En una cárcel de Estados Unidos pasó la noche uno de los peores criminales de la última década en Colombia, quien desde una celda aterrorizó a los funcionarios del Inpec que lo custodiaban y trató de colarse a la “paz total” con gestiones en el mundo político y penitenciario.
Se trata de Andrés Felipe Marín Silva, alias “Pipe Tuluá”, quien a pesar de tener poca relevancia en el tráfico internacional de narcóticos, terminó usado con fines diplomáticos por la Casa de Nariño, y servido en bandeja de plata como un aperitivo antes de la cumbre entre Gustavo Petro y Donald Trump.
La orden era clara: que su extradición coincidiera con la cita de los mandatarios en Washington, acordada para las 11:00 a.m. de este martes, con el propósito de presentarlo como un logro más en la lucha contra el crimen organizado, un aspecto que los norteamericanos tanto han cuestionado desde que Trump llegó al poder.
Por eso, a las 2:00 de la madrugada arribó un grupo de 70 uniformados de la Dijín e Interpol a la estación de Policía Los Mártires, en Bogotá, para quitarle la cobija a Marín y transportarlo con un robusto esquema de seguridad hacia el aeropuerto.
Dos horas más tarde despegó en un avión de la DEA, rumbo a una Corte del Distrito Este de Texas, que solicitó su extradición por conspiración para importar y distribuir cocaína en ese país.
“Este resultado demuestra que el narcotráfico no encuentra refugio ni fronteras seguras. Colombia es un socio confiable y seguirá trabajando con los Estados Unidos desde el respeto, la cooperación y los hechos, protegiendo a los ciudadanos y asfixiando a quienes viven del crimen”, publicó en su cuenta de X el ministro de Defensa, Pedro Sánchez, tanto en español como en inglés, como para que no quedara duda de a quién estaba dirigido el mensaje.
¿Pero cómo fue que “Pipe Tuluá”, un sicario parido en las calles del centro del Valle, terminó convertido en un pez gordo para las autoridades?
“Pipe Tuluá”, de sicario a cabecilla de la banda “la Inmaculada”
La carrera delincuencial de Marín inició hace 20 años en la banda “la Inmaculada”, surgida en el barrio del mismo nombre, en el municipio de Tuluá.
La organización hacía trabajos menores de sicariato para el cartel del Norte del Valle, y posteriormente para la organización criminal “los Rastrojos”.
En ese entonces, su jefe era Óscar Darío Restrepo Rosero (“Porrón”), quien junto a estos últimos expandió las actividades del grupo hacia los pueblos vecinos, como Sevilla, Buga, Guacarí y Andalucía.
Además del sicariato y el tráfico local de narcóticos, “la Inmaculada” se fue involucrando en extorsiones, secuestros, desapariciones y vigilancia ilegal. En esas actividades Marín tuvo un desempeño destacado, debido a su sangre fría para ordenar asesinatos.
El ascenso de “Pipe Tuluá” comenzó en 2015, tras la captura de su jefe “Porrón”. Lo particular de su historia es que también fue arrestado ese mismo año, pero desde la cárcel construyó un imperio criminal a base de amenazas y asesinatos.
Fuentes judiciales que le han seguido la pista contaron que en las prisiones en las que estuvo hizo contactos importantes con distintas mafias del país y del exterior, ofreciendo los servicios de “la Inmaculada” para la custodia y transporte de cargamentos de droga, al igual que para el cobro de deudas del narcotráfico y ajustes de cuentas.
Estas sociedades le permitieron expandir los negocios a Popayán (Cauca), Armenia y La Tebaida (Quindío), además de involucrarse en la exportación de cocaína con el Clan del Golfo, las disidencias de las Farc y el cartel de Sinaloa, según la Policía.
Sabiendo de todos estos movimientos, el Instituto Penitenciario y Carcelario de Colombia (Inpec) trató de cortar sus comunicaciones, limitando su espacio en las penitenciarías y moviéndolo de ciudad con regularidad.
La reacción de “Pipe Tuluá” fue brutal. Para tratar de camuflar a sus sicarios de “la Inmaculada”, se inventó una organización ficticia llamada “Muerte a Guardianes Opresores” (“Mago”), que se dedicó a aniquilar funcionarios del instituto.
Por lo menos 14 víctimas habría dejado su plan pistola. Entre ellas estuvieron el dragoneante Édinson Montenegro Cardona, abaleado afuera de la cárcel El Bosque de Tuluá (2017); el dragoneante Nicolás Torres Noreña, gravemente herido en Tuluá (2024); el dragoneante Léider Romo Rojas, acribillado en Buga (2024); y Óscar Quevedo, expresidente del sindicato Unión de Trabajadores Penitenciarios, muerto a balazos en Palmira (2024).
Marín fue condenado a 30 años de cárcel en 2022, tras haber reconocido en el estrado 39 asesinatos y siete tentativas de homicidio.
Las movidas de “Pipe Tuluá” en la “paz total”
Cuando el presidente Gustavo Petro llegó al poder, ese mismo año, “la Inmaculada” se sumó a varios grupos criminales que enviaron cartas para acceder a las negociaciones de la política de “paz total”, buscando beneficios judiciales a cambio de dejar las armas.
En principio, los acercamientos no funcionaron, hasta que el cabecilla obtuvo el respaldo de las bandas del Valle de Aburrá, que sí lograron consolidar un proceso de diálogos con el Gobierno.
Desde la cárcel de Itagüí (Antioquia) se hicieron gestiones para vincular al delincuente al proyecto. En ellas participó la senadora Isabel Zuleta, según fuentes cercanas al proceso.
De hecho, la congresista estuvo involucrada en un extraño incidente el 10 de junio de 2025, cuando el CTI de la Fiscalía allanó la celda de “Pipe Tuluá” en la cárcel La Picota de Bogotá.
Los agentes tenían información de un supuesto plan para asesinar a un interno, en el que el jefe de “la Inmaculada” estaría involucrado.
Al momento de la diligencia, aparecieron Zuleta y la abogada de Marín. Y, en un aparente acto de voluntad de paz, el cabecilla les entregó el arma de fuego que presuntamente se iba a usar en el crimen.
Según la senadora, el objetivo del atentado sería alias “la Araña”, un gestor de paz reconocido por el Gobierno. “Proteger la vida de quienes le apuestan a la paz es una obligación del Estado, Colombia ha incumplido en pasados gobiernos con esta crucial tarea, por eso acompañé como observadora de paz el allanamiento que hizo la Fiscalía de la cárcel La Picota, porque este gobierno no repite los errores del pasado”, trinó en ese momento.
La inclusión de “Pipe Tuluá” a la “paz total” parecía un hecho, hasta que en septiembre la Casa Blanca descertificó a Colombia en la lucha contra el narcotráfico, y al mes siguiente incluyó a Gustavo Petro en la Lista Clinton.
Esos hechos cortaron las aspiraciones de Marín, de obtener los beneficios jurídicos que contempla esa política, y aceleraron su extradición a Estados Unidos, pues el Gobierno Petro necesitaba demostrar que sí estaba combatiendo al narcotráfico.
En ese nuevo escenario geopolítco, el criminal “Pipe Tuluá” se convirtió en un trofeo de guerra. Con su partida respiran más tranquilos los custodios del Inpec, y también la delegación colombiana que viajó a reunirse con Trump.
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