Por cinco años, en el decenio de 1970, Juan Diego Mejía se fue al Caribe a hacer la revolución. Una revolución que, en su caso, consistió en esperar. Mientras esperaba, vivir como paisano en la zona bananera de Magdalena.
De esta revolución se ocupa el escritor en su novela Soñamos que vendrían por el mar. ¿Qué era lo que tanto esperaban los rebeldes? Las armas. Pero nunca llegaron.
“Si hubieran llegado —supone Juan Diego— habríamos escrito una historia como la de las Farc, o algo así”.
Con esta obra, Mejía explica lo que pasaba por la cabeza de muchos jóvenes de su generación.
Creían que era posible construir sociedades justas y equitativas por la vía armada. En un contexto en el que se leía el desencanto de los partidos tradicionales, liberal y conservador, que no habían hecho otra cosa que perpetuar las desigualdades.
Al tiempo que muestra las controversias sociales, explora los debates interiores de individuos que soñaban hacer esa guerra transformadora y liberadora sacrificando su vida y su tiempo, y conseguir la realización personal con su profesión y su arte.
“Pavel, el personaje narrador, es estudiante de arquitectura y actor de teatro. Deja la universidad a medio camino, lo mismo que el grupo de artes escénicas, para irse al monte”.
Ese nombre, Pavel, le vino de haber encarnado un personaje llamado así, en el montaje teatral de La madre, de Máximo Gorki.
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