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Viaje por La Habana con el mentor de Mario Conde

ElColombiano
El escritor Leonardo Padura visitó Medellín luego de 25 años. FOTO Julio césar herrera

Leer a Padura es sentir el ímpetu del mar que choca contra el malecón de La Habana. Es caminar los recovecos de una ciudad ardiente que se quedó congelada en el tiempo. Es admirar la cadencia pegajosa de un guaguancó y saborear un buen trago de ron.

Es todo eso y también es acompañar a Trotski en la huida de la Unión Soviética, conocer la minucia de la Guerra Civil española o seguirle la pista a una obra de Rembrandt del siglo XXVII.

Hablar con Padura, además, es condensar todas esas escenas y temáticas en una conversación de media hora. Esperar a que fume un cigarro, recibir una cátedra sobre la idiosincrasia cubana y aguardar con paciencia a que achine los ojos y sonría cuando se le pregunte por el béisbol que practicaba en su infancia.

Padura regresó a Medellín, luego de 25 años, a participar del Hay Festival y a presidir el jurado del Premio Biblioteca Narrativa Colombiana.

En El Ágora (qué nombre poético para conversar de letras) de Eafit y a la sombra de un pimiento, el escritor repasó detalles de su obra, contó infidencias de su personaje emblemático (Mario Conde) y reflexionó sobre La Habana actual:

¿Qué tanto han servido los premios que se ha ganado para que su obra sea más visible dentro y fuera de Cuba?

“Han sido muy importantes. Para mí fue clave ganar, en 1995, el premio Café Gijón de novela. Era un premio con cierta tradición en España y cuando lo gané tenía un elemento que para mí era adverso y se convirtió en algo beneficioso y es que no tenía compromiso editorial. Tuve la suerte que dos de los jurados le recomendaran mi obra (Máscaras) a la editora de Tusquets, Beatriz de Moura.

Ese reconocimiento no solo me salvó de la inopia absoluta porque había dejado mi trabajo como jefe de redacción en una revista, sino que significó una editorial con la cual he hecho toda mi carrera”.

¿Qué hay de la vida del siempre nostálgico Mario Conde?

“Conde cumple 60 años y acaba de aparecer en La trasparencia del tiempo (2018) donde hace una investigación en La Habana del año 2014, que termina en un momento en el que se produjo un cambio importante porque se restablecieron relaciones entre Cuba y EE.UU. Conde va constatando los cambios de la sociedad cubana, los ve desde la perspectiva de su edad y eso es clave. En esta novela hace un ejercicio de mirar la historia para entender cómo el hombre ha tenido que enfrentar circunstancias que vuelven a ocurrir porque son propias de la condición humana y de los procesos históricos que tienen la capacidad de cambiarle la vida a un individuo y llevarla por senderos que ni uno mismo esperaba.

En mis novelas no he hecho otra cosa que hablar del proceso social y político cubano, a través de una crónica que no tiene una primera lectura política. Aspiro que tenga una lectura social y, sobre todo, humana. Es una de mis obsesiones contar la vida cubana contemporánea”.

Hablemos de esa amistad entre Mario Conde y El Flaco...

“Conde, El Flaco y el resto de amigos es gente que vive en un mundo el cual la relación humana es fundamental. Conservan sus costumbres, sus ritos, sus maneras de relacionarse, oyen la misma música, toman el mismo ron, hablan de los mismos temas y han levantado unos parapetos para dejar ese mundo lo más incontaminado posible de lo que ocurre afuera. Conde es un tipo muy conservador porque no le satisface lo que ve más allá. Con El Flaco Carlos, que es su complemento, tiene una amistad entrañable. Mientras Conde es un tipo pesimista, Carlos, que está inválido, es un tipo optimista y eso hace que dramáticamente haya un balance entre los dos personajes que salva a Conde”.

¿Por qué cree que el género policiaco no pasa de moda?

