Muchas ideas innovadoras nacen de una conversación cualquiera tomando tinto. Así nació Vitares, un macroproyecto de la Universidad CES que estudia cómo la contaminación en el aire puede causar daños en la salud visual en niños y niñas de Támesis, Salgar y la comuna 2 de Medellín.
Andrés Pareja López, biólogo, zootecnista y director del programa, llevaba años estudiando en su laboratorio los efectos del material particulado en células de piel, pulmón y la córnea. Encontró que dicha contaminación alteraba la dinámica celular de esos tejidos de forma silenciosa, causando daños celulares.
En esas conversaciones de pasillo y de tintos con colegas de otros programas, la idea fue tomando forma. Si el material particulado afectaba la córnea en el laboratorio, ¿qué pasaba en los ojos de las personas? ¿Y en los de niños y niñas? “Dijimos: ¿por qué no visualizamos esto desde un enfoque multidisciplinario?”, recordó Pareja.
Así empezaron a unirse las piezas: optómetras, psicólogos y sociólogos, ingenieros biomédicos, ecólogos, salubristas y más. Un engranaje que, cuando estuvo listo, se encontró con una convocatoria del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación orientada al fortalecimiento territorial en salud. Justo lo que buscaban.
Se presentaron y quedaron de segundos. Solo había financiación para un proyecto a nivel nacional. “Muy tristes y todo”, dijo Pareja, pero meses después hubo una adición presupuestal a la convocatoria y el programa logró la financiación: cerca de 6.000 millones de pesos del Ministerio, más aportes de la Universidad CES en infraestructura, laboratorios y tiempo de investigadores. El proyecto arrancó el 1 de agosto de 2025 y tiene una duración de 40 meses.
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Los primeros hallazgos
En sus primeros ocho meses de trabajo, el programa —bautizado Vitares, por Vigilancia Territorial Integrada del Riesgo Ambiental en la Salud Visual y Psicomotriz— tamizó 807 niños en instituciones educativas de Támesis, Salgar y la comuna 2 de Medellín. Los resultados sorprendieron al propio equipo: el 14% de los estudiantes evaluados presenta defectos que requieren corrección visual. Además, se identificaron síntomas de fatiga ocular y otras alteraciones que pueden incidir en la lectura, la concentración, el desempeño académico y las habilidades psicomotoras.
El dato es más grave de lo que parece. En Colombia se generalizan para las zonas rurales los datos de prevalencia urbana, pero si los niños rurales no llegan a los centros de salud —porque están en veredas lejanas, porque nadie los ha convocado, porque la salud visual no está priorizada en los programas de atención— realmente se oculta un problema mayor. “Cuando nosotros llegamos a la institución educativa y empezamos a tamizar, encontramos muchas más alteraciones de las que esperábamos. Niños que ya están grandes y que debieron haber tenido gafas desde muy chiquitos”, explicó Alejandra Lopera, investigadora del proyecto.
A eso se suma algo que el equipo no anticipaba: cuando llegan a tamizar niños, aparecen también adultos porque es la primera vez que alguien va hasta allá a preguntar por la salud visual.
Ver bien por primera vez
En Támesis, un profesor de vereda le pidió al equipo de optometría que revisara a un joven de 18 años que él intuía que no veía bien. El muchacho venía de un entorno social complejo y vivía en una vereda de difícil acceso. El profesor fue a buscarlo y lo llevó donde la optómetra, quien lo evaluó y encontró una miopía de nivel avanzado.
Cuando le pusieron los lentes de prueba y el niño por primera vez vio con nitidez, preguntó, con una evidente impresión en su rostro: “¿Así ven ustedes?”.
Pareja recordó que él mismo se siente conmocionado y llora. “Un pedazo de plástico le va a cambiar la vida a ese niño. Un diagnóstico oportuno le hubiera podido solucionar muchos problemas”, dijo Pareja.
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Lo que parecía un detalle médico menor revela algo más profundo: la visión no es solo ver. Es moverse, explorar, aprender, desarrollarse. Un niño que no ve bien es el niño que se distrae en clase, que abandona el colegio, que no logra terminar su formación.
Para responder a estos casos, el programa estableció un convenio con la fundación internacional Carity Vision, que donará lentes para los niños que lo necesiten y no tengan acceso a ellos. “A un niño que se le soluciona un problema es una familia que responde”, dice el líder del programa.
Ciencia en comunidad
Vitares busca construir con las comunidades las estrategias que permitan que ese conocimiento quede instalado cuando el proyecto termine. Catalina Betancur, investigadora principal del componente social, lo llama “ciencia encarnada y territorializada”: que la ciencia se haga cuerpo, se haga experiencia cotidiana.
En Támesis y Salgar, donde no existen sistemas de información de calidad del aire como los que hay en Medellín, los mapas construidos participativamente por los propios habitantes y los investigadores.
Lo que viene
En los próximos meses el programa avanzará en el análisis de los datos recolectados, la conformación de grupos base en cada territorio, el diseño de estrategias de información y educación, y la entrega de lentes a los niños que los necesitan. La meta final es que los municipios queden con una ruta de atención instalada: que los niños sean tamizados anualmente, que las alteraciones se detecten a tiempo, que las familias e instituciones sepan gestionar el riesgo.
Un tinto entre investigadores, la intención de innovar y ayudar y la complicidad de empezar: más de 100 niñeces tamizadas que ya empiezan a ver el mundo de otra manera.
Tejidos de laboratorio en vez de animales
Después de la entrada en vigencia de prohibición de pruebas cosméticas en animales este 2026, la universidad CES reafirmó su liderazgo en el testeo de productos sin recurrir a la experimentación animal. La universidad trabaja con modelos celulares en vitro, es decir, con tejidos cultivados en laboratorio, no con animales. Dicho componente es la Unidad de Toxicidad in Vitro (UTi). Desde hace años inició y ya realiza pruebas de citotoxicidad —pruebas para determinar si un producto tiene efectos tóxicos en células vivas—, irritación dérmica, irritación ocular y genotoxicidad mediante metodologías aceptadas por organismos internacionales. De esta investigación nació Vitares.