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Belisario, ¿un excéntrico del conservadurismo?

La vida de Belisario Betacur encuentra un paralelo con la del también expresidente Marco Fidel Suárez, ambos de familias paisas pobres, aficionados literarios y conservadores.

  • Belisario en compañia de su esposa durante la misa realizada por el Papa Juan Pablo II en el aeropuerto Olaya Herrera. FOTO El Colombiano
    Belisario en compañia de su esposa durante la misa realizada por el Papa Juan Pablo II en el aeropuerto Olaya Herrera. FOTO El Colombiano
06 de febrero de 2023
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Nacido en 1923 en la vereda El Morro de la Paila, Antioquia, Belisario Betancur era hijo de un campesino pobre que trabajaba una parte del año como arriero en el Viejo Caldas y la otra como peón y cantinero. Con esas precarias condiciones de vida, no sorprende saber que el futuro presidente debió vender fruta y tabaco liado desde los cinco años de edad a fin de ayudar al sostenimiento de una casa que constantemente amenazaba con irse a pique. El precio pagado por él y sus hermanos en esas labores de supervivencia fue mayúsculo: de los veintidós hijos del matrimonio entre Rosendo Betancur y Ana Otilia Cuartas, diecisiete murieron antes de llegar a la adolescencia.

Un cura de la familia lo salvó de tan prematuro destino, al conseguirle un cupo de novicio en el Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal. A Betancur nunca lo tentó ser un hombre de religión y menos aún recorrer los caminos del mundo predicando el mensaje del Evangelio; sin embargo, del tiempo pasado en compañía de los sacerdotes eudistas le quedaron unas aficiones que hoy en día parecen extravagantes, pero que entonces eran el bagaje intelectual mínimo de un muchacho con ambiciones en la vida. Como tantos de sus contemporáneos, Betancur sabía algo de latín y griego y conocía bien la gramática española, el diccionario de la RAE y a los principales autores de la literatura grecorromana y del Siglo de Oro. Sin ser un experto, podía disertar como un aficionado entusiasta sobre las traducciones de Virgilio hechas por el pastuso Leopoldo López Álvarez, los antioqueñismos en la obra de Tomás Carrasquilla o las malicias del Tratado del participio escrito por Miguel Antonio Caro.

Estos gustos se le transparentaban en su conversación cotidiana: le encantaba salpicar sus frases con adverbios anticuados, con verbos raros o con contracciones poéticas que sin duda había aprendido leyendo a Cervantes o Garcilaso. A menudo uno le oía decir con su voz de misionero cristiano: “Plugo al cielo que sucediera aquello”, “enantes, cuando los jóvenes usábamos sombrero y gabardina” o “en Amagá, do la sombra de los árboles inunda los ríos...”.

Del Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, Betancur pasó a estudiar en el colegio de la recién fundada Universidad Pontificia Bolivariana y, tras un mínimo intervalo en la carrera de Arquitectura, entró a la Facultad de Derecho con el propósito de convertirse en abogado. Los tiempos seguían siendo difíciles: aquel joven campesino (cuando no alcanzaba a llegar donde su tía Barbarita Cuartas) dormía al aire libre en un quiosco del Parque Bolívar, comía poco y debía rebuscarse el sustento a través de múltiples oficios, que iban desde ayudante de carnicería y profesor de griego y latín hasta mecanógrafo en los juzgados del Palacio Municipal. Aún así, venciendo contrariedades y con el auxilio del obispo Miguel Ángel Builes y el rector de la Bolivariana, Félix Henao Botero, logró recibirse a comienzos de 1945. Muy pronto empezó a descollar tanto en el periodismo como en la vida pública.

