Entre los grandes retos que plantea para 2016 un conflicto con efectos en tantas direcciones, está uno que es prioritario: impedir que aumente la población civil afectada por las acciones de guerra de por lo menos unos cinco o seis ejércitos que combaten en los límites entre Siria e Irak.
Además de la responsabilidad que se plantea para Europa en la absorción y la regulación de los inmigrantes, se advierte que son otros países de la misma región, como Arabia, los que deberían ayudar en la atención y recepción de los refugiados. Son naciones con recursos, con similitudes religiosas y tribales (musulmanes-suníes, por ejemplo), que están más cerca y que no significan un desarraigo tan radical para los migrantes.
En cuanto al combate militar al Estado Islámico, en las ciudades que ocupa entre Siria e Irak, se advierte un control lento. Es posible que con tantos ejércitos combatiéndolo se frene la expansión del EI, pero es el ejemplo de una bacteria controlada: hay alivios parciales, pero seguirá presente en territorios difusos y con pobre dominio militar de los Estados a cargo (el sirio y el iraquí).
Entre tanto, Rusia continuará aprovechando su apoyo militar allí para convertirlo en moneda de cambio en el ajedrez de las relaciones con los afectados y E.U. y Occidente.
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