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“Para que no ganen las Farc hay que hacer una mejor política”

Humberto de la Calle dice que es hora de
que Colombia supere la fase de la violencia.
El Acuerdo con las Farc es el primer paso.

  • Humberto de la Calle FOTO MARIO VALENCIA
    Humberto de la Calle
    FOTO MARIO VALENCIA
31 de diciembre de 2016
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Su abuelo no es un guerrillero, no es un terrorista, no es un depravado. Ustedes saben que eso no es así, entonces, tranquilos. Oirán muchas cosas horribles, pero eso pasa en la vida, también pasa el tiempo. Tranquilidad, no hay que precipitarse, las cosas evolucionan. Lo que se está haciendo es de buena fe y con absoluta honestidad, con probidad. Cierren los oídos en la medida que puedan, no se preocupen demasiado, que esto, dijéramos, es parte de la vida”.

Así fue como Humberto de la Calle Lombana explicó a sus nietos su papel como jefe del Gobierno en La Habana, en el proceso de Acuerdo con la guerrilla de las Farc, que firman mañana el presidente Juan Manuel Santos y el líder guerrillero Rodrigo Londoño alias Timochenko, en Cartagena.

En un diálogo extenso con este diario, De la Calle reflexiona sobre el proceso, habla de los retos de país que vienen para implementar los acuerdos y de su futuro.

¿Para usted qué es “paz”?

“En la sociedad colombiana todavía hay un rezago, una inercia de personas que creen que hay una violencia buena frente a una violencia mala. Así nos lo expresa el disco duro de muchos colombianos y está la disculpa de sus actos violentos: ‘yo excuso mi violencia por la violencia del otro’. Y me refiero a todos los protagonistas. Si no logramos superar la fase del ‘yo fui violento porque tú lo fuiste primero’, o ‘yo fui violento porque tú lo eres y tu violencia justifica la mía’, no daremos el paso real. Solo habrá paz en esa visión, dijéramos externa, en la medida que a la sociedad le quede claro que la única fuerza válida es la del Estado democrático. Eso no lo hemos logrado todavía y me parece que el acuerdo de La Habana es un comienzo, pero no es el resultado final que esperamos”.

¿Cuánto ha sacrificado de sus ideas y su libertad?

“Mi familia era particularmente católica, practicante, sobre todo mi madre. Cuando empieza a irrumpir la rebeldía, el nadaísmo, las lecturas del existencialismo, se crea una tensión en mi casa, en especial con ella. Comenzamos una vida muy semejante a la de otros que terminaron en las armas. Hace poco León Valencia contaba sus experiencias en el colegio, con sacerdotes, en mi caso también. Luego vino la acción social. ¿Dónde es el momento en que algunos toman el camino de las armas y otros no? Entre esos estoy yo y por eso existía en mí el repudio a la violencia desde un principio. A base de aprendizaje y error uno va canalizando su rebeldía y dándole un camino que sea razonable y aceptable, así sea relativamente. Las rebeldías juveniles se van decantando y me parece que ese es un fenómeno general”.

¿Cómo encontraba su centro en medio del correr del tiempo y de las discusiones difíciles?

“Era claro, estaba frente a un grupo que ha cometido actos terroristas, porque eso se llama así, esa calificación es objetiva, eso no merece discusión, lo cual genera una tensión sicológica. Por las noches siempre tenía que volverme a centrar, a decir, mire, lo que estoy tratando de buscar es un camino, oigo las inquietudes que presente el antagonista, pero las tengo que procesar a través de lo que realmente conviene desde la perspectiva de la ciudadanía de Colombia. Este no es un acuerdo para las Farc, es un acuerdo realmente para los colombianos. Era un equilibrio permanente, pero siempre tenía que estar uno reencontrando el camino, diciendo: no olvidar de qué se trata y no olvidar la trascendencia del hecho”.

¿De quién quisiera leer un libro del Acuerdo?

“De Timochenko, para ver cómo era el pensamiento desde la otra orilla”.

Usted ha tenido dos ovaciones grandes: una fue con la Asamblea Constituyente de 1991 y la segunda en La Habana ¿Cómo se sintió?