Estas circunstancias han fomentado los paralelos entre la vida de Betancur y la de Marco Fidel Suárez. El vínculo sin duda existe: los dos eran aldeanos pobres que pasaron por el seminario y no quisieron seguir la carrera eclesiástica; ambos tuvieron la ayuda de padrinos poderosos y gracias a ellos, pero también a la tenacidad de sus temperamentos, consiguieron dejar la provincia, irse a Bogotá, ganar posiciones tanto en la academia como en la política y llegar a ser profesores universitarios, cabezas del Partido Conservador, literatos entusiastas y, por supuesto, presidentes de la República.

El paralelo se bifurca al considerar que Betancur tenía una vena bohemia que un asceta como Suárez nunca permitió aflorar en su vida. Se menciona poco que en su época medellinita Betancur entabló una cercana amistad con Alfonso Upegui, el célebre Don Upo, pionero en su ciudad natal y en Colombia de la llamada crónica roja. Catorce años mayor que Betancur, Don Upo no sólo le abrió a su joven amigo las puertas de los prostíbulos y cantinas del barrio Guayaquil; también le consiguió chisgas en la emisora Ecos de la Montaña, donde Betancur cantaba a dúo con Antonio Panesso Robledo, y fue su maestro involuntario en el viejo arte de emborronar cuartillas. En el prólogo de Ya te maté, bien mío. Ahora, qué será mi vida sin ti, Betancur lo dice con todas las letras: aunque no se lo propusiera, “Don Upo era una escuela ambulante de periodismo”.

A la ascendencia del cronista antioqueño se deben, sin duda, tres rasgos de Betancur ausentes casi por completo en Marco Fidel Súarez: un conocimiento casi enciclopédico de la música popular, una pasión por las hablas de germanía, muy notoria en su discurso de ingreso a la Academia de la Lengua, y un deleite, a veces casi infantil y ciertamente muy de su tierra, por lo rijoso y la vulgaridad. Ya con tragos, el expresidente solía hablar con nostalgia de la estación del tren de Cisneros, cantar viejos bambucos de Obdulio y Julián o recordar coplas picarescas que, según él, había aprendido en las tabernas de Lovaina, el barrio donde perdura la memoria prostibularia de Medellín. Una de las que yo le oí decía:

Soy aquel que se imagina

Gran cantidad de razones

Para verte la vagina

Y admirarte los pezones

Y, absorto, te miro y callo

Sin sueño, futuro o metas

Por pensar tanto en tu gallo

Y en tus majestuosas tetas.

El lugar asignado a la religión es el segundo punto de divergencia entre la vida de ambos mandatarios. Mientras Suárez impulsó la unidad entre la Iglesia y el Estado y fue partidario de estrechar (era el verbo que utilizaba) los vínculos con la jerarquía eclesiástica, Betancur era una suerte de cristiano librepensador que asustó desde su juventud a la cúpula de la Iglesia a causa de sus posturas progresistas. A Suárez los liberales le criticaban acerbamente su espíritu ultramontano; a Betancur, por contraste, eran sus propios correligionarios quienes le afeaban las supuestas ideas de izquierda. No se olvide, además, que Betancur fue expulsado del Instituto de Misiones de Yarumal, así como excomulgado en tres ocasiones por el ya preterido pero entonces influyente obispo Diego María Gómez.

Esta divergencia no implica necesariamente una separación de aguas: aunque las simpatías religiosas de Betancur apuntaban claramente hacia excéntricos como el padre jesuita Pierre Teilhard de Chardin, a quien dedicó un ensayo en que recuerda las muchas ocasiones en que el teólogo francés fue censurado por sus superiores eclesiásticos, el expresidente colombiano volvió a los escritos suarinos en más de una ocasión, bien fuera para utilizarlo como autoridad en el debate sobre la ascendencia semita de los antioqueños, para apropiarse de la divisa “progresar padeciendo” o para realizar algo que, visto con la perspectiva del tiempo transcurrido, merece el epíteto de copycat ideológico. En efecto, no de otra forma puede calificarse a la alocución que Betancur leyó en el Templete Eucarístico del Parque Simón Bolívar cuando el papa Pablo VI visitó Colombia en 1968. Punto por punto, ese discurso, cuyo significativo título es Cristo del desarrollo, constituye una respuesta (y una rectificación) a la Oración a Jesucristo pronunciada por Marco Fidel Suárez ante los delegados de la Segunda Asamblea General del Congreso Eucarístico en 1913.

