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Medellín tiene primer programa público de educación en casa del país: hay 700 niños

El programa EduCasa le abre las puertas a niños, niñas y jóvenes que, por condiciones críticas de salud o discapacidad con movilidad reducida, no pueden asistir de forma presencial a las aulas. Esta es la historia de Jerónimo.

  • Jerónimo Benítez cursa octavo grado desde su vivienda gracias a EduCasa, el programa que derribó las barreras que le impedían estudiar. Hoy sueña con ser un programador. A su lado, su madre, Maritza Salazar. FOTO Julio César Herrera
    Jerónimo Benítez cursa octavo grado desde su vivienda gracias a EduCasa, el programa que derribó las barreras que le impedían estudiar. Hoy sueña con ser un programador. A su lado, su madre, Maritza Salazar. FOTO Julio César Herrera
  • Cuando Jerónimo se matriculó, recibió un computador portátil en comodato y conexión a internet para sus clases virtuales. Foto: Julio César Herrera Echeverri
    Cuando Jerónimo se matriculó, recibió un computador portátil en comodato y conexión a internet para sus clases virtuales. Foto: Julio César Herrera Echeverri
03 de mayo de 2026
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En Medellín, el programa EduCasa marca la historia de la educación de la ciudad. Es el primer modelo público de atención educativa domiciliaria en Colombia, que le abre las puertas a niños, niñas y jóvenes que, por condiciones críticas de salud o discapacidad con movilidad reducida, no pueden asistir presencialmente a las aulas. Uno de esos niños es Jerónimo Benítez Salazar, un joven de 13 años que está cursando octavo grado desde su casa.



Maritza Salazar, su madre, lo describe como un niño muy inteligente. Cuenta que aprendió a leer por su cuenta cuando tenía apenas dos años y medio, viendo el programa infantil de televisión El Mono Sílabo. Un día, cuando llegaba del trabajo, lo encontró con un libro en las manos, leyendo.

Pero aunque Jerónimo tenga capacidades de aprendizaje, llegar a un salón de clase fue una barrera que incluso lo hizo perder un año escolar.

Jerónimo tiene parálisis cerebral y diplejía, una condición que le afecta el equilibrio de por vida y lo obliga a usar un caminador para moverse dentro de casa y una silla de ruedas para salir al mundo. Todo comenzó en el parto. Su madre cuenta que el embarazo transcurría sin sobresaltos hasta que al séptimo mes llegaron las contracciones.

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Al llegar a la clínica, el personal médico, incrédulo ante un parto prematuro, la dejó esperando desde las seis de la mañana hasta las diez. Cuando llegó el ginecólogo, se asustó: “¿Por qué dejaron a esta mamá esperando tanto tiempo si es un parto expulsivo y el bebé debía haber nacido hace rato?”, recuerda Maritza que dijo. Sin embargo, ya el daño estaba hecho. La falta de oxígeno durante esas horas le causó al bebé una lesión cerebral irreversible.

Jerónimo estuvo catorce días en incubadora y dos meses en cuidados intensivos. Al crecer, Maritza notaba que físicamente no avanzaba como otros bebés. Cuando lo llevó a los especialistas, el psicólogo le dijo que era una mamá sobreprotectora y que dejara al niño crecer a su ritmo. Maritza interpuso una queja ante la Superintendencia y solo entonces lo examinó un neurólogo y le confirmaron el diagnóstico. Para ese momento, el niño ya convulsionaba y se ponía rígido; ataques epilépticos que los médicos habían descartado como espasmos de sollozo o mimos excesivos.

La escuela no estaba preparada

Crecer con esa condición fue una batalla constante contra un entorno que no estaba preparado para él. La escuela donde estudió primaria quedaba a cinco minutos de su casa, pero llegar a tiempo le tomaba casi una hora.

Ya que las calles aledañas no están diseñadas para el transporte de personas con movilidad reducida, deben transportarse en vehículos particulares. Pero los taxistas que se negaban a transportar la silla de ruedas, o algunos conductores de aplicaciones le pedían el doble de la tarifa mínima dificultaban todo.



Dentro del colegio, la situación no era mejor. Como no había rampas, mientras los demás estudiantes se desplazaban entre aulas, a Jerónimo lo dejaban solo en un salón porque nadie podía moverlo. Incluso, en una ocasión, una profesora se quejó de que la silla de ruedas, recostada contra la pared para darle equilibrio, rayaba la pintura nueva.

“Eran pequeños detalles que demostraban que él no debía estar ahí”, dice Maritza.

El punto de quiebre llegó después de una cirugía para tratar el encogimiento de los pies, una consecuencia frecuente de la parálisis cerebral. Jerónimo debía recuperarse en casa, así que acordaron con la institución que haría los talleres desde allí y los llevaría para que los calificaran. Sin embargo, nunca los revisaron ni los citaron a una evaluación. Jerónimo terminó perdiendo el año escolar por inasistencia. “Me cansé de pelear”, comenta Maritza.

