H illary Clinton supo capitalizar su discurso posterior al de Donald Trump para “ajustarle cuentas” con sutileza a los ataques del magnate, captar respaldos claves como el de Bernie Sanders y amarrar su discurso, escrito con gran tacto, a un llamado de unidad y de trabajo conjunto. Las encuestas más recientes ponen a la candidata demócrata entre tres y ocho puntos por arriba.
Diez días atrás, Trump la aventajaba por entre tres y cinco puntos. ¿Pero cómo logró la primera mujer candidata a la Presidencia de Estados Unidos empezar a desvanecer la idea de que el líder republicano podía dejarla atrás? Muchas de las claves están por supuesto en el tejido sensible y bien ajustado de las ideas centrales de su mensaje en la Convención Demócrata.
Al origen privilegiado de Donald Trump, ella opuso una historia personal de superaciones desde su abuelo obrero en los molinos, de su padre pequeño empresario de estampación de cortinas, pasando por su madre que incluso fue empleada doméstica. Su paralelo se basó, más que en denigrar de Trump, en mostrar que es posible “revitalizar a América” desde los sueños conjuntos y el esfuerzo diario.
De ese tramo emotivo e inspirador de una mujer y una familia decididas a salir adelante, Hillary pasó a desmontar las barreras divisorias que ha querido fundar Trump en el miedo y la desconfianza y en su retórica alarmista y tosca.
Haber salido a escena después que Trump le permitió nutrir su discurso con líneas más propositivas y programáticas en asuntos cruciales: la economía, que prometió reforzar con crear empleos en campos novedosos como las energías limpias; el combate al terrorismo, con medidas que profundicen la inteligencia y anticipen los atentados y con el apoyo a la persecución de las cabezas del Estado Islámico en sus santuarios, y el estímulo a un plan de reforma migratoria que permita legalizar a los indocumentados, absorberlos laboralmente y mantenerlos junto a sus familias, sin tener que levantar un muro sobre el Río Grande.
En Clinton empieza a depurarse un lenguaje que, aunque no rehúye los debates sobre posturas y asuntos críticos de los Estados Unidos, hacia adentro y hacia afuera, pretende cautivar con el talante que desde ya anuncia para su gobierno: de autocontrol y moderación.
A Trump le acomodó un par de líneas sobre su carácter bronco: “Pierde la calma ante la menor provocación. (...) Imagínenselo en la Oficina Oval (del Pentágono) frente a una crisis real. Un hombre al que puedes provocar con un mensaje de Twitter no es un hombre al que podamos confiarle armas nucleares. (...) La fuerza se basa en la inteligencia, el juicio, la determinación con sangre fría, y la aplicación precisa y estratégica del poder”.
Frente al caudillismo y manejo unipersonal de los asuntos de Estado y de la economía que se perfilan en el carácter de Trump, Hillary plantea una campaña que enfrenta la oratoria divisiva de su rival. Pero aunque ello le permitiera ir adelante tras las convenciones, no puede dejar de preocuparle que, haga lo que haga Trump, hay un público blanco tradicional, de clase media y baja, que no deja de creer que él le devolverá protagonismo frente a los afroamericanos y los latinos.
Por lo pronto, Clinton ya trazó una línea clara de campaña. Una que sale al pugilato con Trump, sin buscar golpes ni herir las sensibilidades de la unidad de Estados Unidos, pero confiada, como le decía su madre, en que la solución no está en huir de los bravucones.
Regístrate al newsletter