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¿Medellín será la capital del anti-envejecimiento? Así funciona el boom estético

La ciudad se ha convertido en un referente mundial de la industria antienvejecimiento. De todo el mundo vienen a hacerse procedimientos estéticos y funcionales.

  • Hay extranjeros que vienen cada cuatro meses a la ciudad solo a retocarse procedimientos estéticos en las clínicas de la ciudad. FOTO camilo suárez
    Hay extranjeros que vienen cada cuatro meses a la ciudad solo a retocarse procedimientos estéticos en las clínicas de la ciudad. FOTO camilo suárez
hace 53 minutos
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El 4 de abril de 1988, el alcalde de Nueva York, Ed Koch, dijo en una entrevista que estaría de acuerdo con la idea de invadir y bombardear Medellín. 37 años después, miles de norteamericanos vienen a Medellín porque no quieren morir ni envejecer. Axl Rose, vocalista de Guns N´ Roses, es uno de ellos.

En esos años en Medellín era difícil pensar que se podía alcanzar la vejez: en 1991 en la ciudad asesinaron a 6.809 personas. Una tasa de 395 homicidios por cada cien mil habitantes, la más alta del mundo. El año pasado, esa misma tasa en Medellín fue de 12,1, por debajo de ciudades gringas como Nueva Orleans, Baltimore, Washington, Philadelphia o Detroit. Pero no es porque ahora Medellín sea más segura que Philadelphia que los norteamericanos como Axl Rose están viniendo, sino porque los tratamientos para parar el envejecimiento —que es lo mismo que parar el tiempo, pero eso lo desarrollaré más adelante— son mejores y más baratos.

En Estados Unidos y Europa llevan años hablando de los esfuerzos de los grandes millonarios del mundo para alargar la vida y la calidad de la vejez. Donald Trump tiene 79 años; Putin, 73 y Bill Gates, 70, por poner algunos ejemplos. Hace un par de meses, en un encuentro presencial, el presidente de China, Xi Jinping, y el de Rusia, Vladimir Putín, fantaseaban sobre la posibilidad de vivir hasta los 150 años.

“En el pasado, casi nadie vivía más de 70 años, pero ahora a los 70 sigues siendo un niño. La biotecnología está avanzando, habrá constantes trasplantes de órganos humanos. Podría ser que en este siglo los humanos puedan vivir hasta los 150 años”, decían el par de niños setentones.

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Hay decenas de artículos periodísticos que señalan que la inmortalidad es la nueva obsesión de Silicon Valley. El caso más icónico es el de Bryan Johnson, un empresario norteamericano de 48 años que está convencido de que puede ser inmortal: se despierta antes del amanecer y su última comida es antes del mediodía. Toma más de 100 pastillas diarias y gasta millones de dólares al año en tratamientos —como hacerse una transfusión de plasma con su hijo adolescente— y equipos médicos.

Pero lo cierto es que no solo los multimillonarios y poderosos globales quieren vivir para siempre. No solo el deseo se popularizó, sino que la posibilidad de alcanzarlo se democratizó. Cada vez en el mundo hay más clínicas y centros médicos especializados en postergar la vejez, o al menos su experiencia. Y en Medellín están algunos de los mejores del mundo en calidad y precio, si se compara con los centros estéticos en Europa y Estados Unidos.

El año pasado, las clínicas y hospitales de Medellín atendieron a 23.323 pacientes extranjeros, un promedio de 64 al día y un aumento del 112% respecto al 2023. Los extranjeros vienen a la ciudad a hacerse tratamientos que, con tiquetes y hospedaje incluidos, siguen siendo más baratos que en sus países de origen: odontológicos, oftalmológicos, pero, sobre todo, estéticos: limpiezas faciales, bótox, perfilamientos de labios, masajes moldeadores, depilaciones con láser, sueroterapias, rejuvenecimientos faciales y vaginales. También algunas cirugías plásticas, pero esas parecen haber pasado de moda.

