El rostro fiero y sereno, la mirada penetrante, la nariz que revela el carácter del hombre que no cede. Alfredo Acosta —Lucho le dicen sus amigos— fue nombrado Ministro de Igualdad esta semana y en todas las noticias apareció esa fotografía de Pablo Salgado, donde sobre un fondo negro, una camiseta negra y el pelo azabache resaltan el sombrero de fique y el bastón, bordados con la belleza geométrica de las telas del pueblo nasa, que ha resistido a las mareas de sangre que en el Cauca han insuflado todos los grupos armados.
La fotografía hace parte de una serie típica de las sesiones que se hacen para medios, en una de ellas Acosta aparece riéndose, es una carcajada profunda, con todos los dientes y los ojos achinados; contrasta con la parquedad de la primera. Las dos son bellas.
Un hombre son muchos hombres. Poco se sabe del ministro, aunque desde 2001 sea el coordinador nacional de la Guardia Indígena, una organización malentendida en el centro del país y creada para evitar cualquier rose con los actores del conflicto armado. Se sabe poco de Acosta porque es un hombre poderoso, pero de los márgenes.
Alfredo Acosta nació en Caloto, en 1973, dos años después de que en las montañas del Cauca se formara el Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric), germen de lo que hoy conocemos como la Guardia Indígena. Desde aquellos tiempos, los indígenas se sintieron acorralados en esas montañas, entre las tierras planas del Valle y el mar, en la montaña donde la hoja de coca germinaba con vigor y no era más parte de un imaginario ancestral.
El periodista Juan Camilo Maldonado, en una entrevista publicada por la revista Bocas en 2020, dice que desde que era un bebé, Acosta estuvo en procesos de recuperación de tierras: “Lo llevaban en la espalda por no tener con quién más dejarlo en casa. Desde entonces, con un breve paso por la música, ha dedicado su vida a la enseñanza y el trabajo comunitario”. Y aunque fue un niño que creció viendo los conflictos por la tierra en el Cauca, que vio la muerte mordiéndole la infancia, tuvo el sueño de jugar futbol profesional con el América de Cali, pero no pasó de las inferiores.
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Su vida estuvo atravesada por la recuperación de tierras. Su padre fue desaparecido en 1982, al parecer por las Farc, en la región de El Naya, donde en los años 80 tuvo mucha fuerza la presencia nasa —en ese mismo lugar el bloque Calima cometió una masacre en 2001—. De su padre dijo hace cinco años: “Sí, mi papá participó en la organización de las primeras recuperaciones de tierra en mi resguardo, era un activista por los derechos y de la tierra. Pero ante todo era un pescador. Muy bueno: donde tiraba el anzuelo, cogía. Era muy astuto y muy juicioso para alistar la carnada, se concentraba mucho y decía que para pescar bien había que dialogar con los pescados, sin desesperarse. Todo eso me sirvió para organizar este trabajo (como líder de la Guardia), que ha sido una labor de constancia, de disciplina, de saber moverse en medio de esta guerra tan difícil en la que tienes que dialogar con la guerrilla, los paramilitares, mientras le quitas muchachos a la guerra y salvas vidas”.
Aunque creció viendo que muchos de sus hermanos nasa desaparecían o morían, hay registros donde Acosta aboga por la protesta pacífica. Quizá la manifestación más poderosa que lideró fue en octubre del año 2000, cuando en medio de la pandemia llegó con más de 8.000 personas a Bogotá, por entonces las disidencias de las Farc había asesinado a más de 200 líderes indígenas en el Cauca y Putumayo.
Hay una imagen que refleja bien el carácter de Acosta y que retrató el periodista Maldonado: El 16 de diciembre de 1991, doce paramilitares asesinaron a 20 indígenas en la hacienda El Nilo, donde un centenar de indígenas nasa había ocupado una parcela por cuatro años.
“Fue una masacre que hirió para siempre la memoria colectiva del pueblo nasa y que marcó el destino de muchos jóvenes, entre ellos Alfredo ‘Lucho’ Acosta, quien por esos días tenía 16 años, se dedicaba a la música y comenzaba, como su madre, Ana Tulia Zapata, un camino vocacional como profesor comunitario. Al día siguiente de la masacre, ‘Lucho’ entró a la hacienda El Nilo portando un bombo y una quena, entonando una canción que repetiría muchas veces más en su vida, y que revela la energía del proceso nasa: Estábamos trabajando, ganándonos un jornal, / se nos vino a la cabeza una idea muy singular: / por qué no buscamos gente y nos vamos a sembrar, / a las tierras de ese rico que las tiene haciendo nada”.