La escuela que va hasta la casa

Fue entonces cuando alguien le dio el contacto de un colegio privado subsidiado por la Alcaldía para estudiantes con condiciones especiales. “Si yo hubiera sabido eso antes, lo hubiera inscrito desde el principio”, afirma la madre.

Ese programa evolucionó hasta convertirse en EduCasa, hoy operado a través de la Escuela Normal Superior de Medellín en convenio con la Alcaldía y la Universidad Pontificia Bolivariana.

Cuando Jerónimo se matriculó, recibió un computador portátil en comodato y conexión a internet para sus clases virtuales. Foto: Julio César Herrera Echeverri
Cuando Jerónimo se matriculó, recibió un computador portátil en comodato y conexión a internet para sus clases virtuales. Foto: Julio César Herrera Echeverri



Cuando Jerónimo se matriculó, recibió un computador portátil en comodato y conexión a internet para sus clases virtuales. En algunos casos, también proporcionan algún auxiliar o prótesis para poder ejercer bien la interacción con el equipo.

Además, cada semana, un tutor pedagógico visita su hogar para acompañar sus guías de aprendizaje y brindarle apoyo anímico. Para Maritza, el cambio fue inmediato: “Ya no tengo ese estrés de estar mirando cómo lo voy a desplazar, en qué transporte lo voy a llevar.” Todas las clases son grabadas, los profesores tienen las clases monitoreadas y los padres pueden supervisar desde casa. “Es un cambio de la tierra al cielo”, resume.

Para Jerónimo, el formato también fue una revelación. Tan bien le fue que al mes de ingresar lo invitaron a una promoción anticipada y se saltó un grado completo.

“El entorno de una casa lo hace todo más práctico”, dice Jerónimo con la tranquilidad de alguien que ya encontró su lugar. “Si me ponen a escoger otra vez entre presencial y virtual, voy a escoger virtual. Le veo muchas más virtudes”.

Cómo acceder al programa

EduCasa está dirigido a estudiantes con condiciones de salud críticas o discapacidades con movilidad reducida extrema que cuenten con un concepto médico que respalde la imposibilidad de asistir físicamente al colegio.

Las familias pueden solicitar el ingreso en la Escuela Normal Superior de Medellín, en el barrio Villahermosa, o en la Unidad de Educación Inclusiva de la Secretaría de Educación, en el segundo piso del Centro Administrativo Distrital.

También es posible hacer la solicitud por la página web de la Secretaría de Educación o por correo al rector de la Normal Superior.

Maritza hace un llamado directo: “Muchos padres de familia lo necesitarían y el programa no es tan conocido. Hay muchos jóvenes con autismo y otras condiciones que se beneficiarían. Ojalá lo puedan expandir”.

El programa trasciende las cifras

EduCasa representa una inversión superior a los 2.700 millones de pesos y ha beneficiado a más de 700 estudiantes entre 2024 y 2026. Este año participan 210, con meta de llegar a 280 antes de que termine el año.

Hoy, Jerónimo cursa octavo grado. Se devoró la saga completa de Harry Potter en un mes. Le gustan los videojuegos como Zelda, Metroid, Mario y las series de ciencia ficción y fantasía. Juego de Tronos es una de sus favoritas. Sueña con ser programador.

“Siento que es muy versátil y en la sociedad en la que estamos, donde todo es tecnológico, siempre me ha gustado esa área”, explica con una claridad que no corresponde a sus 13 años.

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Entre las terapias de natación los martes y las clases virtuales, Jerónimo cursa octavo grado con una claridad sobre su futuro poco común en niños de su edad. La ciudad que durante años no supo cómo recibirlo ahora le lleva el conocimiento hasta la puerta de su casa, y él la está aprovechando.

Deuda histórica con la educación inclusiva

El acceso a la educación para personas con discapacidad sigue siendo limitado en Colombia y en gran parte de América Latina. Según la Unesco, los niños, niñas y jóvenes con discapacidad tienen hasta 2,5 veces más probabilidades de no asistir a la escuela que sus pares sin discapacidad.

En Colombia, más del 60% de las personas con discapacidad no supera la educación básica primaria, según el Dane, lo que evidencia la magnitud de la deserción escolar que sufre esta población.

La accesibilidad sigue siendo uno de los mayores retos: infraestructuras sin rampas, transporte no adaptado y entornos urbanos poco inclusivos, la falta de formación docente en educación inclusiva y los prejuicios sociales, dificultan la asistencia regular a clases. Solo en Medellín, el Dane registró para 2022 unos 123.628 personas con discapacidad.

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