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Visité algunas de esas clínicas: son pequeños hoteles de cinco estrellas con médicas, enfermeras y recepcionistas jóvenes e impecables: la piel como un mármol, los dientes de un blanco quirúrgico, los labios y las cejas de revista. “No puede ser que en casa de herrero, azadón de palo”, me dijo Laura, la gerente de Balance, una de las clínicas, con sede en El Poblado, que es un buen ejemplo de cómo ha evolucionado el mercado de la medicina estética y del turismo clínico en la ciudad: empezaron hace más de 30 años como un centro odontológico, luego abrieron una unidad especializada en odontología para pacientes extranjeros y más tarde, sin dejar de hacer nada de lo anterior, abrieron la unidad estética.

La mayoría de sus pacientes son hombres extranjeros que viajan por un servicio (una limpieza dental, puede ser), pero se llevan el paquete completo: limpieza facial, bótox para las arrugas, un masaje relajante y algún tratamiento para prevenir la caída del cabello. Mientras los inyectan, los pacientes tienen música relajante, sillas que hacen masajes, vapores con fragancias sedantes.

El bótox —la inyección de una sustancia que bloquea señales químicas de los nervios que hacen que los músculos se contraigan y arruguen— hay que aplicárselo entre dos o tres veces al año para que no pierda su efecto, y cada aplicación en uno de estos centros de lujo cuesta entre $1’000.000 y $1’500.000, y hay pacientes dispuestos a tomar un avión, como quien toma un taxi, para hacerse el retoque. En 2024, el gasto de los extranjeros en centros médicos en Medellín fue de más de 15 millones de dólares, con eso alcanza para unas 57.000 inyecciones de bótox al año.

Luego fui a Almaluna, otro centro médico donde además de los servicios que ya dije son especializados en ginecología estética, para que las vaginas queden radiantes, brillantes, estrechas y lubricadas, mejor dicho, para que queden jóvenes, infantiles de ser posible. Tienen tres sedes en el Valle de Aburrá y allí la mayoría de las pacientes son mujeres. La depilación con láser está disponible para niñas desde los 13 años con autorización de los padres. La calificación en Google es de 4,9 estrellas sobre 5. Los pacientes se deshacen en elogios: el precio, el trato, la atención, tan impecables como la piel. Me explica Johana, la médica, que la tendencia es el rejuvenecimiento que parezca natural. Las pacientes quieren verse jóvenes pero que no se note que pagaron por ello, que el don de la eterna juventud parezca dado por la divina providencia.

También son un éxito los sueros intravenosos para agilizar la recuperación, evitar el cansancio o aumentar la concentración. “Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose. Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede”, ha dicho el filósofo surcoreano Byung-Chul Han sobre la sociedad del cansancio actual, en la que hacer pereza está tan mal o peor visto que verse viejo.

Pero la batalla contra la vejez no es solo superficial. No basta con no parecer viejo. Lo ideal sería tampoco sentirse: llegar a los 70 con cabellera y sin arrugas, pero capaz de subir escaleras y cargar bolsas pesadas, con un pene que se levante o una vagina que se moje.

Para eso también hay tratamientos y Medellín es referente: Lumm es un centro de medicina regenerativa que, a partir de tratamientos con células madre, alivia dolores en los huesos, músculos y articulaciones. Mejor dicho, acaba con los síntomas internos de la vejez. “La medicina moderna ha hecho una distinción crucial entre la expectativa de vida y la expectativa de vida saludable. El objetivo ya no es simplemente vivir más años, sino extender de forma significativa el periodo de nuestra vida en el que gozamos de salud, funcionalidad y autonomía”, explicaban sus dueños y fundadores en el congreso Vive Más y Mejor, el primer encuentro internacional de longevidad que se hizo en Medellín entre el viernes y sábado de esta semana en Plaza Mayor, al que asistieron cerca de 3.000 personas.

