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Guillermo: el ‘papá’ de las iguanas que encontraron casa en Medellín

En el barrio Tejelo, Guillermo López continúa el legado de su padre, Arturo López, quien hace 56 años convirtió un monte lleno de iguanas silvestres en el parque principal del barrio.

  • Guillermo López heredó el cuidado de las iguanas de su papá, Arturo López. Según sus cuentas, en el parque puede haber cerca de 50. En otras épocas, se podían contar hasta 100. FOTO Manuel Saldarriaga
    Guillermo López heredó el cuidado de las iguanas de su papá, Arturo López. Según sus cuentas, en el parque puede haber cerca de 50. En otras épocas, se podían contar hasta 100. FOTO Manuel Saldarriaga
  • Guillermo: el ‘papá’ de las iguanas que encontraron casa en Medellín
hace 2 horas
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En el barrio Tejelo, de Castilla (occidente de Medellín), se puede mirar al cielo y contar las iguanas como si fueran estrellas. Moviéndose solo un par de pasos a otro lado y aguzando la vista, se ven más, y más, y más.

Es el Parque de las Iguanas, un pequeño pedazo de campo en medio de la ciudad, con gallinas, patos, palomas, zarigüeyas y claro, muchas iguanas. En una de las casas que rodean el parque vive Guillermo López, o como lo apodan “Tochada”.

Él es el actual papá de las iguanas. De nadie más se dejan coger o regañar. Pero para contar esta historia es necesario regresar en el tiempo a cuando Medellín aún no había escalado sobre las montañas; a cuando la familia de López apenas llegaba desde el municipio de Montebello, hace más de cincuenta años.

“Esto aquí era una montaña, era puro monte. No había ni árboles ni nada, ni siquiera calles: todo era trocha, pura carretera destapada”, recuerda Guillermo. Como a muchas familias de la época, les tocó construir su casa por cuenta propia, con sudor y esfuerzo: ladrillo por ladrillo, en juntes de fin de semana a punta de pico y pala, cargando cemento y arena. Fue en esa época que su papá, Arturo López, se encontró con las primeras iguanas y fue él quien las adoptó.

Antes del parque

“Cuando menos pensamos, aparecieron unas iguanitas, y mi papá les empezó a echar comidita: lechuga, zanahoria picada”, cuenta Guillermo.

Ellas se fueron acostumbrando y, con el tiempo, comenzaron a poner sus huevos ahí mismo, en huecos que cavaban frente a su casa. En esa época, calcula, no había más de diez iguanas en todo el terreno. Con los años, más ejemplares fueron llegando —incluso, recuerda, una vecina de Itagüí llevó hasta el parque varias que estaban dañando los muebles de su casa— y la población fue creciendo a la par que crecían los árboles que Arturo y su familia habían sembrado: casco de vaca, mango, naranjo, guayaba.

Guillermo: el ‘papá’ de las iguanas que encontraron casa en Medellín

Con el tiempo, la Alcaldía de Medellín decidió hacer un parque allí. Así que empezaron a hacer visitas para planearlo y definirlo. En una de esas visitas, Arturo abordó a los funcionarios y les pidió que construyeran una terraza, con un espacio abajo y tres entradas pequeñas, para que las iguanas pudieran poner sus huevos allí, protegidas de quienes se los llevaban para comérselos.

Los funcionarios, al ver tantísimas iguanas, aceptaron, y el 1 de enero de 1970 —hace 56 años ya— fundaron el parque, que fue nombrado en honor a sus verdaderas dueñas: el parque de las iguanas.

Un niño que seguía a su papá

Guillermo creció prácticamente entre las iguanas. “Yo lo perseguía a él para aprender lo que hacía”, cuenta sobre su infancia junto a Arturo. Entre semana estudiaba y, como el resto de sus hermanos y vecinos, ayudaba con lo que podía. Los fines de semana, en cambio, se los dedicaba al parque.

De su padre aprendió la rutina que hoy sigue casi sin cambios: cortar la lechuga, cebar el agua, estar pendiente de las hembras que salen a poner huevos.

De adulto, vendía chance por las calles del barrio entre semana y los fines de semana aún los reservaba siempre para el parque, hasta que, con los años, terminó dedicándole más tiempo que a cualquier otra cosa. Sin embargo, cuando Arturo murió de un infarto en 1995 —hace ya 31 años—, Guillermo asumió la responsabilidad de continuar con sus cuidados. “No los abandoné”, dice.

Ahora él, junto a sus vecinos, se unen para darles lechuga, coliflor, zanahoria y otras verduras. Hay días en que Guillermo sale al parque y ya alguien les echó comida. Muchas veces son los dueños de las legumbrerías cercanas. De hecho, hay otro joven que, según cuenta Guillermo, también puede agarrar y regañar a las iguanas, y ellas le hacen caso. Estudia cerca y visita el parque constantemente para cuidarlas junto a él.

