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Mundo | PUBLICADO EL 14 noviembre 2022

Apocalipsis zombi se vive en algunas calles de Madrid

La venta de drogas ha llegado a barrios de España donde los adictos se ven deambular como muertos vivientes.

  • María drogada cerca a la estación Renfe en Villaverde alto. FOTO: Javier Alexander Macías
    María drogada cerca a la estación Renfe en Villaverde alto. FOTO: Javier Alexander Macías
  • Colchones donde duermen algunos yonkis en la ciudad de Madrid junto al metro. FOTO: Javier Alexander Macías
    Colchones donde duermen algunos yonkis en la ciudad de Madrid junto al metro. FOTO: Javier Alexander Macías
  • Carpas donde venden las drogas en el Polígono. FOTO: Javier Alexander Macías.
    Carpas donde venden las drogas en el Polígono. FOTO: Javier Alexander Macías.
  • Polígono en donde se venden las drogas en Villaverde, Madrid (España). FOTO: Javier Alexander Macías
    Polígono en donde se venden las drogas en Villaverde, Madrid (España). FOTO: Javier Alexander Macías
  • Mujer drogada en la calle de los zombis. FOTO: Javier Alexander Macías
    Mujer drogada en la calle de los zombis. FOTO: Javier Alexander Macías
  • María drogada cerca a la estación Renfe en Villaverde alto. FOTO: Javier Alexander Macías
    María drogada cerca a la estación Renfe en Villaverde alto. FOTO: Javier Alexander Macías
  • Colchones donde duermen algunos yonkis en la ciudad de Madrid junto al metro. FOTO: Javier Alexander Macías
    Colchones donde duermen algunos yonkis en la ciudad de Madrid junto al metro. FOTO: Javier Alexander Macías
  • Carpas donde venden las drogas en el Polígono. FOTO: Javier Alexander Macías.
    Carpas donde venden las drogas en el Polígono. FOTO: Javier Alexander Macías.
  • Polígono en donde se venden las drogas en Villaverde, Madrid (España). FOTO: Javier Alexander Macías
    Polígono en donde se venden las drogas en Villaverde, Madrid (España). FOTO: Javier Alexander Macías
  • Mujer drogada en la calle de los zombis. FOTO: Javier Alexander Macías
    Mujer drogada en la calle de los zombis. FOTO: Javier Alexander Macías
Por javier alexander macíasEnviado especial a Madrid, España.

Dice llamarse María, aunque segundos después afirma no saber su nombre —o no lo recuerda—, pero sí sabe maldecir con palabras incomprensibles la renegrida marca dejada en la acera por sus zapatos desgastados, además de su mala suerte de no tener un solo euro en los bolsillos.

Esa estela de caucho derretida se entremezcla con un chorro de sangre emanado del primer dedo de su pie izquierdo, asomado en el roto del cuero raído por el roce con el asfalto de su pie arrastrado sin fuerza. El dedo está verde y rojo y morado a la vez, afectado por un líquido viscoso salido de una herida que ha tardado en sanar. Tiene la mirada perdida y su cabello, que pudo ser rubio, comienza a tornarse cobrizo, tono que deja el pasar días en la calle sin bañarse.

—¿Me regala un euro? Regáleme un euro, ruega a cada transeúnte que osa pasar a su lado y que se cubre la nariz para eclipsar el mal olor salido de su boca enmohecida.

Pero María no puede tenerse en pie. Ha dado unos cuántos pasos de la estación del metro Renfe, en Villaverde Alto, a la calle del Polígono Marconi, en Madrid, y se detiene a mendigar unas monedas para comprar drogas. Su cuerpo se tambalea como se tambalean los árboles del otoño que empieza a llegar a España, y su piel, arrugada y envolvente de un costal de huesos vivientes, le suma más años de los que en realidad podría tener.

María camina como zombi, o mejor, es una zombi de los muchos que se ven deambular por esta calle larga rodeada de empresas, carros que pasan despacio para conseguir droga, oficinas y obreros que madrugan a trabajar en las bombas de gasolina o en las empresas de la construcción.

Muchos de ellos van y vienen por el Polígono para conseguir las jeringuillas cargadas de heroína por 10 euros; otros pagan un poco más por las pastillas de fentanilo que los hace doblar mientras caminan, dándoles el aspecto de muertos vivientes por estas calles de Madrid.

