Uno de los monumentos más singulares, misteriosos y también poco conocidos en el Centro de Medellín es la fuente que construyó el maestro Francisco Antonio Cano hace 117 años. La obra se la encargó la Sociedad de Mejoras Públicas al gran maestro antioqueño quien inicialmente creó una fuente en terracota que terminó deteriorándose por el clima y la falta de cuidado, por lo que fue necesario volver a hacerla, esta vez en bronce. Para los conocedores de arte y patrimonio de la ciudad, la fuente que tiene una intrigante figura barbuda por cuya boca brota el agua que recibe un niño desnudo es una de las piezas más representativas de la obra de Cano y fue totalmente adelantada a su época en la naciente Medellín.
“La hermosa pila de la plazuela San José está ya terminada y la prensa local apenas si ha dado cuenta de ello. El artista ha cosechado como siempre, el silencio, la indiferencia. ¡Bello estímulo! [...] Se diría por ese mutismo, que el monumento carece de importancia, siendo así que la tiene, y grande, como que marca una fecha no despreciable en los anales de nuestra arquitectura civil, tan pobre de nombre”, escribió en ese momento Emilio Jaramillo para la revista Alpha.
Por años, mientras el Centro pasaba de ser la zona más prestante de la ciudad una comuna desordenada y en progresivo deterioro, la fuente que acompañó a la fachada de la iglesia de San José, en plena Oriental, terminó invisibilizada, deteriorada y hasta vandalizada en más de una ocasión.
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Ahora, después de ocho años, por fin volvió a la vida. Así lo anunció la Alcaldía de Medellín, que señaló que volverla a ver encendida es recuperar parte de la historia de la ciudad. Y es así: según el historiador Víctor Ortiz, además de su función estética y su importancia para ofrecerle a Medellín un patrimonio artístico desde sus inicios, las fuentes como esta tenían una doble función pues eran encargadas de abastecer agua cuando todavía los sistemas de acueducto eran precarios y de difícil acceso.
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