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Militares: explicaciones debidas

Ante la sociedad, la presunción de inocencia es un derecho jurídico inalienable. Ante la opinión, es un compromiso esclarecer las actuaciones. Las Fuerzas Armadas deben defender su buen nombre.

02 de marzo de 2019
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Infográfico
Militares: explicaciones debidas

Las conductas de todo militar en el campo de batalla, o de “acción operacional”, deben ser impecables. Más si ese examen de comportamiento se refiere a uniformados que representan a un Estado, con responsabilidades constitucionales, y su capacidad de cumplir y comportar las normas, con la obediencia debida, y proteger las garantías ciudadanas.

Las denuncias de Human Rights Watch, sobre supuestas violaciones a los derechos humanos, por parte de oficiales de la Fuerza Pública colombiana, merecen esa reacción: la del respeto a la presunción de inocencia, pero, al tiempo, la atención necesaria para que ante irregularidades basadas en documentos no se pase por alto el deber del Estado de responder y actuar.

La aparición del comandante del Ejército, Nicacio Martínez, en la lista de sindicados, pero bajo la aclaración de que él no ha sido vencido en juicio y desconoce alguna investigación en su contra, plantea, por lo menos, la necesidad de que el Ministerio de Defensa y las Fuerzas Armadas aclaren este entorno de denuncias que mancha la legitimidad y credibilidad de sus miembros.

Hay que andar con pies de plomo ante señalamientos que, por graves, requieren un exhaustivo proceso de verificación, contrastación y depuración en sus contenidos y alcances, para evitar juicios a priori, pero igual para no dejar espacio a confusiones respecto del papel de un país que cada vez se enrumba a solidificar sus instituciones y procesos democráticos, ajustados al Estado de Derecho.

El gobierno colombiano tiene compromisos y retos ante la comunidad internacional. Por obligaciones adquiridas como integrante (Estado parte) de los organismos y sistemas de observancia y garantía de los derechos humanos, y de estatutos universales que rigen el comportamiento de las Fuerzas Armadas de esos Estados miembros.

Dada la representatividad de los altos oficiales involucrados, en diferentes momentos y procesos de los últimos gobiernos (Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos e Iván Duque), y su influjo en la labor de las FF.AA., resulta pertinente que el Gobierno Nacional asuma una posición firme de atención y respuesta a una denuncia pública frente a la cual HRW asegura tener expedientes y respaldos rigurosos.

Estos señalamientos no dan espacio para la pasividad o la tardanza oficiales. En particular, porque se demerita la solvencia de la actual cúpula militar, e incluso el futuro mismo de nombramientos y ascensos en las fuerzas.

Colombia, inmersa en un proceso de posacuerdo con las Farc, que le ha costado tantos reclamos y controversias con agentes mundiales de DD.HH., poco neutrales y contextualizados de sus procesos históricos, no puede dejar a la vista lunares que desluzcan el interés cierto por los cambios y la optimización de su vida republicana y democrática.

El perfeccionamiento de los controles a los ascensos dentro de las Fuerzas Armadas queda servido para que el Congreso, en adelante, esté atento a cualquier señal de cuestionamiento y denuncia internacional, con el fin de que las instituciones pervivan impolutas en el fervor y el respeto de los ciudadanos.

Aquí hay un asomo, aún improbado, con contundencia, de irregularidades de los militares de la patria. Ni ellos, ni la ciudadanía a la que defienden, se pueden permitir señalamientos. Queda, entonces, que el Estado actúe de conformidad. Sin tacha.

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