“Porque tiene la gran virtud de contar una historia de principio a fin. El hombre, desde la época en que estaba en las cavernas, ha usado el contar y escuchar historias como su manera de entender el mundo. Creo que la novela policiaca conserva esa capacidad de tener una coherencia dramática en la que puede violar determinados códigos, invertirlos, pero generalmente hay un principio, un desarrollo, un clímax y un desenlace. Esa estructura perfecta hace que sea la mejor manera de poder contar una historia”.

Al leerlo uno entiende los contrastes de La Habana, pero también valora la capacidad de los personajes de disfrutar momentos felices ¿Qué los mantiene a flote?

“Los colombianos también saben muy bien de esas estrategias para disfrutar en momentos difíciles de la historia. Yo estuve en Medellín por primera vez en 1994 y todavía era un lugar donde la tensión se podía cortar con un cuchillo en el aire. Sin embargo fue la ciudad donde vi más gente bailar salsa y tomar ese aguardiente anisado que toman los paisas (risas). Eso mismo hay que trasladarlo a Cuba. La gente necesita vivir y encontrar nichos de felicidad en medio de situaciones difíciles. La vida cotidiana preocupa al cubano porque hay una economía que no ha sido capaz de darle a la gente lo que la gente merecería por el trabajo, el esfuerzo y los sacrificios de tantos años.

En medio de eso la gente se las arregla para vivir de la mejor manera posible: oye reguetón, toma ron y practica mucho el sexo que es uno de los deportes nacionales más populares (risas)”.

Martín Caparrós tituló hace poco que Caracas estaba herida y que era un enclave de guerra, pero sin guerra. ¿Cómo describe a La Habana actual?

“La Habana es una ciudad que cumple 500 años en noviembre del 2019 y que tuvo un gran esplendor en el siglo XIX y la primera mitad del XX. Después ha tenido más importancia como referente político que como referente arquitectónico o turístico. Recién ahora recupera otra vez ese espacio en el imaginario de los norteamericanos que vienen a Cuba buscando ver qué cosa es una Cuba en revolución y qué queda de la que sus padres conocieron hace 60 años.

Es una ciudad en un estado de deterioro bastante grande y ahora, para colmo, nos ha pasado por encima un tornado que destruyó una cuarta parte de la ciudad. Al margen de eso ha habido un intento de rescate importante de la parte antigua, creo que se han conservado lugares que tienen que ver con esa historia grande que tuvo la ciudad.

Usted cree que en el mundo el socialismo fracasó o piensa que hay alguna posibilidad de que vuelva a surgir (y funcione)

“Especular con la historia que no ocurrió es un ejercicio muy osado y trato de no hacerlo. Cuando me piden que haga esta evaluación siempre digo que creo que Trotski hubiera hecho más o menos lo mismo que Stalin, pero se hubiera dado cuenta que no hacía falta matar a más de 20 millones de personas. Con matar a las 100 mil necesarias se podía lograr más o menos lo mismo. Las revoluciones son cruentas.

Con respecto a la utopía de una sociedad igualitaria en el siglo XX fracasó. No contó con algunos elementos que, creo yo, son indispensables y que el propio marxismo los explica, uno de ellos es la eficiencia económica. Si no hay una economía capaz de sostener un proyecto social, ese proyecto social comienza a deteriorarse.

Ocurrió desde la misma Unión Soviética hasta el caso de Cuba donde vivimos una crisis terrible en los años 90 de la cual todavía no hemos salido. Pienso que ese fracaso debería servirnos para entender hasta qué punto es necesaria la construcción de una nueva utopía de una sociedad mejor”.

En su obra le hace muchos guiños al béisbol. ¿Qué tanto influye este deporte en la idiosincrasia cubana?