Ese hombre pacífico fue puesto en tela de juicio esta semana. Horas después de la noticia del nombramiento, en redes se recordó un capítulo triste, el choque de dos mundos. En 2012, el entonces presidente Juan Manuel Santos visitó Toribío, Cauca para instalar un consejo de ministros, anunciar una inversión de medio billón de pesos e instalar al ejército, según sus propias palabras, mostrar que “la fuerza pública tiene el control total y protege a la población” en la región.
Por esos días, la extinta y sangrienta columna Teófilo Forero de las Farc había atacado sin clemencia a la fuerza pública y a los civiles. La Guardia Indígena había puesto el pecho a esa guerra y no querían que, ahora, apareciera el ejército. Por entonces la revista Semana publicó: “Pero si las Farc le dieron un mal rato al presidente, el más espinoso se lo depararon los indios. El ataque contra Toribío y las víctimas civiles en el hospital indígena generaron una indignación que hace mucho no se veía entre la comunidad. Un día antes de la llegada del mandatario, una muchedumbre de miembros de los cabildos destruyó tres trincheras de la Policía, exigiendo su retiro del casco urbano. Cuando Santos llegó y entró al consejo de ministros en la Casa Cural, las autoridades indígenas se reunieron en el parque y decidieron no hablar con él aduciendo que no vino convocado por ellos y que no querían validar las decisiones que se tomaran, sin consultarles, en el Consejo de Ministros, según explicó Feliciano Valencia, uno de sus voceros, a la gente congregada frente a la iglesia”.
Tras ese desencuentro, la comisión de indígenas caminó hasta el cerro Berlín, donde militares protegían las torres de comunicación de Toribío: taparon las zanjas de las trincheras y echaron abajo los campamentos de los soldados. De esa época, fue muy famosa una fotografía de un soldado que era cargado y golpeado por el grupo de indígenas, expulsado así de ese pequeño cerro. En el país hubo indignación. Entre esos indígenas estaba Acosta. El militar, del que se conocieron fotografías llorando, era el hoy sargento retirado Rodrigo García Maya, con quien el ministro habló esta misma semana, le pidió disculpas y le dijo: “Yo le invito a que nos veamos, a que vaya al ministerio. Allá miramos, ayudamos, conversamos y me gustaría que me cuidara, que me acompañara ahí en la seguridad”.
Sobre ese momento, Acosta dijo en 2020 a la revista Bocas: “Eso fue el comienzo del proceso de paz, después de una bomba que tiraron en Toribío en el que a una enfermera le volaron las piernas. Las autoridades no aguantaron más, decidieron sacar a todos los actores armados de los territorios y dieron la orden de despejar el cerro de Berlín, un lugar sagrado donde había tropas hacía como diez años. Durante dos días nos dijeron que no tenían problema con salir, porque era un territorio sagrado, pero no se fueron. La tercera noche, cuando los íbamos a sacar, ellos desaseguraron sus armas, dispararon hacia el piso y hacia el aire, y pues nosotros lo único que teníamos eran nuestros machetes y nos tocó cogerlos para que no nos mataran. Ahí fue que vino la confrontación, una cosa que nosotros no queríamos”.
Acosta no pasó por la universidad, pero su hoja de vida se escribió en las asambleas de la Onic, donde aprendió que la resistencia no es una consigna, sino un ejercicio logístico. Acosta creció viendo cómo el movimiento indígena se articulaba desde 1982, para defender la unidad, la tierra y la cultura, en medio de una persecución que dejó miles de líderes muertos y desaparecidos.
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En 2017, Acosta se vio con el papa Francisco en Villavicencio: “Él no estaba atendiendo oficialmente a la gente, así que lo único que nos quedó fue hacerle una calle de honor y entregarle un bastón simbólico. En su encíclica, el Papa plantea la protección del medio ambiente. Por eso fuimos a pedirle que se convirtiera en un guardián, para que no nos sigan matando. Él nos respondió que éramos los cuidanderos del planeta y que era un honor para él ser nombrado guardia indígena”.
El ministro llega a un despacho atravesado por polémicas: tres ministros en tres años, una proyección nula, ejecución casi inexistente. Pero este ministro ha mostrado su capacidad de caminar por zonas difíciles. ¿A qué le puede temer un hombre que ha tenido la muerte respirándole cerca? ¿A qué le teme un hombre que ha mirado a los ojos a los hombres más violentos que ha parido Colombia? Volvamos a la fotografía, a la mirada: ¿qué más decir?