Algunas de las empresas más grandes de la ciudad como Comfama y Sura patrocinaron el evento. El alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, no desaprovecha oportunidad para hacer promoción de los hábitos de vida saludables, especialmente del deporte, que él mismo, a sus 51 años, practica como un jovencito: corre maratones y hace triatlones a ritmos bastante decorosos.

Entre las empresas y el gobierno local parece haber un consenso en que hay que hacer lo posible por aplazar la vejez y que esta, una vez inaplazable, sea lo menos dolorosa posible. Estimaciones demográficas calculan que en el 2035 Medellín será la segunda ciudad más envejecida del país.

Una ciudad donde no hay peor negocio que una clínica obstétrica y una funeraria: en las últimas dos décadas la tasa de natalidad se ha reducido a la mitad. Mientras que en el 2005 la población menor a los 15 años representaba un 25% de la población y los mayores de 60 años representaban un 10%, al 2025 la participación de ambos grupos se ha igualado en el 17%:, y se espera que en el 2035 los menores de 15 años solo representen el 14% y los mayores de 60 alcancen el 22%. Y una ciudad para los viejos, tal cual los conocemos o imaginamos: enfermos, dependientes, discapacitados, borrachos, tristes o impotentes parece inviable. Eso explica que hasta la Alcaldía y las grandes empresas quieran convertir a Medellín en una “zona azul”, que es como los científicos han llamado a las zonas geográficas donde, bien sea por genética o por el desarrollo de hábitos, la población alcanza una longevidad excepcional, como en Cerdeña, Italia; Loma Linda, en Estados Unidos; Okinawa, en Japón, o Nicoya, en Costa Rica.

“No necesitas nacer en una zona azul para vivir como tal. Puedes crear tu zona azul con decisiones conscientes. Te mostraremos cómo construir ese estilo de vida aquí, en Medellín”, leí en los pendones promocionales del evento.

Bastante y desde hace tiempo ya se ha escrito sobre la inmortalidad. Borges escribió El inmortal, donde un hombre prueba del agua de la inmortalidad y no tiene más remedio que pasarse todas las vidas buscando el agua que le permita, por fin, morir. La filósofa y doctora (en filosofía) colombiana Laura Quintana publicó este año un ensayo literario titulado El tiempo que queda, en el que reflexionó sobre las consecuencias del inevitable paso del tiempo en el cuerpo —aunque pareciera que ese inevitable que ha acompañado en tantísimos textos al paso del tiempo está por extinguirse— y lo que significa envejecer en un mundo que parece estar cerca del abismo.

“No sentimos realmente el tiempo hasta que se hace palpable en el cuerpo, en el propio cuerpo”, empieza el libro, en el que cuestiona esta obsesión de los grandes millonarios no solo de hacerse inmortales sino universales, pues gastan fortunas para alargar la vida pero además para hacerla posible en otro planeta. En uno menos caótico, violento y contaminado. En uno menos viejo, ojalá virgen. “Ya no queremos este cuerpo imperfecto que envejece y va perdiendo potencia, ya no queremos esta Tierra que se nos quedó chica, no dio más frente a nuestro afán de crecer y acumular; ya no queremos ningún vínculo con el pasado, con la memoria de lo que hicimos y el recuerdo de aquellos a quienes arrasamos”, dice.

¿Queremos ser viejos y saludables para cuidar a los nietos o pasar tiempo en familia y con amigos? Cuáles nietos y cuáles amigos. Niños ya casi no nacen y los videos de Tiktok son más ocurrentes que los compañeros del colegio, la universidad y el trabajo. Lugares que, dicho sea de paso, solo tienen sentido en una vida con esperanza de acabarse. ¿O en cambio alargaremos hasta donde se pueda la juventud para convertirnos en la primera generación en ver el último video del scroll infinito? Quizás ese Récord Guiness lo reclamemos y celebremos en Medellín

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