Hay una tercera y más poderosa razón que aparta la trayectoria vital de Betancur de la de Suárez: el convivialismo. En el paréntesis entre su expulsión del Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal y su ingreso al colegio de la Pontificia Universidad Bolivariana, Betancur jugaba ajedrez en el café Sol y Sombra de Amagá con el jefe liberal Antonio Rivera y frecuentaba la biblioteca del zapatero del pueblo, también progresista, donde podía leer títulos como El triunfo de la muerte, de Gabriele D’Annunzio, incluidos en el Índex de libros prohibidos por la Iglesia.

Pero el mejor ejemplo de ese esfuerzo por superar el fanatismo de la época, de resistirse a los férreos límites impuestos a los miembros de ambas colectividades, se encuentra en un debate televisivo entre Betancur y Alfonso López Michelsen del año 1981. Fiel a su estilo vergajo de disertación pública, López Michelsen había declarado poco antes que cómo pretendía Betancur convencer al país de votar por él si en treinta y cinco años de matrimonio no había podido convencer a Rosa Helena, su mujer, de que se volviera goda. Betancur recogió el guante y dijo que su interés no era convertir a su esposa, porque respetaba las opciones políticas de todo el mundo, pero que le preocupaban mucho esas palabras. Si López llegaba a ganar las elecciones, terció, eso quería decir que los maridos definirían las opciones ideológicas de sus mujeres. ¿No pues que el liberalismo quería librarlas de ese yugo? Su frase final no fue menos definitiva:

—Por lo demás, no está tan mal que el próximo presidente de la República duerma con el enemigo.

De lo dicho hasta aquí, yo no podría el acento en que Betancur fue el penúltimo gobernante colombiano en quien se dio esa alianza entre conocimiento de la gramática y ejercicio del poder, tan magníficamente estudiada por Malcolm Deas y Andrés Jiménez Ángel. Tampoco utilizaría las aficiones literarias de Betancur como una suerte de contrapeso en la balanza de la historia para equilibrar sus todavía debatidas actuaciones en el asalto al Palacio de Justicia del 6 de noviembre de 1985 y en la tragedia de Armero de una semana más tarde. Si algo debe resaltarse en este centenario de su nacimiento no es que su trayectoria se asemejara en algunos puntos a la de uno de los más ortodoxos presidentes de la historia colombiana, ni que compartiera con Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro y el propio Marco Fidel Suárez la pasión por la lengua, sino que tuviera la suficiente apertura de espíritu, la suficiente flexibilidad conceptual para apartarse de las pulsiones más nocivas del conservadurismo clásico de su época.

“¿Qué es Belisario Betancur”, se preguntaba a comienzos de los años sesenta Eduardo Umaña Luna. “¿Un hombre de derecha, de centro, de izquierda? ¿Un conservador, un social cristiano, un demócrata-socialista?”. Esta dificultad para definir a un político que empezó siendo laureanista y acabó en punto bastante inédito del mapa ideológico es, me parece, uno de los ejemplos a los que podrían atender los actuales conservadores colombianos, paralizados por su adhesión acrítica a unos valores en franca colisión con la sociedad moderna, a una función de la Iglesia en la que ya nadie cree y a una arquitectura social completamente desbordada por la democracia.

“Cuando yo dejo un cargo tiro la llave al mar”, le dijo Betancur a Carlos Caballero Argaéz y Diego Pizano Salazar en una entrevista. Tentados por las sirenas del continuismo, instigados por el demonio de la reelección, ese sería el otro ejemplo de Betancur al que, en este centenario de su nacimiento, deberían atender no solo los conservadores sino, muy señaladamente, los expresidentes de todos los partidos.

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