Teresa de Jesús es un fenómeno. Con ella, más veloz que la luz, aprendo a subir de la tierra al cielo con solo levantar la mirada. Su testimonio es de sorprendente naturalidad. "Siempre en todas las cosas me aconsejaba este Señor […] que tanto cuidado ha tenido de mí".
Pertenece a la cúspide de los escritores del siglo de oro de la lengua castellana. Fray Luis de León quedó seducido por su "elegancia desafeitada que deleita en extremo".
Para quien tiene buen oído musical, su lenguaje es anticipo del paraíso. "Por ruines e imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las mejorando y perfeccionando y dando valor, y los males y pecados luego los escondía. Dora las culpas". Su musicalidad arrulla cuerpo y alma.
En Teresa, el símbolo cumple un papel insólito. Más que encontrar un sentido nuevo en la palabra, pone en ella el metamundo que la inunda: "Su Majestad" llenándola de su amor divino.
El forcejeo de Teresa con la palabra es admirable. "Deshaciéndome estoy, hermanas, para daros a entender esta operación de amor y no sé cómo". Y estalla de felicidad cuando aparece el milagro. "Me dio el Señor hoy, acabando de comulgar, esta oración sin poder ir adelante, y me puso estas comparaciones y enseñó la manera de decirlo, y lo que ha de hacer aquí el alma; que, cierto, yo me espanté y entendí en un punto".
Aforismos admirables eternizan su vocación de lectora y escritora. "Que en leer buenos libros era toda mi recreación", pues "sin libro nuevo no tenía contento". Cuando la Inquisición prohíbe los libros religiosos en castellano, Teresa queda desolada. Y de pronto escucha una voz: "Yo te daré libro vivo". Ese libro vivo es "Su Majestad". "¡Bendito sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer, de manera que no se puede olvidar!". En esta relación de inmediatez de amor de Dios con el hombre consiste la mística.
Quien quiera saber cómo eran las veladas de las viejas castellanas sentadas junto al fuego, lea a Teresa en voz alta. Escribía como hablaba. "Me era gran deleite considerar ser mi alma un huerto y al Señor que se paseaba en él".
Ver a Dios como golosina es ocurrencia de Teresa. "Que no es otra mi intención que engolosinar las almas de un bien tan alto". La fantasía del goloso jamás encontrará un manjar tan deleitable y placentero. Teresa sabe que el cielo es un banquete.
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