Negro de pies a cabeza. Un buzo oscuro con un sencillo, casi imperceptible, logo del Sky. Una gorra de igual color que apenas le deja ver unos flequillos de cabello dorado que pegan a su cuello. Un pantalón amplio poco vistoso, de esos de combate diario.
Ahora se pasea por las salas de los aeropuertos como si estuviera en su casa. Parece conocer los recovecos de cada uno de ellos. Ya nada se le hace extraño; al fin y al cabo, gran parte de su vida la gasta tomando o dejando aviones.
Esto se le ha vuelto rutina. Ayer en el Jean-Lesage de Quebec y en el Pierre Elliott Trudeau de Montreal, en Canadá; hoy en el John F. Kennedy, de Nueva York; mañana en el Copenhague-Kastrup, en Dinamarca. Y luego, quién sabe donde. Quizás en el de Barajas, de Madrid, en el Charles de Gaulle de París, o en el Leonardo Da Vinci de Roma. Siempre tiene el itinerario abierto.
"Sí, la paso más en el aire que en tierra", confiesa con una corta sonrisa, antes de chequear que el iphone aún continúa donde lo dejó.
Lo importante, sin embargo, es que se justifiquen todos esos viajes. Y así lo piensa Rigoberto Urán, porque de nada vale todo este trajín si no se tiene una buena temporada como la que él piensa ha sido positiva.
Se detiene en una página a la que ya no le queda un espacio para otro sello y musita -a modo de repaso-, "por ejemplo, en el Tour de este año, todos sabíamos que era muy difícil pelear el título, pero lo hicimos. El equipo trabajó duro, era la carrera que atacaríamos. Lo intentamos con Bradley Wiggins, pero por esos infortunios del deporte, sufrió una fractura de clavícula y se retiró, dejándonos un poco huérfanos, porque era nuestra carta".
-Pero ahí quedó usted? Levanta la cabeza y asiente, alzando las cejas. Le llegan los recuerdos más frescos, el haber tenido la camiseta blanca de líder de los jóvenes, las idas al podio, dos o tres etapas en el top10. Y un sabor agridulce, porque estaba fuerte en la montaña, donde justamente tuvo su día de desfallecimiento: en los Alpes, perdiendo la camiseta de los sardinos. Es que la montaña da y también quita, así Urán no se haga el de las malas pulgas, porque al fin, terminar como el mejor del Sky británico -puesto 24 y ser el sexto de los jóvenes, como el primero del equipo negriverde-, es haber ganado mucho.
Y sí que parece buen año. Lo tiene bien guardado en su memoria -no la dura-? Séptimo en la Ruta del Sol, 29 en la París-Niza, quinto en Cataluña, 61 en la Vuelta al País Vasco, 19 en la Flecha Walona, quinto en Lieja-Bastonia-Lieja, 28 del Dauphiné, 24 del Tour, noveno en San Sebastián, tercero en Quebec y 45 en Montreal.
Y repite, "tenía la ilusión de ganar la camiseta blanca. Ganarla y hacer el top 10. Se iba cuajando bien, pero hay momentos en el ciclismo en que no se puede hacer nada contra las caídas y los imponderables no se pueden evitar. Esto nos permite comprobar que estamos para mejores momentos", recapacita, con otro rápido movimiento de cabeza.
-¿Qué se siente al subir al podio de la carrera más grande del mundo?... "Nada, porque uno todavía tiene el calor de la carrera". Y agrega que se siente es cuando se está en el hotel descansando, cuando se ven los videos o la televisión, cuando la gente lo felicita. Es algo bonito. Pero, además, porque da alegría y confianza".
-Y ser líder-capitán, de improviso, de un equipo grande, un grupo de europeos, todos hablando un idioma diferente, trabajando para un latinoamericano que acaba de llegar, como cuando se invierten los papeles del conquistador y el conquistado... "No lo había pensado así", voltea la cara para confesarlo, y luego despacharse con una cascada de frases: "pues presiona bastante, además porque no es cualquier equipo, es el Sky, es inglés. Se asume una responsabilidad, un mayor compromiso de pelear por la general, por sacar adelante el equipo, eso genera más presión, y hay que tener tacto para manejarlo. Es que tener todo un equipo para uno es algo difícil, además en el Tour que no es cualquier carrera. Creo que lo más importante es tener la confianza para cumplir y yo la tengo. No hay celos; por lo menos no lo siento así, porque el ciclismo es un deporte que no es de hablar sino de pedalear. Aquí, la carretera pone en su sitio a cada corredor, no es de disfrutar, por ejemplo, el Tour, no, el ciclismo pone a cada cual en su sitio y el que esté bien le va bien. Igual sucede en el equipo. Yo soy un corredor que me defiendo bien en la montaña y entonces peleo ahí. Aquí no se corre con celos, somos profesionales, se corre con una mentalidad. Todos estamos entrenados para trabajar, rendir y dar resultados, no pelearnos entre nosotros por un liderazgo".
En su hablar se le nota compromiso pero, a la vez, un cambio de mentalidad grande. Sabe para dónde va. Es un montañero amoldado, lo confiesa, porque a muchos colombianos les da duro salir, dejar la familia, la comida, los amigos. Ya va para siete años en Europa y como está invirtiendo en su proyecto de vida, lo cumple, así los suyos le hagan falta.
¿Por qué no pegan algunos compatriotas en Europa? "Porque no están para sacrificios", se responde con facilidad.
"Yo, desde pequeño he sabido las cosas que quiero, los esfuerzos y sacrificios que debo hacer para lograrlo. Es tener objetivos claros, y saber que para obtener las cosas, hay que sacrificar otras y eso, igual, lo comprende mi familia". Sí señor, es que todo cuesta, nada es gratis. Y tal como vino, Rigoberto se fue.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8