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Antioquia | PUBLICADO EL 27 junio 2022

Dos caballos rescatados ahora viven como reyes en El Santuario

Los equinos fueron rescatados de las calles de Caldas y adoptados por una mujer que falleció este año, pero recibieron una segunda oportunidad.

  • Liseth y Andrés construyeron un espacio pensando en la felicidad de sus caballos y sus 4 perros. FOTOS edwin bustamante
    Liseth y Andrés construyeron un espacio pensando en la felicidad de sus caballos y sus 4 perros. FOTOS edwin bustamante
  • Dos caballos rescatados ahora viven como reyes en El Santuario
  • Liseth y Andrés construyeron un espacio pensando en la felicidad de sus caballos y sus 4 perros. FOTOS edwin bustamante
    Liseth y Andrés construyeron un espacio pensando en la felicidad de sus caballos y sus 4 perros. FOTOS edwin bustamante
  • Dos caballos rescatados ahora viven como reyes en El Santuario

De las calles al paraíso. Así es la historia de Máximo y Doris, dos equinos que hace más de dos años dejaron de ser bestias de carga para convertirse en los hijos mimados, primero de una rescatista animal, y luego de una pareja de jóvenes esposos cuyo sueño era tener caballos para lograr lo que ellos llaman una conexión con Dios, con el universo en su máxima expresión.

Un cuento de hadas con un final feliz que no fue fácil de alcanzar, que tuvo sus contratiempos y que incluso estuvo en peligro de perderse en el primer intento que se hizo para mejorarles la existencia.

Todo empezó con una mujer llena de luz que ya no habita las coordenadas de la Tierra. Se llamaba María Isabel Calle, directora de la Casa de las Narices Frías, una fundación protectora de animales con amplia trayectoria en esta tarea y muy conocida en el municipio de Sabaneta.

“Los dos caballos fueron parte del proceso de erradicación de los coches que adelantamos en el Valle de Aburrá. Eso fue en 2019, María Isabel los recibió en adopción y les dio una excelente calidad de vida, pero ella tenía una enfermedad de base, luego se contagió de covid-19 y hace unos tres meses perdió la batalla y murió y los animales quedaron en riesgo”, relata el diputado Álvaro Múnera, quien lidera desde la Asamblea y en alianza con la Gobernación la eliminación de los coches de carga en el departamento.

Antes de su muerte, María Isabel le encargó a su esposo la suerte de los animales, que además de los dos equinos incluía más de 150 perros y gatos. Era una rescatista consumada y admirada.

“Pero Mauricio (su esposo), por su trabajo, me dijo que no iba a poder hacerse cargo de Brisa y Trueno, como ella los había bautizado tras su adopción, y me pidió que le ayudara a entregarlos a personas que pudieran hacerse cargo de ellos y que les dieran excelente vida, como lo hizo María Isabel, y lo cual era una de sus preocupaciones antes de morir”, cuenta Múnera.

El diputado, que durante varios periodos en el Concejo de Medellín abanderó los grandes avances de la ciudad y del Aburrá en materia de bienestar y defensa de los animales, contactó a sus socios del Área Metropolitana, otro aliado en estos procesos, y juntos le dieron carácter institucional a la búsqueda de nuevos adoptantes para los caballos. No iba a ser fácil, pero el amor va haciendo posible lo que a veces se ve tan complicado. Y pasan milagros.

Por los mismos días, Liseth Bustamante y Andrés González, una pareja de esposos residentes en Medellín, recién habían adquirido una finca en una vereda de El Santuario (Oriente antioqueño), en la que empezaron a compartir su vida con cuatro perros, todos rescatados o salvados de alguna desgracia o mala vida. Y el panorama se empezó a despejar.

Nacen Doris y Máximo

“Yo desde chiquita siempre quise tener una finca con muchos animales. Unos aprenden a amarlos a ellos a lo largo de la vida y otros nacemos con eso. Y este es mi caso. Entonces este año, que ya se tuvo la forma de adquirir la finquita, decidimos que era la oportunidad de tener caballos”, relata Liseth.

