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TREGUA VATICANA

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19 de febrero de 2013
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La gran ventaja de la curia romana frente a otras instituciones es que puede alejarse del mundo, durante una semana, para concentrarse en sus ejercicios espirituales.

Este retiro de meditación llega en un momento muy oportuno, después de unos días frenéticos, del vendaval mediático causado por la renuncia de Benedicto XVI.

El Vaticano tiene todavía grandes dificultades para adaptarse a una sociedad en la que todo es rápido e instantáneo, en la que se debe reaccionar a los acontecimientos en tiempo real.

Los ritmos tradicionales de la Iglesia católica nunca habían sido prisioneros de las urgencias del día a día, de las noticias del último minuto.

Pero ahora, incluso esta realidad bimilenaria vive con estrés la presión de sentirse en el centro de las miradas globales.

Desde el pasado domingo a las 6 de la tarde hasta la mañana del próximo sábado, el Papa no tiene ninguna agenda pública. No debería haber más noticia que los extractos de las reflexiones del cardenal que dirige los ejercicios espirituales.

Se trata del italiano Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo de la Cultura, uno de los purpurados más eruditos y con mayor proyección pública, protagonista también del diálogo con los no creyentes y factor fundamental para que el Papa fuera a Barcelona para consagrar la Sagrada Familia.

Su función como predicador de esta Cuaresma le da gran visibilidad en Roma.

Puede ganar puntos de cara al cónclave, pues ya se le manejaba como uno de los papables entre los cardenales italianos.

De verbo brillante, Ravasi supo encontrar el tono adecuado para la delicada fase que atraviesa la Iglesia.

La meditación, según el cardenal, sirve para liberar el alma de las cosas cotidianas y también "del fango del pecado, de la arena de la banalidad, de las ortigas de las especulaciones que, sobre todo estos días, ocupan ininterrumpidamente nuestros oídos".

Para Ravasi, "la fe disipa las tinieblas, en particular de la cultura de hoy", que definió como "un horizonte fluido, incierto, donde se celebra la amoralidad, la absoluta indiferencia en la que no existe ya distinción entre lo dulce y lo amargo y donde todo es genéricamente gris".

En cuanto concluyan los ejercicios espirituales, el Papa recibirá en audiencia al presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano. A ambos les liga una relación de amistad y simpatía.

Napolitano, excomunista, es dos años mayor que el Sumo Pontífice y está también a punto de abandonar su cargo después de siete años.

Será el último encuentro de Joseph Ratzinger con un líder político antes de hacer efectiva su renuncia al ministerio petrino.

Horas después, los italianos acudirán a las urnas en unos comicios cuyo desenlace es casi tan incierto como el del cónclave que comenzará unos días después.

En ambas orillas del Tíber se respira una atmósfera de fin de época. La historia se acelera y los caminos de Italia y del Vaticano vuelven a cruzarse.

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