En el municipio de Turbo se entregó recientemente la renovada institución educativa sede Jorge Eliécer Gaitán, beneficiando a más de 300 estudiantes, en su mayoría provenientes de familias de escasos recursos y desplazadas del barrio Las Flores que gracias a esta renovación hoy cuentan con un espacio digno para estudiar.
Hasta hace poco, la realidad de estos pequeños era muy distinta pues debían estudiar en un colegio con aulas deterioradas, sin ventilación ni energía; sin un cerramiento adecuado; y lo más crítico, sin un comedor escolar adecuado y sin siquiera baños en condiciones dignas.
Según explicó el secretario de Planeación de Turbo, Edison Carrillo, el panorama que enfrentaba la comunidad educativa era crítico pues el espacio educativo se inundaba constantemente suceso por el que el restaurante, el comedor y los niños quedaban expuestos incluso a aguas residuales que pasaban cerca de los espacios donde consumían sus alimentos.
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Por fortuna, en casi ocho meses el espacio sufrió una transformación impresionante gracias a una articulación entre el sector público y privado. Según detalló Carrillo, gracias a la cooperación entre la administración distrital de Turbo, y la empresa Banafrut con 12 corporaciones más, se logró el objetivo. La Alcaldía puso estudios y trámites, mientras que los privados invirtieron $5.200 millones para la nueva escuela.
Hoy, la institución cuenta con nuevas aulas, restaurante escolar moderno, baterías sanitarias dignas, cerramiento total y un polideportivo cubierto, además de procesos de embellecimiento en el predio para hacer más amena la educación de los niños beneficiados..
“Es una transformación completa. Y ya se viene proyectos similares por medio de alianzas público pricadas en Río Grande y Nueva Colonia”, detalló Carrillo.
Para quienes han vivido la historia del colegio, la transformación va más allá de lo físico. Por ejemplo, la docente Nubis Elvira Becerra Córdoba, recordó las dificultades que enfrentaron durante décadas.
“Hace 35 años empecé a trabajar aquí y nos tocó muy duro. No había agua potable; nos tocaba ir donde los vecinos a pedir agua lluvia incluso para cocinarle algo a los niños”, relató.
La docente Becerra recordó que las condiciones eran tan precarias que la sede se inundaba con frecuencia. “El agua nos llegaba a la rodilla. Los pupitres permanecían mojados. Era muy difícil dar clases así”, recordó.
Según la profesora, tras la transformación del colegio adscrito a la institución educativa San Martín de Porres, hoy el impacto del cambio ya se empieza a notar.
“A raíz del cambio físico, la gente ya quiere mandar a los niños a estudiar acá. Las aulas se han llenado porque la infraestructura está acorde a las necesidades. Además ya los niños no tienen que pensar que si llueve, el agua les va a llegar a las rodillas”, concluyó.