Todos se consideran ganadores, los gobiernos de Israel, de Gaza, de Egipto, olvidando la carne de cañón de este nuevo enfrentamiento entre una guerrilla y uno de los ejércitos más poderosos del mundo.
Al final de la operación del Tsahal del invierno de 2009 escribí pensando en Hamas: "Sí, hay una cultura de la guerra, pero tiene sus raíces en las escandalosas injusticias, en la frustración de palestinos y árabes.
¿Cuándo se consumará la próxima invasión israelí?’’.
La tregua, conseguida a los ocho días y no a las tres semanas del anterior enfrentamiento armado, es muy frágil, porque hay que empezar a aplicar todo lo estipulado a fin de mejorar las condiciones de vida de los habitantes de Gaza, postrados por un bloqueo implacable desde hace años.
Y en especial, preservar la seguridad, gran obsesión de Israel, que con los desafiantes proyectiles lanzados sobre Tel Aviv y Jerusalén ha sido puesta más en entredicho. Los árabes, soldados y milicianos, saben convertir sus derrotas en victorias políticas.
Cuando concluyó la guerra del estío de 2006 de Israel y el Hizbulah, con numerosas bajas y devastaciones libanesas, el jeque Nasralah, su secretario general, habló de "victoria divina".
Su resistencia fue admirada en los pueblos árabes. Las emociones por naturaleza son breves, e Israel sabe muy bien que los estados de opinión pública hostiles son pasajeros.
¿Quién se acuerda de la matanza de refugiados palestinos de 1982 de Sabra y Shatila, de los libaneses muertos en Caná en 1996 o diez años después por los ataques de la aviación israelí?
La gran diferencia entre 2009 y ahora es la destacada intervención diplomática de Egipto como mediador, cuya experiencia ha sido elogiada por los gobernantes de EE.UU., por boca de su secretaria de Estado, Hillary Clinton, presente en El Cairo a la hora de anunciar el acuerdo, y por los jefes de Hamas.
En El Cairo y en Gaza mandan ahora organizaciones de la misma tendencia islamista.
De todas formas no habría que olvidar que, en 2009, Mubarak, contra viento y marea, trató también de continuar su mediación sobre un alto el fuego duradero que resolviese en primer lugar la situación de la localidad fronteriza de Rafah.
El acuerdo de ahora se ha hecho a bombo y platillo, en El Cairo, mientras que en 2009 sólo se pactó un alto el fuego unilateral israelí, expresado en un memorándum firmado en EE. UU. sólo por la ministra israelí de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni, y la secretaria de Estado norteamericana.
La diplomacia egipcia ha hecho acrobacias, ya que al mismo tiempo es solidaria con los palestinos, desempeña una función mediadora y evita poner en peligro sus relaciones con EE. UU., hasta llegar a afirmarse que este acuerdo ha sido fruto, ante todo, de una convergencia de intereses entre ambos gobiernos.
Las exigencias de los Hermanos Musulmanes de anular o revisar el tratado de paz de 1979 con Israel en sus años de oposición a Mubarak no son fáciles de llevar a cabo cuando ya están en el Gobierno.
¿Qué hará Egipto para conseguir la aplicación de este acuerdo embrionario, que deja todo en suspenso, impuesto a Israel y a Gaza?
El prestigioso historiador británico Patrick Seale, gran especialista en temas de Oriente Medio, ha puesto de relieve las contradicciones que perduran entre los intereses de los gobernantes árabes y las aspiraciones de sus pueblos en la cuestión palestina.
La marginalización de Mahmud Abas, presidente de la maltrecha Autoridad Nacional Palestina, que gobierna en Cisjordania, ha quedado patente en la negociación de este acuerdo sobe Gaza.
Hamas explota la cultura del martirio para sus objetivos políticos.
El implacable bloqueo israelí legitima su combate, basado en la brutalidad e ilegitimidad de la ocupación.
La supresión de ayudas económicas y el aislamiento internacional han fomentado su actitud numantina. Gaza se ha convertido en la Masada de los palestinos de la generación de las mezquitas.
Como al final del enfrentamiento de 2009, con 1.400 palestinos muertos y trece israelíes, todo puede volver a empezar porque no se consiguen abordar a fondo los problemas.
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