Son muchas las cosas que pasan a nuestro alrededor y que nos afectan mientras indiferentes a ellas, sólo estamos pendientes de nuestra cotidianidad interna. Tal vez esa indiferencia se deba a que pensamos que nuestra capacidad de incidir en lo externo es casi insignificante.
Prueba de ello es la casi nula difusión en nuestros medios de comunicación sobre la reunión del Club Belderberg, entre el 6 y el 9 del mes en curso, a pocos kilómetros de Londres.
Allí estuvieron 140 personas muy importantes del mundo para "escuchar, reflexionar y recibir ideas", según su página web, pero según otras fuentes, para analizar la situación del mundo y fijar estrategias conjuntas de actuación.
Otros piensan que se trata de una "aristocracia de propósitos" para gerenciar la vida económica de las naciones y arbitrar las necesidades vitales de la humanidad. Unos pocos aseguran que ellos buscan un gobierno mundial único, lo que implicaría moneda única, ejército propio y religión sincrética.
El Club Belderberg, organización conocida por el nombre del sitio donde se reunió por vez primera en 1954, lo ha seguido haciendo anualmente en diferentes sitios de Europa o EE.UU., bajo la filosofía de sus inspiradores, el príncipe Bernardo de Holanda entre ellos.
Operan como un club del poder y del saber, en forma hermética y esotérica. Últimamente más discreta que secreta.
De ella hacen parte un selecto grupo de líderes influyentes, pertenecientes a instituciones tan poderosas como el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y la Reserva Federal de EE. UU.
Hay, además, representantes de casas reales, ministros de economía y presidentes de algunas de las 100 mayores empresas del mundo. Parece que en la reunión del fin de semana pasado, participaron representantes de 21 países, todos miembros de la Otan, pero ninguno de Latinoamérica, Asia o África.
Desde su creación y durante 61 años, el Club se ha reunido ininterrumpidamente a deliberar, con resultados que el común de las gentes desconocemos. Hay quienes opinan que tienen vínculos sólidos o descendientes de los Illuminatis y otros creen que son parte de la masonería moderna.
Lo cierto es que por su calidad, sus miembros manejan información privilegiada y esencial para la toma de decisiones de trascendencia mundial.
Algunos aseguran que sus decisiones se conocen a través del Foro Económico de Davos y de las asambleas del G-8.
Autores como Daniel Estulin, Cristina Martin y Eric Frattini conceptúan que entre sus temas de análisis prioritarios están los del crecimiento de la población mundial (ya en 9.000 millones), las fuentes de energía, la guerra cibernética, la biotecnología, la educación online, el creciente volumen de circulación de datos y la interceptación de los mismos (lo que tiene en problemas al gobierno americano) y las acciones frente a gobiernos nacionalistas y populistas, como Argentina y Venezuela, entre otros.
¿Será verdad que el Club Belderberg es dueño del mundo, con ambiciones tiránicas y poderes por encima de los Estados? No lo creo. ¿Que estén buscando un nuevo orden mundial? Probablemente. Con certeza, el tema merece mayor interés y análisis, pues puede suceder que la realidad supere la ficción.
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