La calle de las drogas

Para llegar al Polígono Marconi basta con bajarse en la estación de la Renfe Villaverde Alto. Desde la plataforma de este tren blanco y rojo que reparte a los habitantes de este barrio por cada rincón de Madrid, se pueden ver las carpas, llamadas chabolas por los españoles, donde viven los que venden las drogas a los “muertos vivientes” de la principal ciudad española.

Con el paso del tiempo, las chabolas se han aglutinado a lo largo y al lado del riel. Son una miniciudad multicolor cuyas calles están marcadas por las canecas con maderas humeantes de la noche anterior en la que “zombis” se calentaron las manos.

Las vías de barro seco se han convertido en un tapete de papelillos brillantes desechados por los adictos después de consumir, pero también recogen el excremento de los yonqui o vendedores de drogas que viven en estas casas improvisadas con telas y madera, y saben esquivar su propia caca al caminar; pero los demás, los consumidores envueltos en las borracheras que los contactan con espejismos y fantasmas, terminan ensuciándose hasta la propia conciencia.

El olor de estos desechos humanos secados al sol se mezcla con el aroma repugnante del humo de los cigarrillos de marihuana, bazuco, y otras drogas que se fuman al lado de los rieles del tren.

El aroma es perceptible desde el lado opuesto de la barrera con la que las autoridades quisieron cercar al barrio de los zombis para aislarlo de las viviendas que no soportan el hedor en la canícula de las dos de la tarde.

“Ese olor es insoportable y no sabemos como disimularlo. Además ellos hacen sus deposiciones en la calle y las mantienen sucias, lo que nos afecta incluso en nuestra salud”, relata Pedro O.

Mientras Pedro relataba a este diario los olores inmundos que llenan su balcón cada tarde, un hombre de buzo gris caminaba por la vía. Pedro lo identificó como el yonqui que surte de droga las chabolas, cobra y avisa a los señores de la droga la presencia de extraños en el Polígono que no van a comprar o a consumir sus productos exclusivos.

***

El crecimiento de las chabolas para la venta de drogas en el barrio Villaverde Alto y en la calle Polígono Marconi, es la consecuencia de los operativos policiales realizados en otros barrios como San Cristóbal, donde la venta de drogas al menudeo se convirtieron en un objetivo de las autoridades españolas que le declararon la guerra frontal.

Datos oficiales registran que en lo que va de este 2022, se han quitado 466 chabolas o “infraviviendas” en 177 operativos policiales. Mientras se realizaba la reportería para esta crónica, la Policía de España retiraba algunas carpas y detenía a una mujer señalada de ser la mayor expendedora de medicamentos en la ciudad diminuta de los zombis. Al ver las cámaras, exigió que se apagaran y nos fuéramos del lugar donde operaban ese día.

Pero los operativos no han frenado el auge de los adictos a las drogas. Los zombis de Madrid han instalado colchones en las puertas de la red de transporte público, y es común verlos deambular por las estaciones, con todas sus pertenencias metidas en una maleta que cargan a cada lado al que van.

El auge de los narcopisos

Villaverde es un barrio de calles estrechas y edificios de hasta tres plantas. Día y noche permanecen a lado y lado de la vía los vehículos parqueados de los habitantes de este suburbio en el que viven ciudadanos de distintas nacionalidades del mundo.

Está ubicado a un lado de la red férrea y en cada esquina puede encontrar una tabaquería, una barbería o una tienda de abarrotes. Los pisos (apartamentos) a veces son tan pequeños que es común ver en los balcones la ropa secándose al viento, y en uno de esos pisos pueden vivir hasta dos y tres familias en habitaciones separadas.

En las calles, los españoles, colombianos, ecuatorianos, jamaiquinos, haitianos y otras personas no se entremezclan, pero en las escalas de algunos edificios la vida los junta con un solo destino: el consumo de las drogas que se venden en los llamados narcopisos.

Uno de estos expendios de drogas se encuentra en uno de los viejos edificios del Paseo Alberto Palacios. Un ciudadano que accedió a mostrarle a EL COLOMBIANO como funciona un narcopiso, aseveró que en Villaverde ya reconocen donde venden la droga.

El portal es el número 3 y al ingresar al edificio se encuentran unas escalas en madera en las que se sientan los consumidores de droga que les venden en la edificación.