“Me abrumó. La vida ha sido tan generosa conmigo no tiene ninguna deuda, yo estoy ‘chuliao’, como suele decirse. Más allá de la famosa pregunta, que espero que no me la haga, la de la candidatura presidencial, por fuerza de las circunstancias he llegado a un punto en que uno sí entiende que tiene unas responsabilidades con la sociedad. Luego, cuando pasa la euforia y el aplauso, lo que queda es el desafío, qué puede hacer uno para preservar cosas que son importantes en Colombia”.

Por qué no quiere que le pregunte si se va a lanzar a la Presidencia...

“Porque si uno dice no, no le creen. Usted no me va a creer si le digo que no. Y si respondo que sí, armamos un tierrero absolutamente inadecuado e inoficioso. No tengo ninguna neurona ocupada en ese asunto en este momento”.

Hay elementos del Acuerdo que generan mucho ruido en el corto plazo, y no dejan ver el largo plazo ¿Cómo explicar el costo-beneficio de lo que hay en ese pacto?

“No se ve el largo plazo, pero incluso, aún en el presente hay un examen microscópico magnificado de un elemento como es el de las sanciones, sin percatarse de que esto hace parte de un sistema de verdad, justicia, reparación, y en general, de todo el Acuerdo. El análisis de costo-beneficio sí me parece que hay que hacerlo ahora, proyectado a futuro. Por ejemplo, hay personas que piensan que la seguridad urbana es su máxima preocupación y no han reflexionado suficientemente sobre el efecto que tendría, en términos presupuestales y de recurso humano, sustraer la guerra con las Farc y el volumen de recursos que se podrían revertir en la seguridad ciudadana. Esto hay que mirarlo en proyección”.

¿Qué tanta “verdad” se requiere para cerrar el conflicto?

“La verdad se consolida en la coexistencia de las verdades individuales que, siendo auténticas, corresponden a experiencias distintas con las que uno pueda vivir, que pueda soportar. La persona que sufrió en La Chinita y la que sufrió en Bojayá tienen elementos distintos y ambos verdaderos. Pero la verdad, en términos del proceso de paz, es la coexistencia de verdades fragmentarias auténticas pero en un marco de respeto a esas narrativas”.

En los foros de Proantioquia y Explora se habló del “miedo”. Gonzalo Restrepo decía: “al miedo hay que escucharlo y no dejarlo a la interpretación”. ¿Para usted qué es el “miedo”?

“El primer reconocimiento que hay que hacer es que esos miedos están bastante repartidos y uno podría decir que casi todo el mundo lo tiene. No olvidar el miedo que tienen las Farc (...) el otro gran miedo es, cómo garantizamos que las Farc no lleguen al poder y me parece que allí la pregunta está mal planteada, la respuesta tiene que ser más genuina, lo que queremos es que las Farc dejen las armas y compitan con toda lealtad y si obtienen triunfos electorales la regla es respetarlos y me parece que no puede uno pretender hacer la paz con la idea de que el antagonista nunca va a tener éxito”.

En cuanto a la justicia transicional, también está el temor de que lo que no se procese allí, termine en la justicia ordinaria, con todas sus falencias...

“En materia de justicia el punto de partida tiene que ser entender que hoy existen problemas y que, en efecto, la justicia ordinaria ha tenido éxitos y fracasos. El fin de la justicia transicional no es simplemente tragarse un sapo y aquí no pasó nada porque me parece que esa visión es muy recortada. La justicia transicional después de una violación masiva de derechos humanos lo que pretende es que el puerto de llegada sea reafirmar la vigencia del Estado de Derecho. El esfuerzo paralelo de mejorar la justicia es incansable y no depende ni de La Habana ni de las Farc”.

Otro “miedo” que existe viene de las empresas, que temen daños reputacionales. ¿Cómo las tranquilizaría?

“Siempre hemos hablado de terceros no combatientes y no de empresarios, esa es una corrección que aparentemente es semántica pero no lo es, porque hay terceros que no combatieron pero que contribuyeron al conflicto. Ese problema no es hijo de La Habana, preexiste a La Habana. El que esté mencionado debe entender la jurisdicción especial como una solución para los terceros que fueron agentes determinantes o habituales en los graves crímenes, solo en ese núcleo enfrentan a la jurisdicción. Luego está el problema reputacional. Hay empresas que fueron mencionadas en una famosa lista que entiendo su origen es académico. Hay un riesgo y eso habrá que medirlo en términos de si una empresa, a través de sus empleados, colaboró y si ese empleado de manera determinante y habitual, fue partícipe en los más graves crímenes, tendrá un reflejo negativo, y me parece que eso es inevitable. Finalmente es lo que ocurre en una sociedad cuando aparecen las verdades en un proceso de superar un conflicto”.