“Es un elemento fundamental en la cultura del cubano. Alrededor de este se producen una serie de procesos que fueron fundamentales para forjar el ser cubano. En el siglo XIX, un grupo de jóvenes de la aristocracia cubana que estudiaban en Boston, Filadelfia y Nueva York llevan el béisbol a Cuba y es un deporte absolutamente clasista. Con una velocidad sorprendente se arraiga en la isla y empieza a expandirse. Primero eran 20 aristócratas pero al cabo de un rato eran 100, con gente clase media y clase popular, incluidos los negros. Fue un elemento muy importante además porque la música se ligó al espectáculo y los juegos terminaban en verbenas donde se comía, se bebía y se bailaba. Eso es toda una manifestación de espiritualidad muy importante.

Eso se desarrolla en todo el siglo XX de una manera muy invasiva y creo que la sociedad cubana lo asume como uno de los referentes cotidianos. Incluso llega a un punto que una de las maneras de expresar la realidad es a través de expresiones del béisbol: estoy en tres y dos o lo cogieron fuera de base son frases que pasan del deporte a la expresión cotidiana”.

¿Qué tan buen pelotero era?

“Desde niño me crié jugando béisbol, soy un fanático absoluto de ese deporte y lo practiqué con mucha pasión pero con pocas capacidades deportivas y por eso dejé de jugarlo (risas). Yo creo que hubiera sido un buen manager. Si me preguntas cómo me considero como escritor, trataría de no responderte, pero si me preguntas cómo me considero como conocedor del béisbol te digo que soy una de las personas en Cuba que más sabe de pelota”.

Usted ha dicho que las entrevistas le quitan mucha energía, ¿qué actividades se la devuelven?

“Los encuentros con los amigos en La Habana son noches que disfruto muchísimo. El mismo hecho de tener tiempo para escribir. Los viajes de promoción me agotan mucho, pero tienen una parte satisfactoria porque me encuentro con viejos amigos, conozco gente, estoy cerca de lugares que me interesa conocer, o volver a ver, como es el caso de Medellín”.

El poeta cubano Eliseo Diego dijo: “Las diminutas dichas, que se aferran con sus mínimas garras a la vida, ¿serán el porqué sí de todo?” ¿Cuáles serían sus diminutas dichas?

“La primera de mis dichas ha sido poder vivir de escribir y haber encontrado una vocación. Creo que eso es un lujo para cualquiera que practique la literatura. Para mí trabajar es vivir. No como le ocurre, lamentablemente a mucha gente en el mundo, que su trabajo es su condena. Me satisface mucho levantarme en la mañana en mi casa en La Habana, tomarme mi café, mi yogur y sentarme frente al computador y comenzar a escribir, eso para mí es magnífico.

Otra de mis dichas ha sido tener una compañera durante 40 años que ha sido mi equilibrio emocional y mi contraparte intelectual. Nada de lo que he hecho lo hubiera podido hacer sin Lucía. Lucía es la persona que, sin ningún compromiso, funciona como mi segundo gran detector de mierda. Trato de tener el mío aceitado, pero si falla tengo el de Lucía. Es un juicio crítico muy visceral. Otra dicha es haber crecido en una familia muy normal, donde nunca me maltrataron y haber jugado béisbol cuando quise.

Al final del camino, con todos los pesimismos que me puedan acompañar en la despedida, pienso que he tenido una vida satisfactoria porque he podido hacer lo que he querido. Incluso, decidir vivir en Cuba porque tuve la posibilidad hace muchos años de irme y sé que mi vida hubiera sido diferente. En vez de tener un carro que ya tiene 22 años a lo mejor tendría un BMW, pero no tendría escrito los libros que tengo escritos ni hubiera hecho el trabajo que he hecho y eso fue una decisión consciente de la cual estoy satisfecho”

Contexto de la Noticia

· Además de ganar el premio Café Gijón en 1995 por su novela Máscaras, Leonardo Padura acumula una serie de reconocimientos internacionales por libros como El hombre que amaba a los perros (Premio de la Crítica en Cuba), Herejes (Premio de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza) o por el conjunto de su obra como el Premio Internacional de Novela Histórica Barcino (2018) y el Princesa de Asturias de las Letras en 2015. Sus libros ya se consiguen en 26 idiomas.


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