde, mientras él iba arrumando los elementos en los mismos compartimentos de los que los había movido, ella llevaba la mercancía mayor a la cacharrería.

Yo venía a acompañarlos solamente de vez en cuando, recuerda la hija. Pero mi mamá venía perdiendo la vista. Y hace como cuatro años, en un examen oftalmológico mal hecho, con un aparato de láser averiado, le acabaron la vista, se la quemaron. Quedó con un ojo nada más. Otro médico le dijo que lo tenía que cuidar, porque de lo contrario, la perdería también. El esfuerzo aquí, en la venta de antigüedades, no le favorecía. Desde eso no volvió más y yo vengo a trabajar con mi papá.

Gloria está convencida de que los elementos que venden son para personas de clase media y alta. Los pobres, dice, no les encontramos gracia. Los ricos las usan para decorar fincas y estaderos.

Yo también estoy cansado, dice Ramón. ¿Cansado? Sí, de ir a Caracas cada dos o tres meses a traer mercancía. En los almacenes de Caracas sí que hay cobre y antigüedades bonitas. Camina usted, como por decir, entre dos cuadras llenas de almacenes así. Lo que le falta a uno es plata y manos para traerlas. Y cansado de venir todos los días.

Sin embargo, ahí está Gloria Amparo, dispuesta a seguir poniéndole un imán a las cosas y así no dejarse engañar de quienes quieren meterle estaño por cobre. Y él lo sabe.

años es el tiempo que lleva Ramón Manco vendiendo antigüedades de cobre.

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