Aquellos primeros años cuando Cejismundo Vélez Uribe e Isabel Vásquez Marulanda se fueron a vivir con sus 19 hijos a la finca en Angelópolis quedaron gratamente grabados en la memoria de esta familia, unida por el amor y el cristianismo.
Así lo recuerda la Hermana María, de la Congregación Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, una de las siete hermanas religiosas que tuvo Gustavo Vélez Vásquez, más conocido como el Padre Calixto.
La Hermana tiene esos recuerdos a flor de piel, cuando en aquella enorme finca corrían libres, elevaban cometas, jugaban pelota y podían visitar las casas de los agregados donde los contemplaban con comidas típicas.
"Fue una infancia bella, muy unidos. Vivíamos una vida muy cristiana y rezábamos el Rosario todas las noches con papá", destaca.
Era una vida muy distinta a la actual, agrega, con mucho énfasis en la parte espiritual. "Y eso que no íbamos a misa todos los días porque la iglesia quedaba a una legua de la finca".
La educación de los primeros años la recibieron de una institutriz, mientras que las labores del hogar las enseñaba la mamá. "Mi mamá nos enseñaba a coser, a bordar ajuares de los que se iban a casar".
También eran días de mucha lectura, a cargo de las hermanas mayores, afirma la Hermana María mientras hace memoria y recuerda con exactitud uno de los textos: Lejos del Nido.
Esta vida en familia, con fuerte énfasis en lo cultural parece haber sido el mejor abono para llevar al pequeño Gustavo al campo de las letras. "Fue poeta desde niño", anota la Hermana, mientras busca entre su caja de recuerdos fotografías familiares y algunos poemas. Y encuentra este: " Quiero ir por el mundo, caballero y andante, sobre el lomo cansado de mi magro rocín; con los ojos cerrados a las cosas, y abiertos hacia los tibios efluvios de tu cálida luz, y acabar mi jornada por caminos desiertos, cual si fuera un Quijote, del amor y de la cruz ".
El ejemplo cristiano le señaló el camino al servicio de Dios. "A los 11 años de edad se fue al Seminario de Misiones Extranjeras de Yarumal, siguiendo el sueño de convertirse en misionero".
La Hermana María precisa que ni a él, ni a las seis mujeres que se volvieron religiosas, incluyéndola a ella, fueron presionadas por sus padres. "Cada uno de nosotros fue sintiendo el llamado de Dios y elegimos el servicio a los demás. Una decisión que, en mi caso, tomé hace 66 años".
Los recuerdos de su hermano, que partió hace un año, llegan con dejos de nostalgia que ella rápidamente matiza con anécdotas simpáticas de cuando hacían travesuras.
"Si algo le encantaba a Gustavo era cuando en la casa hacían dulce de brevas. No valía que pusieran la sopera alta en el mueble del comedor. Él hacía las maromas necesarias para alcanzarla. Lo bueno es que cuando lo lograba las compartía con nosotras", dice riendo.
Nos muestra entonces las fotografías que conserva de su hermano Gustavo, sobre todo en las que está con sus padres y las de la ceremonia de ordenación.
Quizás porque no fue mucho el tiempo que pudieron compartir físicamente -la vida religiosa los llevó por distintos caminos, él a Roma y ella 36 años trabajando en Brasil-, siente al Padre Calixto tan próximo como el que más, unidos en Dios.
"Desde mi regreso al país, hace ya 20 años, procuramos vernos con frecuencia, cada que podíamos. Lo bueno es que a través de internet nos escribíamos, al igual que con nuestra Hermana Isabel de la Eucaristía, en Perú. Siempre fuimos muy unidos", concluyó.
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