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Columnistas | PUBLICADO EL 15 febrero 2015

el que cree es invencible

Pormanuela zárate
www.manuelazarate.blogspot.com

¿Quién eras cuando tenías cinco o seis años? ¿Todavía lo recuerdas? ¿Qué te hacía pasar corriendo por un pasillo, excavar horas en la playa, recolectar algo insólito como grillos o piedras? ¿Qué te aterraba y dónde te escondías? ¿Cuándo tenías el mundo entre los dedos? En el pecho de tu madre, en el olor del pelo de tu padre, en ese par de botas que cuando te las ponías te sentías poderoso e invencible. Con un palo que hacía las veces de espada nada podía detenerte. Tu corazón era tu fuerza. Lo llevabas a máxima capacidad de pulsiones cada día y te hacía caer extenuado.

No había nada que frenara lo que querías hacer. Y las soluciones a tantos males te parecían sencillas, tu lógica era pura y tu astucia limpia. Te empeñabas en ser y nada te frenaba. No eran sueños de grandeza per se, eran de volar alto. Tal vez querías ser médico o maestra, eso sí, bajo tus pequeños párpados estaba todo el ímpetu que cambiaría el mundo.

¿Y después? Después pasó la vida. Los recovecos de tu biografía van contando la historia de unos sueños que tal vez se fueron desmembrando. De una realidad que golpea. Porque hay que ser realista y práctico. Porque nada es tan sencillo, porque la niñez no toma en cuenta muchas cosas que te vienen de golpe con eso que llaman adultez. Uno deja de creer en su instinto y el mundo te convence de que no eres lo que crees, sino lo que te toca ser. Y entre las opiniones de los demás se arma lo que viene a ser tu credo.

¿Qué nos construye? ¿Nosotros al mundo o el mundo a nosotros? ¿Forjamos la vida o estamos a merced de eso que llaman destino? ¿Qué viene primero?

De vez en cuando vale la pena recordar los primeros sueños. Los precursores de eso que somos, tal vez no porque quisimos sino porque pasó la vida. Sueños que incluso negamos y desechamos. No fuiste médico porque no pudiste con la química, o sencillamente no podías darte el lujo de estudiar nueve años. Vino un amor, un hijo un golpe de fortuna. Una llamada inesperada. Eso para lo que no te preparaste y que te hizo otro. Una mirada, un apretón de manos, una tarde que fumabas en la acera para no molestar y una conversación que se basó en el vicio, terminó en coincidencia y todo cambió.

La vida, las cosas que viviste. Esas maletas sobre las que te sentaste para poder cerrar. Las veces que corriste para no perder un vuelo. La comida que devolviste. La mirada que evitaste. La palabra de cariño que no supiste dar. El abrazo silencioso que hizo toda la diferencia. La solidaridad. El olvido. La oportunidad que escarbas entre ideas y propósitos.

Vale la pena recuperar los momentos más puros, lo que éramos cuando todavía no estábamos polutos, contaminados por el ruido de los mensajes de desesperanza, pero sobre todo por el miedo. Cuando no sabíamos qué era el fracaso y nuestro motor era la curiosidad y la imaginación. Cuando el cielo era el lugar donde montábamos el plano de vida y los límites eran para otros. Cuando creíamos más que nada en nosotros mismos. El que cree es invencible.

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