Hace ya 14 años, “La era del hielo” se convirtió en un soplo de aire fresco en una subcategoría, las películas animadas por computador de Estados Unidos, en la que sólo parecían posibles dos caminos: el artístico y de guiones profundos, de Pixar, o el de humor negro y referencias a la cultura pop de “Shrek” y Dreamworks, el estudio que la producía. Con la versión prehistórica de “Tres hombres y un bebé”, aquella cinta lograba dar valiosas lecciones, usando un tipo de humor más físico, pero sin renunciar a una historia inteligente, en la que se tocaban temas complejos, como lo que hacemos para ser aceptados por un grupo.
Lo que enseña “La era del hielo: choque de mundos” es que las buenas ideas son frágiles y siempre serán susceptibles de romperse, si a la lógica ambición por seguir ganando dinero con una franquicia, no se le suma algún tipo de sentido común que respete aquellas cualidades esenciales que hicieron valiosa a la cinta original. No es un trabajo imposible: las dos secuelas de Toy Story han demostrado que cuando hay un mundo que merece ser narrado, es posible seguir sacándole jugo a unos buenos personajes, sin que el espectador sienta que está presenciando una traición.
Sólo así puede calificarse al esperpento sin pies ni cabeza, que nos presentan en esta quinta entrega. Si ya desde versiones anteriores, la historia de los tres amigos originales, Manny, Sid y Diego, denotaba cansancio (después del romance y la paternidad, sólo faltaba que asistiéramos al divorcio del mamut), nada queda ya del respeto a una mínima lógica. En varias partes de la película dicen que el plan de Buck (la comadreja aventurera que apareció por primera vez en la segunda secuela) para detener al meteorito que se acerca a la Tierra es descabellado y ridículo. El problema es que es cierto y hasta un adulto de 30 años lo sabe (los niños pequeños también pero dejan pasar la idiotez del argumento sólo porque le tienen cariño a los personajes) En este caso, cometen los productores el mismo error de ciertos educadores, que creen que si una película es “familiar”, tiene permiso de ser boba. Nada más alejado de la realidad.
Y las salidas “creativas” que encuentran para justificar el descalabro argumentativo (cierto humor absurdo que luce totalmente fuera de lugar, la importancia cada vez mayor en la trama que le dan a Scratte, la ardilla tonta), como por ejemplo la presencia de la voz de la conciencia que imita a Neil deGrasse Tyson (que el famoso astrofísico acepta hacer en la versión en inglés), son pobres. El humor físico se ha degenerado hasta convertirse en un grotesco homenaje a los clásicos cortos animados de Warner que hacían Chuck Jones y Tex Avery, en que los ojos se le salían de las órbitas al lobo, o alguien le jalaba la lengua al Pato Lucas hasta arrancarle el esqueleto.
Hace ya 14 años, “La era del hielo” nos hizo creer que habría mejores aventuras para aquella simpática familia disfuncional. Sus creadores nunca han estado a la altura de esa esperanza.
Regístrate al newsletter