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Antioquia | PUBLICADO EL 09 octubre 2022

Venezolanos hacen parada en Medellín en búsqueda de la new life en EE. UU.

A la ciudad están llegando 600 migrantes diarios. Así viven mientras consiguen tiquete para llegar a Necoclí.

  •  Migrantes hacen fila en la Terminal del Norte buscando tiquete. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
    Migrantes hacen fila en la Terminal del Norte buscando tiquete. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
  • Willexy Díaz, su esposo e hijo. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
    Willexy Díaz, su esposo e hijo. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
  • Afuera de la terminal, en la mitad de los cinco, Alejandro Díaz y Adrián Mora. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
    Afuera de la terminal, en la mitad de los cinco, Alejandro Díaz y Adrián Mora. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
  •  Migrantes hacen fila en la Terminal del Norte buscando tiquete. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
    Migrantes hacen fila en la Terminal del Norte buscando tiquete. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
  • Willexy Díaz, su esposo e hijo. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
    Willexy Díaz, su esposo e hijo. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
  • Afuera de la terminal, en la mitad de los cinco, Alejandro Díaz y Adrián Mora. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
    Afuera de la terminal, en la mitad de los cinco, Alejandro Díaz y Adrián Mora. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA

La intermitencia en el radio de la taquilla impide escuchar las indicaciones. Cuando el sonido sale, que es la voz de una vendedora, se escucha frío. “No hay tiquetes para Necoclí”, dice. “Estamos sobrevendidos”, acota. “Ya hasta mañana, a 85”, insiste. La escena se repite en dos taquillas, pero en la 39, de Cootransuroccidente, nace una fila que recorre media terminal. Allí hay tiquetes, y también migrantes, en su mayoría venezolanos, aguardando entre morrales. Hacen parte de los 600 que por estos días gastan suela a diario recorriendo Medellín. Son el rostro de una espiral de dolor de la cual la ciudad se ha convertido en sede.

Bien es sabido que desde la Terminal del Norte salen los buses hacia Urabá. Allí, hace un año, miles de haitianos compraron su último tiquete antes de abandonar Suramérica, luego de pasar temporadas en Chile y Brasil, y de que otro puñado de sus connacionales abandonara la isla por las turbulencias que desencadenó el asesinato del expresidente Jovenel Moïse. Pero la migración es pendular, dicen los que saben, y a menos de tres meses de terminar el año hasta cambuches de espera se han levantado en Medellín.

La autopista Norte ahora hace las veces de cruce fronterizo entre la terminal y las inmediaciones del Cementerio Universal. Sin conocerse, una familia y un grupo de 40 muchachos hacen el mismo viaje en paralelo: los primeros aguardan en la fila de Cootransuroccidente, al interior del centro de transportes; los segundos esperan entre toldillos, cerca del camposanto, donde duermen luego de pedir plata en los semáforos. Buscan reunir los pesos suficientes para cruzar la calle, descender una serie de escaleras y ensanchar la misma fila. Y es que los 2.223 kilómetros que hay entre Medellín y Miami, o los 3.335 que nos distancian de Houston, o los 3.833 que nos ponen mucho más lejos de Nueva York suenan irrisorios frente al hambre, cansancio, robos, violaciones y hasta asesinatos que aparecen en la ruta que lleva al Norte: a la vida nueva, a la “new life, mi broder”, como dice uno de los protagonistas de esta historia.

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Willexy Díaz, exfuncionaria policial del estado Lara, en Venezuela, puede estar ahora mismo en Necoclí, en Acandí o adentrada con su esposo, Jorge Torrealba, y su hijo de tres años, Jorge Rey, en el Tapón del Darién. La única certeza, cuenta ella un miércoles 5 de octubre, sentada en uno de los morrales que probablemente ya abandonó, es que alcanzó el tiquete para Necoclí. Viaja a las 10:00 de la mañana y llegó a las 5:30, luego de tomar un bus en Cali. A ella, dice, le fue bien: “Corrimos con suerte, porque ayer había gente que llevaba tres días en cola. Nuestro camino ha sido fluido. Ropita para el niño, jabón, cepillo, medicamentos, por si le falta el aire, y el nombre de Dios nos acompañan para que todo salga bien”.