En buena parte de la población no se entienden los beneficios económicos que recibirán los guerrilleros...

“Que le den dinero a un guerrillero da rabia. Yo entiendo eso y más si un chico desempleado, que lleva seis meses presentando hojas de vida y le cuentan, seguramente responde: ‘por qué a esos señores que usaron las armas les dan el 90 % del salario mínimo y yo estoy buscando empleo y no he podido’. Ahí hay un problema moral y es respetable. Pero el problema práctico, me parece que lo estamos mirando al revés. Decimos, eso es mucha plata o es poca plata. Primero, eso es una brizna en el presupuesto nacional; segundo, en valor presente incluso es menos de lo que se venía dando. En Colombia a los reinsertados siempre se les da una ayuda inicial. Ahí no está realmente el fondo de la discusión”.

¿Siente que hay personas atrapadas en el pasado?

“Sí. Creo que hay miedos pero no solo eso, me parece que hay comodidades, personas que piensan que el conflicto es una cosa por allá periférica, ajena. Ese es un riesgo que me parece mayor que el miedo. Un presidente de una institución financiera importantísima un día me dijo: ‘y usted por qué se metió en ese embeleco de la paz...’. Claro, desde un club social en Bogotá es muy fácil decir que la paz es un embeleco. Hay que entender que este conflicto debe terminar y que eso implica mayor sensibilidad: saber que hay gente que está sufriendo en Colombia mucho más de lo que se percibe en los centros urbanos. Yo le diría a esas personas: ‘es un buen negocio negociar, ya lo hicimos y ahora es un buen negocio refrendar el acuerdo’. Lo que vendrá en Colombia es una fase de insatisfacciones urbanas masivas e inorgánicas mucho más difíciles de manejar. En Colombia hay conflictos que se acentuarán, sobre todo en la clase media aspiracional. El mejor negocio para la clase dirigente colombiana es que no se junten dos posibilidades: la conformidad voluntarista y deliberada de las Farc, dándole manivela al conflicto, y la inconformidad inorgánica que está en el ambiente de ciudadanos, particularmente jóvenes, de los estratos dos y tres que se debaten en un mar de insatisfacciones”.

¿Cuáles son las violencias del futuro?

“Tenemos riesgos de violencias inorgánicas urbanas, primero; segundo, me parece que tenemos riesgos de populismo, si los partidos no se dan cuenta de sus propios talones de Aquiles, pues están en una zona de confort. Es decir, uno gana las elecciones con clientelismo, entonces no hay por qué preocuparse. Me parece que el ingreso de un grupo como la Farc, sin armas, significará una oleada de ideologización dura, de la política radical. Las Farc no han desistido de sus propósitos. De lo que han desistido es del método de la violencia que era, justamente, de lo que se trataba en La Habana. Para que no ganen las Farc, tenemos que hacer una mejor política”.

Un gran porcentaje de la votación es emotiva. ¿Cómo lograr que el voto del plebiscito sea más consciente, argumentado y sereno?

“Sí, realmente es una dificultad, porque los acuerdos son complejos, eso es indiscutible. Lo que detecto es que la gente ha empezado a entender el meollo de la cuestión. Por eso pido a los señores del No que examinen las consecuencias, si mantienen su decisión. Pensemos claramente qué es lo que queremos y votemos en consecuencia, mirando los efectos prácticos del resultado del voto y no solo sobre una brumosa ilusión a favor o en contra”.

Tiene algún temor de cara a las presidenciales de 2018...

“Sí, me parece que si no somos capaces de mostrar que el proceso se está desarrollando bien, que la implementación es real, si eso no ocurre o si vienen acontecimientos de orden público de otras vertientes que alteren mucho la vida nacional, puede haber un retroceso. Eso podría reflejarse en las urnas y generar un proceso de degradación, de pérdida de credibilidad, que sería enormemente grave”..

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