El sueño era de ambos, de ella y de su esposo Andrés, con quien lleva 14 años de unión. Ella, estudiante de zootecnia, recordó que en el departamento avanzaba este proceso de sustitución de coches y contactó a Álvaro Múnera para que le ayudara con alguna adopción.

Por casualidad, el diputado recién había abierto inscripciones para quienes quisieran adoptar a Brisa y a Trueno, y el panorama se aclaró para Liseth y Andrés. Luego vino lo más fácil, aunque aparentemente iba a ser lo más difícil: construirles el paraíso, el lugar ideal para que los caballos disfrutaran su etapa de jubilados.

Si bien ya ellos tenían la finca, esta aún no era apta para tener animales grandes. Y menos caballos, que requieren espacio y condiciones especiales para que se sientan en libertad y con alimento disponible siempre.

“Le pedimos a Álvaro que nos esperara unos días mientras hacíamos los acondicionamientos para ellos: el tiempo suficiente para construirles una casa, habilitarles bebederos y estructurar cinco potreros para que todo el tiempo tengan de dónde comer hierba. Así, mientras van consumiendo de uno, los pastos van creciendo en los otros espacios y nunca se les va a agotar el alimento”, explica Liseth, cuya primera decisión fue cambiarles los nombres.

A Brisa, una hembra blanca que parece nieve moviéndose entre el verde de los pastizales y los árboles de la finca, la puso Doris, en honor a una tía recién fallecida a quien describe como un ser lleno de amor que dejó en su vida una huella que la acompañará siempre. “Mi tía era fuerte, superó hasta un cáncer, pero al tiempo era frágil y se enfermaba mucho, y así más o menos es Brisa, tal vez por lo que sufrió en las calles”.

A Trueno, en cambio, lo rebautizó Máximo, porque lo vio portentoso, fuerte y seguro, como un emperador, y aunque el nombre de Trueno le pareció hermoso, mejor se lo quitó porque notó que el animal les teme a esos fenómenos de la naturaleza, que “lo ponen nervioso”.

Compartir con Doris y Máximo ha significado cambios en la vida de Andrés y Liseth. Ella, sin duda, se envolvió en amor y hoy dice sentirse plenamente feliz y sin ganas de salirse nunca más de la finca.

“Yo estudio en Medellín pero todo el tiempo estoy pensando en ellos, cuando vengo ya no me quiero salir, verlos jugar y correr me llena la existencia, porque ellos me transmiten paz y es mi forma de compensar todo el daño que hacemos, es una forma de pedirle perdón a la madre tierra”.

Por eso los abraza, les inventa peinados y cortes y les lee poemas cuando sus miradas la inspiran: “Yo les leo y siento que me escuchan y me entienden, cuando pongo Bossa Nova, que es mi música preferida, empiezan a resoplar y siento la conexión”.

Andrés, de profesión administrador, describe los abrazos a Doris y Máximo como momentos muy especiales de su vida: “Abrazar a un caballo es algo maravilloso, también a los perros, acá el que viene no me puede decir que los guarde o algo así, primero son ellos, que irradian energía, uno la siente y ellos también”, dice Andrés.

Él se transporta al mirarlos, expresa que la vibra es tan maravillosa que se olvida de los problemas: “No lo sé describir, pero la mejor sensación es arrimarse, olerlos y abrazarlos, es lo máximo que uno puede sentir del universo”.

Ellos, Máximo y Doris se juntan, luego corren y muchas veces juguetean con los perros. Son como niños en un inmenso parque de diversiones.

Contexto de la Noticia

Paréntesis así es la historia de los cuatro perros

Y así como los caballos tienen su historia, esta es la de los perros: Fox, un lobo cuyos dueños dejaron amarrado y abandonado en un apartamento de El Poblado. Yarita, una malamute obsequio de un parapentista que no podía dedicarle tiempo. Thorcito, un pastor que se los dieron a cuidar un diciembre y se los dejaron. Y Paquito, recogido en un restaurante cuando les velaba a los comensales.

Gustavo Ospina Zapata

Periodista egresado de UPB con especialización en literatura Universidad de Medellín. El paisaje alucinante, poesía. Premios de Periodismo Siemens y Colprensa, y Rey de España colectivos. Especialidad, crónicas.

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