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Talante

  • Francisco Santos | Francisco Santos
    Francisco Santos | Francisco Santos
21 de noviembre de 2011
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En el tercer Consejo de Ministros del primer gobierno de Álvaro Uribe, el entonces ministro de Hacienda, Roberto Junguito, soltó una bomba. "Presidente, en octubre se nos acaba el presupuesto. No tengo ni con qué pagar a los soldados".

El anterior ministro, Juan Manuel Santos, había entregado una caja en ceros. La sola desfinanciación de las Fuerzas Armadas para los dos últimos meses del año era de 600 mil millones de pesos. Uribe solo se preocupó por resolver el problema.

No miró para atrás. Nunca lo hizo. Así arrancó el gobierno con un default de deuda evitado. El país no se enteró.

Ahora, que hay más retrovisor que panorámico, vale la pena poner lo de infraestructura en contexto. Y hay que decir que además de la olla raspada, que se solucionó sin aspavientos, durante los ocho años se generaron las condiciones que le permiten al gobierno actual tener una holgura fiscal sin precedentes, que 15 meses después de iniciado el mandato está casi todo en caja.

Además, esa lenta pero segura recuperación fiscal tenía como objetivo fundamental en esos ocho años ampliar el pie de fuerza y armar mejor a las fuerzas de seguridad, ampliar la cobertura en educación y salud y crecer el instrumento de protección social que no se reinventó de nombre, sino que se multiplicó por diez: Familias en Acción.

Dicho esto, vamos a infraestructura. ¿Qué había en 2002? Todas las concesiones, que además eran de un solo carril, quebradas y demandando al Estado.

La Autopista del Café, con 15 kilómetros construidos sin peaje en Chinchiná, quebrada. Commsa, la de Bogotá al Magdalena medio, robándose la plata. Fenoco, la del ferrocarril a la Costa, cobrando, sin hacer las obras, en conflicto con los carboneros y en tribunal de arbitramento en París. ¡Ah! y Bogotá-Tunja entregada en concesión con un tercer carril en cerca de 70 kilómetros. ¿Desastre? Esa fue la herencia que se recibió en 2002 del gobierno del que era ministro de Hacienda el hoy Presidente, que se queja mucho y hace poco.

¿Qué se hizo en esos ocho años? Se arreglaron todos los pleitos y a muchos se les amplió en tiempo y dinero el contrato como parte de la negociación para, primero, evitar demandas; segundo, que cumplieran las obras, y tercero, hicieran obras complementarias, la mayoría variantes en las ciudades y pasar de carril sencillo a dobles calzadas. Hoy solo se ve la ampliación de plazo y dinero y no todo lo que se les exigió en obras adicionales.

Luego, en el segundo mandato, y con un poco más de margen fiscal, se dieron las licitaciones de Bogotá-Girardot, Flandes-Ibagué. Bogotá-Tunja se amplió hasta Sogamoso toda en doble calzada al igual que Bogotá-Villavicencio, donde se amplió más de la mitad en esas mismas especificaciones. Se licitó Cajamarca-túnel de La Línea-Calarcá, en doble calzada, además de la vital vía Buga-Buenaventura.

Claro, falta hablar de la Ruta del Sol que une Bogotá con Santa Marta y Valledupar-Carmen de Bolívar, la transversal del Caribe, Autopistas de la Montaña, Cali-Pereira, el Mío de Cali (o los 380 kilómetros de 'transmilenio en 7 ciudades), ciudades amables y tantas otras obras que se ven a lo largo y ancho del país.

Nada es perfecto y algunas obras tienen problemas. Pero la pregunta es ¿por qué muchas de esas obras no se hicieron en gobiernos anteriores? ¿Por qué un gobierno con las arcas llenas no arranca en vez de quejarse? ¿Para qué escudarse en los defectos en vez de construir sobre lo construido? ¿Qué dice esto del talante de un gobierno y un gobernante?

Una anécdota final. Desde que la Corte Constitucional negó la tercera reelección, Uribe se dedicó con el Ministro de Hacienda a dejar la caja cuadrada con los recursos para terminar 2010 y dejarle 2011 algo distinto al desastre que heredamos el 7 de agosto de 2002. Con mirada de país, y de estadista, Uribe y su gobierno se arremangaron para construir y sacar a Colombia adelante. Sin quejas. A eso se llama talante.

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