Viaja asustada porque todo es incierto. Dice que si el Altísimo se los permite llegarán con vida a Estados Unidos. Esperan encontrar un guía, de carne y hueso, que les dicte el camino. Ahí van, relata, con palabras escogidas meticulosamente, poco a poco; entregada al destino y lidiando con los consensos que son necesarios desde que sus tres cuñados se sumaron a la travesía: a qué lugar ir, con cuánta plata, quién jugará con el niño.

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Afuera de la terminal, a las 9:00 de la mañana, los muchachos fríen arepas de harina de maíz; de esa que cuesta 2.500 pesos o menos en los barrios; de aquella que comenzó a escasear en Venezuela hace años. Son 40, dice Alejandro Díaz, al pie de un fogón improvisado, y están tratando de hacerse 160.000 pesos para cruzar la selva. Lo del tiquete, lo de la lancha, todo muy preciso. “De que llegamos a New York, llegamos”. Agarrar la selva, dice, y que sea lo que Dios quiera. En el lugar, además de ellos, hay un vecindario; uno irregular, por supuesto, que es asediado por la Policía y atendido, con más tacto, por los funcionarios de la Personería.

Willexy Díaz, su esposo e hijo. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
Willexy Díaz, su esposo e hijo. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA

El aceite chisguetea en el aire y se pierde, mientras el fuego calienta una cacerola y Adrián Mora, otro de los muchachos, voltea una arepa. A unos metros hay un fogón similar, con una olla arrocera, gris, que coce fríjoles. En un mesón de cemento, bajo los árboles, perecen entre la húmedad las cáscaras del revuelto. Y el arroz reposa a un lado porque esta vez alcanzó el dinero.

“Hay días buenos y malos. Hoy diosito nos dio la oportunidad de hacer arepita frita. Es un sitio público, lo sabemos, pero no tenemos para pagar un arriendo”, dice Alejadro. La plata la buscan limpiando parabrisas, ganándose las voluntades en los semáforos, vendiendo caramelos. “La meta es llegar juntos. Hasta que no tengamos la plata todos, no arrancamos”, dice Adrián. Algunos han vendido sus pertenencias; solo los acompañan la ropa que llevan puesta y sus propios cuerpos. “Broder, voltea la arepa”, dice Alejandro. “Broder, la leña”, insiste Adrián. “La arepita, broderrr”, repite el primero.

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En la terminal los pasajes para Necoclí están a 85.000 pesos. Aunque algunas flotas despachan 15 buses diarios, con casi 300 migrantes, no es suficiente. En una de las taquillas se venden día vencido porque están agotados, y en otra los venden repartidos: mitad de los cupos para nacionales y la otra para extranjeros. “No podemos dejar ni a unos ni a otros”, dice una vendedora. En Cootransuroccidente, en cambio, sí hay. Eso explica la fila que allí nace, que Willexy, quien viajará en menos de una hora, esté sentada sobre uno de sus morrales.

“Vamos un poquito asustados porque podríamos encontrarnos con estafadores, violadores, pero vamos confiados en que no, que no sea tan malo. Vamos a ir a Necoclí, luego en lancha hasta Acandí y de ahí al Darién”. Mientras su hijo juega, cuenta que a su primo le robaron todo en el camino, pero que llegó vivo a California. Esa es su esperanza. “Queremos avanzar, pero casi nunca nos establecemos en un lugar. Toca comenzar de cero, siempre”.

Atrás, además de los recuerdos, deja una extensión de su vida: salió de Venezuela hace tres años, embarazada de Jorge Rey, y hace una semana dejó Chile. En el país austral quedó su hija de ocho años en custodia de la abuela porque Willexy teme que algo pase, que la desgracia se atraviese en el camino. Ojalá y valga la pena lo que les espera, dice, porque es muy duro. Se hace la desentendida porque de lo contrario se volvería loca.

