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UNO HASTA SE AMAÑA CON TELEANTIOQUIA

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08 de septiembre de 2013
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Aunque los dos canales regionales más importantes, Telantioquia y Telemedellín, deberían ser discretos en la propagación de las imágenes y realizaciones de Gobernador y Alcalde, lo cierto está en que van ganando en materia de ventajas competitivas frente a la llamada televisión nacional, sobre todo por el interés evidente en ofrecer programas de calidad y no incurrir en irrespetos contra la teleaudiencia, como los que cometen noche tras noche los que no han podido superar la etapa del subdesarrollo audiovisual señalada por los seriales lóbregos y perturbadores de la violencia, el narcotráfico y la mala vida.

Mientras en los llamados canales privados han perdido importancia valores y tradiciones familiares y se pretende ensamblar falsos arquetipos con base en la exaltación de vicios privados que acaban exaltándose a la categoría de virtudes públicas, en el pionero de los canales regionales es notorio el empeño en salvaguardar la integridad de la familia, enfatizar en la formación ética y las actitudes cívicas y fortalecer una identidad cultural, no con la insistencia en falsas cualidades folclóricas, sino mediante el reconocimiento de rasgos idiosincrásicos de un pueblo que pesa en el devenir de la nación.

Los ejemplos son cada noche más sobresalientes. Cito uno solo para destacar cómo en la televisión regional está marcándose un contraste de excelencia frente a la ordinariez, la insustancialidad y la vagamundería de gran parte de las teleaudiciones dramatizadas que se transmiten desde Bogotá. He estado siguiendo la nueva serie dominical Aprendí a quererme. Tenía al principio la sensación de que sería algún monótono sermoneo propio de la televisión educativa, tal vez por el respaldo del Servicio Seccional de Salud. Sí tiene un acento formativo y en cada episodio se trata un problema de salud pública. ¿Pero qué tiene de reprochable, si el medio televisivo tiene unas finalidades éticas ineludibles, mientras en otros ámbitos lo que se hace es maleducar, deformar y destruir criterios axiológicos e imponer el relativismo valorativo del todo vale?

La realización de Aprendí a quererme es buena por el tema y el desarrollo argumental, la actuación (actores nuevos y promisorios), el trabajo estético y el tratamiento de imágenes y escenarios y la dirección magistral del veterano Kepa Amuchastegui. Para algún crítico posudo resultaría fácil descalificar esta producción con el solo motivo caprichoso de que no consulta estándares nacionales. Ahí está marcada la diferencia. A la telebasura está oponiéndosele televisión inteligente, orientadora, que no siga revolviendo de modo morboso en las profundidades de lo peor, sino que enseñe una región y un país de perspectivas y dimensiones más amplias y con una reconfortante visión de futuro. Gracias a ese y otros programas (claro que está Serenata ), uno hasta se amaña en las noches familiares viendo a Teleantioquia.

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