Guillermo tiene una sonrisa tranquila, el cabello canoso y las manos gruesas de quien ha trabajado toda la vida con ellas. No habla mucho, pero sí lo suficiente. Conserva el acento paisa de antaño, de eses marcadas. Camina despreocupado. Su filosofía es simple: vivir tranquilo y cuidar, así como las iguanas cuidan su territorio. Tanto se preocupa por sus amigas que, cuando era niño, le dañó una peinilla a su papá porque la volvió serrucho para mantener pulido el césped del parque.

Él cuida a las iguanas, pero eso no significa que las encierre. Su cuidado significa que, si se pelean, él intenta que no se hagan mucho daño; si una hembra se va a otro lado, donde puede ser atropellada, o se mete a una casa ajena buscando poner sus huevos, él va hasta donde ella para traerla a la ponedera; y, cuando se pelean entre las ramas y caen, chocando fatalmente contra el cemento, las entierra en la plataforma al lado de la ponedera, en donde nacen.

Allí también entierra a las gallinas y zarigüeyas que mueren. Según cuenta, la llegada de los patos y las gallinas al parque es un misterio. En algún momento simplemente aparecieron y ahora comen al lado de las iguanas y ponen sus huevos en la misma ponedera.

Sobre las zarigüeyas, habitan este como muchos otros parques. Pero López cuenta que, pese a que en este espacio la gente cuide tanto a las iguanas, uniéndose para darles comida, esto no es así con todos los animales.

En el mismo cementerio de iguanas ha tenido que enterrar a varias zarigüeyas. Advierte que su población ha venido disminuyendo y que su hipótesis es que otros habitantes las matan por miedo y desconocimiento.

El deterioro del parque

En medio del cementerio y el ponedero de las iguanas hay unas pequeñas escaleras que llevan a una virgen y una placa que puso la Alcaldía de Medellín para nombrar el parque.

Allí también se ve el agradecimiento a la familia de Guillermo. Las sillas de cemento, baldosa y piedrilla del parque están rotas o caídas. La fuente de agua en medio del parque ya no funciona.

El mural inmenso que lo adornaba —con el retrato de Siete Mujeres— ya tiene un pedazo de humedad que borró parte de la pintura. Guillermo espera que pronto la Alcaldía de Medellín restaure el parque en el que la comunidad se une para cantar las novenas en Navidad.

Ahora, allí se ve a pocas personas, muy distinto de la época en que hasta turistas extranjeros llegaban a fotografiar a las iguanas, atraídos por la fama del sitio.

el macho dominante: el siete mujeres

A una de las iguanas más grandes, que lleva años allí, Guillermo la llama Siete Mujeres: un macho que, de largo, dice, mide cerca de un metro. Le puso ese nombre, porque cada que viene otro macho “lo casca”. Un macho joven que alguien había abandonado en el parque intentó retarlo.

La pelea terminó con el intruso mordido y malherido; alguien propuso llevarlo al Jardín Botánico para que lo curaran, pero el animal terminó yéndose solo.

El Siete Mujeres sigue siendo el que manda porque por su tamaño, les gana a los demás. Su rutina consiste en subir a comer y retirarse al árbol que es su territorio. Su fama está inmortalizada en un mural.

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Bloque de preguntas y respuestas:

¿Cómo surgió el Parque de las Iguanas en el barrio Tejelo de Castilla y qué rol tuvo la familia López en su creación?
La historia comenzó hace más de 50 años, cuando el sector era puro monte y Arturo López (padre de Guillermo) empezó a alimentar a las primeras iguanas que aparecieron. A medida que la población de reptiles creció y la familia sembró árboles, la Alcaldía de Medellín acogió la propuesta de Arturo de construir una terraza y ponedera protegida para los huevos, fundando oficialmente el parque el 1 de enero de 1970.
¿En qué consiste la labor de cuidado que realiza Guillermo López («Tochada») y cómo participa la comunidad?
Guillermo asumió la protección de los animales tras la muerte de su padre en 1995; su labor incluye cortarles alimento (lechuga, zanahoria, coliflor), vigilar la ponedera, separar las peleas, rescatar a las hembras que se desvían a vías peligrosas y sepultar a las que mueren. La comunidad apoya activamente: dueños de legumbrerías locales y vecinos aportan verduras, mientras que otros jóvenes colaboran en su cuidado cotidiano.
¿Qué problemáticas y signos de deterioro afectan actualmente al parque y a su fauna?
El espacio presenta un notable deterioro físico con sillas rotas, la fuente fuera de servicio y humedad que ha dañado los murales. Además, ha caído la afluencia de visitantes y la fauna local enfrenta riesgos: las zarigüeyas que habitan el parque han visto reducida su población debido a que algunas personas las matan por miedo y desconocimiento.

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