A Jorge Rey le construyen un castillo cada vez que llegan a una ciudad nueva. Con las carpas que llevan a cuestas le hacen creer que en esa peregrinación todo saldrá bien. Él se aferra al cuello de su madre, lloriqueando, porque los tíos no ceden a uno de sus juegos: el carrito, el perolito y el helado componen los recursos para que no sienta el peligro, embolate el hambre y no extrañe la cama en los largos viajes de autobús. Duele en el alma, dice Willexy, pero toca.

Afuera de la terminal, en la mitad de los cinco, Alejandro Díaz y Adrián Mora. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA
Afuera de la terminal, en la mitad de los cinco, Alejandro Díaz y Adrián Mora. FOTO: JULIO CÉSAR HERRERA

No todos los niños que revolotean por la terminal ignoran la travesía que se avecina. De castillos poco sabe Oriana, quien llegó a la ciudad el lunes pasado con un grupo de diez adultos y un manojo de niños de su edad. Tiene nueve años, es de Barinas y no es la mayor ni la menor de tres hermanas. “Llegamos con mi mamá, mi padrastro, mi hermana Ruth y unos amigos. ¿Qué esperamos? Unas vidas mejores”. Va para USA, cuenta, en medio de risotadas provocadas por la pena. Extraña a su país, a su hermana mayor, que se quedó en Venezuela, y a su papá.

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La ruta que lleva al Norte, a la new life de Alejandro y Adrián, depende de un primer recorrido de 384 kilómetros, la distancia que separa a Medellín de Necoclí. En ese pueblo, precisamente, temen por un nuevo represamiento de migrantes debido a un posible cierre de la frontera con Panamá, como ocurrió hace más de un año. Jorge Tobón, alcalde de la localidad, ha dicho que las instantáneas de entonces, compuestas por 22.000 migrantes represados, podrían volver a registrarse. Y es que apretujarse en tierra ajena luce como un mal menor en esta carrera.

Eso lo saben los muchachos del vecindario entre la terminal y el Universal. Mientras está listo el desayuno, algunos juegan con un balón desgastado. De las carpas entreabiertas salen hombres y mujeres en pijama y conversan bajo el sol. Hay colchones, con tubos de colgate encima secados por el uso. También zapatos, a la intemperie, esperando a ser andados por su dueño. Y ropa lavada, colgando de un alambre suspendido entre dos troncos secos, mirando a los carros y motos que pasan por la autopista Norte.

Del otro lado, Willexy, quien se sumará —o ya es parte— de los 134.000 migrantes que han cruzado este año la selva del Darién (69% venezolanos y 15% niños), dice: “Todo ser humano quiere estar en paz con su familia, tranquilo. Detrás de cada extranjero hay una historia, cada una peor que la otra. Sin techo, sin abrigo, con los hijos en riesgo, y los ves riéndose: ja, ja, ja. Se enfoca la mente en otra cosa para no llorar o suicidarse”.

Por entre el radio de la taquilla de Cootransuroccidente se cuela el mismo sonido frío, la muchacha de los tiquetes responde en automático: “Sí, no, a 85, rapidito”. La fila permanece larga pero con meandros, como desbaratada. Afuera del terminal, las arepas quedan listas. Resta la plata para viajar pero hoy, dicen los muchachos, se comió. La new life que persiguen los Torrealba Díaz y estos jóvenes no es distinta: romperse el hombro trabajando a cambio de unos dólares; plantar el cuerpo en otra tierra, a miles de kilómetros de la propia, aferrándose a la vida. No importa, “mi broder”, que eso implique perderla primero en una selva.

Edison Ferney Henao Hernández

Periodista y politólogo en formación. Aprendo a escribir y, a veces, hablo sobre política.

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