La concertación para acordar el incremento del salario mínimo para 2019 funcionó este año aunque dos actores se marginaron de la decisión: la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) y la Confederación de Pensionados. El Gobierno pudo superar el escollo que para la negociación significó el proyecto de ley sobre la prima extralegal que se está tramitando en el Congreso, a partir de su firme convicción de que este no prosperaría.
Fue afortunado que el gobierno no presentara finalmente una propuesta de aumento unilateral, un anuncio que hacía ruido en la mesa. Al final se llegó a un acuerdo antes del plazo límite, lo que es loable porque acaba con la incertidumbre sobre cuál va a ser la modificación de esa importante variable macroeconómica, que además de incidir directamente sobre un grupo de trabajadores remunerados con ese salario mínimo, tiene repercusión sobre un gran número de precios de bienes y servicios indexados a este último, y es una señal muy clara para la determinación del resto de salarios de la economía.
El hecho de lograr un acuerdo tripartito es muy importante. Tener la posibilidad de hablar entre las partes involucradas y ,sobre todo, afectadas por esta decisión, es algo muy valioso y habla bien de este arreglo institucional colombiano, en el cual los elementos de la discusión son el salario mínimo, la productividad y la inflación.
Su existencia limita la posibilidad de que los aumentos del mínimo sean presa de un derrape populista sin argumentos técnicos que ponga en peligro a la economía y nos expongan frente a las calificadoras de riesgo.
Así las cosas, en un momento donde empiezan a hacer carrera en el mundo posturas que defienden y aplican aumentos desproporcionados del salario mínimo con el argumento de estimular la demanda o para quedar bien con el electorado, como por ejemplo López Obrador, hay que valorar la forma como se definió el salario mínimo en Colombia.
Ahora comenzarán a opinar los analistas y los políticos acerca de si el aumento del 6 % es conveniente. Hay que hacer al respecto varias consideraciones. La primera es que en términos nominales no luce muy alto, pero en términos reales es alto, e incluso históricamente alto, lo que significa que fue muy superior a la inflación, teniendo en cuenta también la productividad, y permite a los trabajadores aumentar su poder de compra y su demanda. El otro lado de la moneda son las empresas, pues para ellas, sobre todo para las pequeñas y medianas, un aumento del salario mínimo es un incremento de los costos laborales. En el alza acordada participaron los empresarios lo que significa que el nuevo salario mínimo es una opción viable para ellos en este momento.
Finalmente, una reflexión para el futuro. Lo más conveniente para la economía en términos de alzas en el salario mínimo es evitar a toda costa que la inflación futura licue las ganancias en el poder de compra de los trabajadores. Poco logran estos últimos si la inflación se dispara, pues ellos serán siempre los más perjudicados. En ese sentido, las presiones por alcanzar salarios muy altos terminan volviéndose contra los mismos trabajadores porque estimulan la inflación. El incremento en el salario mínimo siempre debe contribuir a alcanzar la meta de inflación de 3 % de la política monetaria, porque es una variable fundamental que mueve muchos precios y salarios.
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