¿Quién provocó esta catástrofe? Me hice esta pregunta mientras veía en la televisión a miles de manifestantes desfilando por las calles de Londres, Madrid, París, Berlín y Roma gritando: "¡Hay que salvar a los niños y no a los banqueros!". Había viejos y jóvenes, estudiantes, trabajadores y desempleados, hombres y mujeres cantando, tocando tambores y agitando banderas y pancartas que decían: "Gente antes que ganancias", "Empleos, Justicia, Clima". Los gritos se escuchaban en inglés, español, alemán, francés, japonés. Los policías los perseguían. Mientras tanto, en recintos cerrados, los presidentes de los principales países del mundo, reunidos en el G-20, pronunciaban discursos apocalípticos. Los tableros electrónicos de las bolsas de valores se encendían y se apagaban anunciando las cifras del hundimiento de empresas tan emblemáticas como la General Motors y Chrysler.
Cuando cambié de canal, en la pantalla aparecieron campamentos levantados con carpas de colores donde viven hoy miles de familias. No eran campos de refugiados en Palestina. Eran campamentos construidos en lotes baldíos adonde se han ido a vivir miles de estadounidenses que han perdido sus casas. Me parecía estar viendo " Tiempos Modernos ", la película de Charles Chaplin sobre la Gran Depresión de 1930.
Busqué un noticiero en otro canal. En CNN hablaba el economista peruano Hernando De Soto tratando de explicar la crisis mundial en palabras sencillas. Decía que el problema principal hoy son los llamados derivados bursátiles. En esencia son papeles financieros que agrupan títulos de propiedad e hipotecas y los bancos y agentes de bolsa los reparten, los subdividen, los re-subdividen y los vuelven a repartir en el mercado sin ninguna regulación por parte de los Estados. Nadie sabe cuánto valen. Nadie sabe a ciencia cierta quiénes los tienen. Por eso los bancos no tienen confianza para negociar con otros bancos y el mercado se ha paralizado. Esos instrumentos no existían anteriormente y su valor nominal no baja de 600 trillones de dólares. No sé escribir esa cantidad en números. Son los llamados activos tóxicos.
Me llamaron la atención sus palabras, pero no entendí en definitiva qué eran los derivados. La respuesta la hallé en un artículo de Newsweek. "Mira a tu alrededor -dice De Soto-: todo lo de valor económico que posee una persona como casas, automóviles, hipotecas, cheques, acciones, contratos, patentes, deudas de otras personas (incluidos los derivados) está documentado en papel. La cantidad de crédito disponible se compone de la propiedad de papeles tales como hipotecas, bonos y derivados, todo lo cual no es dinero per se , pero tiene algunos de los atributos de dinero. Es a través de papel que nos conectamos con la economía mundial. Hoy es imposible hacer negocios sin documentación legal fiable.
Es decir, sin papeles. En los últimos años, los gobiernos descuidaron el control en el mercado de algunos de esos papeles y permitieron una inundación bíblica de instrumentos financieros derivados de las hipotecas". Según Soto, de ese modo, este mundo que maneja valores globalizados comenzó a crear un título de propiedad opaco, que ya no representaba los valores sobre los cuales estaba anclado.
El sistema de propiedad pasó de un sistema transparente avalado por los Estados, a manos de banqueros o especuladores que emiten certificaciones a las que no pueden responder. El mercado financiero del mundo, entonces, se volvió una danza de papeles, un remolino: el Capital y su representación.
Hoy no se sabe cuánto valen esos derivados. Algunos dicen que están depositados en los paraísos fiscales. Que hay que acabar con el secreto bancario para encontrarlos. En cambio sabemos quiénes están perdiendo sus casas, sus empleos, y ahora están viviendo en carpas levantadas en lotes abandonados del país más rico del mundo.
Pero todavía no se ha dicho en forma clara quién provocó esta catástrofe. Creo que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva dio una respuesta hace pocos días: "El mundo entero está pagando el precio del fracaso de una aventura irresponsable de aquellos que transformaron a la economía mundial en un gigantesco casino. Esta es una crisis causada por comportamientos irracionales de gente blanca, de ojos azules y pelo rubio, que antes de la crisis parecía que sabía todo y ahora demuestra no saber nada".
No creo que se trate de un prejuicio racista. Si los trabajadores y los pobres del mundo no tuvieron responsabilidad en esta crisis, no deben pagar por ella. Y mucho menos los niños. Como decían las pancartas en los días del G -20, hay que salvar a los niños y a los pobres. No a los banqueros y a los corredores de bolsa que provocaron esta catástrofe.
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