En el salón de la Corte donde están juzgando a “los 7 de Chicago” y que los acusados usan para deliberar, hay una pintura que domina una pared. Es una recreación del asedio de Louisbourg, un episodio fundamental de la Guerra de los 7 años, pues les permitió a las tropas de Gran Bretaña poner fin a las colonias francesas en el Canadá y, en años posteriores, sacarlos definitivamente de Norteamérica. Aunque existe la posibilidad de que simplemente esa sea la pintura que había en el sitio donde ocurrieron los acontecimientos reales, cuando una película la escribe y la dirige Aaron Sorkin, creador de “The west wing” y guionista de “Red social” y “Moneyball”, uno tiende a pensar que ninguna decisión se ha tomado al azar y que Sorkin quiere decirnos algo. Probablemente que estamos ante algo más que un caso judicial cualquiera. Que presenciamos un asedio similar al de aquella batalla: el que el gobierno de Estados Unidos quiso ejercer sobre los principales líderes de la protesta contra la Guerra de Vietnam, después de su intento de tomarse las calles de Chicago durante la convención demócrata de 1968, casi como una advertencia. “Sépanlo”, parecían decir con esos cargos penales formulados a partir de una ley casi olvidada, “si siguen con la idea hippie de protestar, los vamos a joder”.
El director y guionista resume los antecedentes del juicio en la primera secuencia, en la que presenta a los personajes principales exponiendo ante distintas audiencias sus razones, y los combina con noticias televisivas sobre el aumento del reclutamiento de jóvenes y los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. Astutamente decide “saltarse” las protestas y meternos de inmediato en el juicio, para permitirnos, a través de una edición prodigiosa, observar lo que pasó, en lugar de escuchar el relato de los testigos en el estrado. La selección de los distintos momentos del juicio, que duró meses, servirá para algo que sólo guionistas enormes como Sorkin, se animan a intentar: captar la complejidad de la realidad. Porque la realidad no es algo que se pueda definir en blanco y negro, como algunos políticos y muchos más tuiteros creen. La realidad compleja es aquello que te obliga a distinguir los matices de la protesta; los siete, que en realidad son ocho al comienzo, representan intereses y formas de entender el mundo diferentes. Ellos tienen objetivos similares, pero no iguales. Motivaciones distintas, aunque válidas todas.
Queda claro que Sorkin escogió este proyecto, largamente aplazado en Hollywood, porque le permitía comentar el presente. Lo bueno es que el comentario es sobre el mundo entero, no sólo sobre Estados Unidos. ¿Jueces que convierten sus prejuicios en argumentos? ¿Autoridades que criminalizan la protesta y le exigen una pulcritud en su desarrollo que ellos mismos no ejercen? ¿Racismo como política de Estado? Igual que en aquel cuadro del asedio, las llamas consumen el puerto mientras los barcos se hunden. El pintor, nosotros, parece asistir impávido, aunque la pregunta flota en el ambiente: ¿somos los sitiados o los sitiadores?
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