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Críticos | PUBLICADO EL 04 julio 2022

TODOS LOS JUEGOS EL JUEGO

samuel castro
Miembro de la Online Film Critics Society. TW: @samuelescritor

“Todo en todas partes al mismo tiempo”, de Dan Kwan y Daniel Scheinert

La burócrata despreciable le espeta a la pobre microempresaria de origen chino sentada frente a ella y acompañada por su esposo, su papá y su hija, que todos esos recibos en su declaración de impuestos que yacen tendidos en su escritorio están mal hechos. Que aunque la señora, que es dueña de una lavandería, quiera decir que también es novelista, cocinera y cantante, no puede ser cierto y por lo tanto esos recibos no son deducibles. Esa es la primera pista que los Daniels, como se llaman a sí mismos los dos directores de esta película, nos dejan en su bello y enrevesado guion para expresarnos de qué va en realidad “Todo en todas partes al mismo tiempo”. Porque claro que todos somos eso dentro de nosotros. Todos nos sentimos así. Igual que sentimos que podríamos haber sido estrellas del deporte si no hubiéramos dejado de entrenar cuando éramos niños, o que nuestra vida sería muy distinta si nos hubiéramos animado a besar a aquella chica.

Evelyn, como se llama la señora china, no vive la vida que quisiera. O mejor, no quiere la vida que está viviendo, que es seguramente una de las tristezas más comunes de nuestros tiempos, en los que todos quieren ser youtubers y ultramillonarios y flacos de cuerpos despampanantes y dueños de casas frente al mar. Evelyn es todos nosotros, nos dicen los Daniels, y cuando eso queda claro la película se transforma en una fantasía que utiliza el multiverso, ese universo de infinitos caminos que se bifurcan cada vez que tomamos una decisión, para construir una alegoría sobre temas muy profundos, a pesar de que estén vestidos con los ropajes de las películas de superhéroes, de la misma forma que hicieron mucho antes las mil y una noches, la literatura fantástica y hasta los cuentos de Julio Cortázar.

Porque de lo que es capaz de hablar esta película, mientras nos asombra con coreografías imposibles de artes marciales, y mundos donde un bagel brillante funciona igual que aquel Aleph de Jorge Luis Borges que lo contenía todo, es de los problemas eternos entre padres e hijos, que existirán aunque esa mamá y esa hija sean personajes de una película de Wong Kar-Wai, piñatas o piedras. Michelle Yeoh y Stephanie Hsu, estupendas en sus papeles de Evelyn y Joy, la hija que no soporta que su mamá sea incapaz de aceptar su orientación sexual, se entregan al juego visual y metanarrativo que les proponen los Daniels con la seguridad de entender el verdadero conflicto, como el trapecista que cuenta con la firmeza de la red que lo salvará de hacerse daño si llegara a caer.

En su película anterior, la delirante “Swiss army man”, los Daniels usaban la historia de un muchacho perdido en una isla que utilizaba a un cadáver flatulento para salir de ella, para hablar del valor de la amistad. Aquí también en una historia que roza el absurdo, toman las imágenes de estos tiempos hiperbólicos y ultraestimulados, apropiándose de sus narraciones, para hablar en el idioma de millones de temas que a lo mejor otros presentarían de maneras más solemnes (pienso en Terrence Malick y sus paisajes) y menos divertidas. Cada quién verá si se somete a las reglas de su juego o abandona la partida. Yo sí me apunto.

Samuel Castro
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