A Javier Gómez, los pistoleros le han dado de comer. Recibe de ellos su plata puntual desde hace más de 50 años en el sector de Bolívar. Primero, se la daban al pie del teatro Granada; en los últimos años, en la entrada de la Ferretería Técnica, en Bolívar con Amador.
Hay días en que su esposa, Amparo Sánchez, es quien recibe la plata. Ya está enseñada. Sabe negociar con ellos. Y está dispuesta a ensuciarse las manos.
Estefanía, de Marcial La Fuente; Seit Lugery Silver Kane son series de libros de pistoleros con las cuales comercian ellos. Unos 3.000 títulos. Los pensionados son sus clientes fieles. Cada uno se lleva 20 ó 30 volúmenes de una vez. A los 20 ó 30 días están allí de vuelta cambiando esos títulos por otros para pasar un mes más.
"La ventaja es que muchos clientes, tal vez por la edad, tienen mala memoria y se olvidan qué leyeron antes. Hay uno que viene cada 15 días por Estefanía. Cada rato lleva los mismos". Señala Javier mientras sostiene diez ejemplares en una mano, buscando donde descargarlos. Espera que Germán Mejía, uno de sus viejos clientes, escoja sentado los títulos que quiere llevarse.
Germán tiene 75 años. Manejó por mucho tiempo un bus de La América y de un momento a otro comenzó a sufrir uno de los males de los choferes: de los riñones. Tuvieron que sacarle uno de ellos hace 25 años y desde entonces, cuando se bajó del bus, se dedicó a leer un libro de pistoleros por día. "Lo coge desde la mañana hasta la noche -cuenta Germán Darío, su hijo, quien lo acompaña, y lo confirma su hija, Nora, quien agrega: "mi papá, mientras más lee estos libros más los quiere leer".
Los libros ocupan un espacio en la amplia entrada. Un cajón rodante de madera, cuya altura llega a la parte media de una persona puesta de pie, no es suficiente para contener tantos ejemplares ennegrecidos por el tiempo. Sucios de pasar de mano en mano. Editados en el decenio del 60 del siglo pasado, cuando se vivió un boom de esta literatura. Y con las colecciones del Oeste norteamericano, cuya ley del que dispare más rápido atrae a tantas personas, hay novelas del corazón, de aventuras y de terror. Agatha Christie, El misterio del tren azul; Curtis Carland, Toque de difuntos, son dos de los que están encima. También hay ediciones de Seleccionesy Play Boy.
Todo: tanto revistas como libros pasan de una mano a otra, pues Gómez cambia cada uno por 300 pesos. Cerros de volúmenes rodean el viejo cajón de madera.
Tiene imán
"A veces leo revistas sobre el más allá", dice Amparo, vestida con falda y blusa elegantes, maquillada y con bolso colgado al hombro. Él ha leído muchos de los libros de vaqueros. Nacido en Yarumal hace 70 años, anota: "yo aprendí a leer en las revistas del Pato Donald y Supermán".
Criado por su mamá y sus tías porque su papá pronto se desentendió de él, vino a parar con ellas a Medellín cuando tenía 10 años. Si en los pueblos no hay trabajo hoy, ¡qué iba a haber entonces, hombre por Dios! Y pronto se dio al rebusque en las calles. Hace 53 ó 54 años fundó ese puesto de libros, a la vuelta de donde hoy lo tiene, es decir, en Amador con Palacé. "Medellín tenía unos 3.000 cambiaderos. Estos libritos que ve tan deteriorados me los traían nuevecitos en el carro de distribución. Yo comencé con 50 vaqueritos y pocas novelitas rosas".
Amparo está sentada en una butaca. No vino a remplazarlo; vino a acompañarlo. Desde que se pasaron de Robledo a las Torres de San Sebastián, en la avenida Oriental, lo visita frecuentemente; el apartamento les queda a tres pasos. Se mudaron porque la suerte así lo quiso. Un nieto suyo, Henry Esteban, quien al igual que Javier no tiene papá, sufre distrofia muscular, una enfermedad congénita que debilita los músculos que le ayudan al cuerpo a moverse. La padece hace cuatro años, desde los nueve. Los abuelos y la mamá, Juliet, veían cómo Henry se iba encorvando y el compás de sus piernas se iba cerrando, hasta que no anduvo más. En San Sebastián hay ascensor, lo que facilita sus salidas al médico. "Allá pasa jugando play station", en vez de estar leyendo a Marcial La Fuente.
Muchos transeúntes se aguantan la curiosidad de saber lo que hierve en ese pequeño recodo de la ferretería. Unos se detienen, miran y se van. No falta quién se detiene a preguntar: ¿tiene el último de Cohelo?
Repaso con los ojos una y otra vez el viejo cajón con tapa abierta hacia arriba, en la que se exhiben las revistas de pornografía al lado de unos ejemplares de Nacho lee, los cuales no resultaron ser buen negocio. No es fácil detallar todas las cosas, pues abundan. El cajón está forrado en lata. En ésta se ven algunos imanes pegados, más que todo en forma de rueda. Imanes que Javier vende a quienes creen encontrar en ellos un mecanismo para atraer la suerte. La buena suerte.
Tal vez porque tienen algún indicio de que ésta es de hierro. Y quizás tengan razón: ¿acaso no dicen que la suerte no la tuerce ni el más bravo?
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