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Editoriales | PUBLICADO EL 15 enero 2022

Un homenaje a la Piloto

La preocupación por la Biblioteca, que ha sido pulmón cultural de Medellín y uno de los buques insignias de las bibliotecas de América Latina, no ha parado desde el 17 de diciembre.

Infográfico
Un homenaje a la Piloto

Una biblioteca no es solo un espacio donde están los libros. Irene Vallejo, en su imperdible ensayo El infinito en un junco, cuenta que un viajero griego recorrió el templo de Amón en Tebas y allí encontró una galería cubierta donde dice haber visto la biblioteca sagrada y sobre ella estaba escrito “Lugar de cuidado del alma”.

Tal vez no haya más bella descripción para una biblioteca ni tampoco una referencia que cobre más sentido hoy en Medellín. La preocupación por la Biblioteca Pública Piloto no ha parado desde el 17 de diciembre, cuando fue nombrado Ángel Ovidio González como su director. González saltó de ser un profesional de apoyo en el Colegio Mayor de Antioquia, cargo en el que duró veinte días, a dirigir uno de los buques insignias de las bibliotecas de América Latina.

González es administrador de empresas con especialización en logística, sin experiencia en manejo de bibliotecas y su relación con la gestión cultural se resume en haber sido secretario de Gobierno de Sopetrán, un municipio de catorce mil habitantes.

En su momento pusieron el grito en el cielo todos aquellos a los que les duele este lugar donde se “cuida el alma” de Medellín. La Escuela Interamericana de Bibliotecología cuestionó que no fuera un bibliotecólogo el elegido. Y la directora de la Biblioteca Nacional, Diana Patricia Restrepo Torres, le advirtió al alcalde Daniel Quintero que ese nombramiento raya con lo ilegal, pues no cumple la exigencia de la ley 1379 de 2010, según la cual los directores de bibliotecas deben acreditar el titulo profesional, tecnológico o técnico de formación en bibliotecología.

Más allá de las leyes, a las instituciones culturales hay que protegerlas y los nombramientos no deben ser politiqueros. Requieren experiencia y una consciencia cultural. La Piloto es un patrimonio cultural y espiritual de la ciudad y hay que protegerla a toda costa. Hace muy poco, en 2019, fue remodelada. Además, tiene cuatro filiales y es el corazón del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín, que cuenta con 36 unidades (10 parques bibliotecas, 12 bibliotecas de proximidad, 8 centros de documentación, la Casa de Lectura Infantil y el Archivo Histórico de Medellín).

Sin embargo, lo físico es solo una parte de la labor. Su historia está llena de satisfacciones para la ciudad. Al final de la década de 1950, en la cual abrió sus puertas, la Biblioteca Pública Piloto sumaba más de 3,5 millones de visitas, en una ciudad de 600.000 habitantes. Había conciertos, tertulias, un coro, grupos de teatro y numerosos clubes de aficionados. La gente iba a leer y también a encontrarse: lo público fue desde el principio su ideal. Era una biblioteca abierta a trabajadores, amas de casa, niños y los libros se prestaban gratis. Hubo récords en esos primeros años de fundación: cuando se creó la sede en Villa Guadalupe en un año llegaron 246.000 lectores, una cifra que hasta entonces ninguna biblioteca en Latinoamérica había alcanzado.

La Piloto ha sido pulmón cultural de esta ciudad. Es sala de lectura, tanque de pensamiento, memoria y creatividad. De historia. De fotografía. De patrimonio. De construcción de ciudadanía. La Piloto es fuente de independencia y de crítica. Es el cuerpo de los lectores que han hecho de Medellín una ciudad de poesía y de ideas.

Es una ciudad pensante. Es una movilización. Es una biblioteca de bibliotecas que ha inspirado a bibliotecarios de todo el mundo. Es un lugar que se inscribe en eso que Jorge Orlando Melo denomina la revolución silenciosa de las bibliotecas. Era el lugar de Manuel Mejía Vallejo y de X-504, quienes formaron a muchos de los escritores de esta ciudad con sus talleres de escritura, que heredaron Jairo Morales y Juan Diego Mejía. Por sus espacios pasaron maestros como Jorge Luis Borges, Camilo José Cela, Juan Rulfo, Manuel Puig, Marta Traba, Jesús Martín Barbero y Estanislao Zuleta. En sus paredes han dejado huella pintores como Eladio Vélez, Horacio Longas y Luis Vieco. En sus cajones están los archivos personales de escritores como Efe Gómez, Ciro Mendía, Manuel Mejía Vallejo y Carlos Castro Saavedra.

La Biblioteca conecta el tiempo y el espacio de la ciudad. El Archivo Fotográfico fue declarado por la Unesco en 2012 como Registro Regional de Memoria del Mundo y cuenta con imágenes desde 1849. Su inventario de dos millones de piezas es el segundo archivo más grande en volumen de América Latina y el primero de negativos. Si la Biblioteca se descuida, esos archivos pueden llegar a destruirse y perdería Antioquia toda su memoria gráfica.

Antes de que empecemos a conmemorar el centenario del natalicio de Manuel Mejía Vallejo, en 2023, la Piloto debe salir de este mal sueño

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