Lucía es una española de 73 años que recibió su piso como una herencia hace 43. Toda su vida la ha pasado en el edificio y ha visto crecer distintas generaciones en los apartamentos contiguos.

Pero hace tres años empezó a encontrarse desconocidos en las escalas internas del edificio, algunos consumiendo en papeles plateados la droga que le vendían en el 302.

“Ahora ves un montón de chavales entrar y salir. Entran derechitos y salen encorvados, casi a rastras. A veces escuchamos gritos en el narcopiso y pensamos que son afectados por el consumo de drogas que les venden ahí”, dice Lucía.

En Villaverde ya todos conocen dónde están los narcopisos. Los reconocen porque el llamador o telefonillo (citófono) está marcado para que los consumidores lleguen directamente al apartamento en el que les venden las drogas. Además, las papeletas vacías se encuentran en las puertas, y en algunas ocasiones hasta drogas se hallan en el portal.

En las entrañas de estos edificios, donde solo se ven pasar botellas y pipas con drogas, también se viven violaciones sexuales sin discriminar. Mujeres y hombres que buscan consumir crack terminan sometidos al deseo sexual de los vendedores de drogas.

“Si no acceden terminan hasta golpeándolos, entonces muchas de las personas que ingresan a los narcopisos prefieren abrir las piernas a terminar por muchos días en un hospital”, comenta Lucía, líder comunal de Villaverde bajo.

Con el auge de los narcopisos, que también se cuentan en las calles de las Arenas, portal 4; José del Pino, portales 7-9; Sulfato, portal 11; Camino de Viejo de Pinto, portal 8; Cacereños, portal 40; San Aureliano; Potes, portal 15; y la plaza de Ágata, también han aumentado los atracos.

Antes, las noches silenciosas y solitarias de Villaverde alto y bajo eran tranquilas, ahora sus habitantes prefieren entrarse temprano a sus pisos para evitar toparse con los zombis que, cuchillo en mano, te despojan del celular para comprar drogas en los narcopisos o en el Polígono.

Pese al auge, la Policía española ha tomado medidas para combatir los narcopisos. En algunas ocasiones parquean patrullas en las afueras de los edificios para evitar que lleguen a comprar y de esta forma asfixiar el narcomenudeo en estos edificios.

En estos operativos policiales se han registrado, solo en Villaverde en lo que va de 2022, 12 narcopisos y 172 personas capturadas por los delitos de atentar contra la salud pública y tráfico de drogas.

Se extiende frontera zombi

A las seis de la tarde en el Polígono Marconi solo ven unos pocos carros en busca de los últimos cigarrillos que ofrecen los yonkis (jíbaros) y una marea de liebres y conejos salen a pastar en las vastas planicies de esta calle.

Los “muertos vivientes” de Madrid se desplazan a los colchones que dejaron en la mañana en los bajos de las estaciones del metro o de la renfe. Algunos se quedan a dormir en las chabolas donde consiguieron la droga que los doblega, y por cinco euros más, pueden echarse un sueño bajo un techo de tela. Otros, ante la falta de dinero amanecerán de pie frente al fuego de las canecas prendidas para calentarse.

Pero la mayoría de los zombis seguirán deambulando por las calles de Villaverde Alto, a luz de la luna, presos de una droga que los obliga a arrastrar hasta los pies

466
carpas o chabolas han sido destruidas por la Policía Nacional de España.
12
narcopisos han sido bloqueados por las autoridades españolas.
10
euros cuesta una jeringa de heroína en las calles donde venden drogas en España.

Contexto de la Noticia

PARA SABER MÁS el otro problema: la prostitución

Unas cuadras más al norte de donde se hacen los consumidores de droga en Villaverde Alto, se encuentran las mujeres que se prostituyen en las calles. La mayoría son extranjeras que llegan engañadas con promesas de trabajo a España, pero una vez allí, les son quitados sus documentos por los proxenetas que las obligan a prostituirse. Ellas trabajan en las calles, a veces en toples y ropa interior. Les cobran a los extranjeros hasta 30 euros por los servicios sexuales, de los cuales deben entregar 20 al proxeneta. Hay mujeres de distintas nacionalidades: colombianas, rumanas, rusas. Todas son vigiladas por un hombre que se desplaza en un vehículo gris y que las mueve cada media hora de sitio para que puedan trabajar sin ser investigadas.

Si quiere más información:

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