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Columnistas | PUBLICADO EL 08 febrero 2015

El aro y los remordimientos

Porcarlos alberto giraldocarlosgi@elcolombiano.com.co

Ponerse en las botas de las víctimas de la masacre de El Aro, en octubre de 1997, puede permitir la comprensión de una indignación y de un dolor tan elevados como las montañas en las que descansa aquel pueblito del Norte de Antioquia.

Recuerdo que en 2005 visité la casa de la familia del señor Marco Aurelio Areiza, el tendero y hacendado sobre quien los paramilitares descargaron una bestialidad, una brutalidad, una sevicia que aún me perturba y me cuesta creer. Hablé con sus hijas y ellas me entregaron un dictamen forense practicado un año y medio después, tras la exhumación del cadáver de su padre, para constatar las causas de su muerte.

En términos médicos, el señor Areiza falleció por “choque traumático”, debido a “heridas múltiples en el tórax”. Esas palabras resultan demasiado frías y escasas para describir el sufrimiento enorme que le produjo la tortura aplicada por los hombres de Carlos Castaño y Salvatore Mancuso, para la época jefes del comando de las AUC que destruyó en El Aro todo lo que encontró a su paso durante tres noches y cuatro días de pesadilla imborrable.

Al señor Areiza lo molieron a golpes de garrote y de fusil. Le cercenaron los genitales y le sacaron el corazón. Varias de esas atrocidades ocurrieron delante de sus hijos y de sus amigos. Niños. También de su esposa y de la comunidad que, impotente, veía torturar a su benefactor y amigo. Católico ferviente y devoto de la Virgen del Carmen.

Lo único que no le entró, según me contó la gente de El Aro, fueron las balas. “Le dispararon en la cabeza, pero no le entraron los tiros. Parecía cerrado por obra y gracia del Señor y del Espíritu Santo”.

Los paramilitares quemaron las casas, regaron los bultos de las cosechas de maíz y café. Fusilaron a otros lugareños contra el pasto y las piedras y violaron mujeres.

Muchos de los autores materiales e intelectuales de aquella masacre espantosa han muerto. Pero otros viven.

Quiero ponerme también en sus botas para imaginar si esa gente es capaz de dormir. Si no siente de vez en cuando que aquellos seres humanos martirizados llaman a la puerta de su alcoba y se acercan a su almohada. Si ellos, que de seguro se dicen cristianos y van a misa, no sienten que en sus mentes algo les remuerde. Las motosierras de esas y de otras masacres les deben taladrar la conciencia y el alma.

Estoy seguro de que su fe está derrotada, porque es imposible que Dios los acuda sin castigarlos por su impiedad, por lo impío de su obra. Y habrá justicia en la tierra, y para los que creemos, en el cielo. Pero antes, ellos pasarán horas de suplicio, como las del viejo Areiza y los vecinos de El Aro.

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