Con la misma convicción que habla, juega. Nadie pensaría que en esos 1,76 metros de estatura hay un hombre de tanto temple para encarar rivales y ejercer liderazgo, pero en la cancha demuestra que está hecho para ofrecer seguridad. Es Cristian Alberto Tula.
La afición del Atlético Nacional lo comprobó el miércoles pasado en sólo 45 minutos, cuando el zaguero argentino se tiró al ruedo a pesar del poco tiempo de entrenamiento con sus nuevos compañeros. Tula convenció en el partido amistoso frente a Liga Deportiva de Quito y mandó a la gente contenta para la casa, añorando que su rendimiento alcance un punto alto y por fin se acaben las pesadillas en esa zona del campo.
Muchos añoran hoy a los ídolos del pasado en esa posición, como Darío López, Teófilo Campaz, el polaco Alejandro Semenewicz, Héctor Dragonetti, Francisco Maturana, Hugo Gallego, José Luis Brown, Nolberto Molina, Iván Ramiro Córdoba y Andrés Escobar, entre otros. Tantos y tan exquisitos con el balón en sus pies...
El tiempo en que actuó Cristian no es suficiente para evaluarlo, ni más faltaba. Pero como dicen las abuelas, "desde el desayuno se sabe cómo va a ser el almuerzo". Hay optimismo de ver desde hoy en el estadio Atanasio Girardot, a partir de las 7:45 p.m. ante el Deportivo Cali, a un Cristian Tula fuerte y sólido, como lo hizo en Ferro Carril Oeste (Primera B), River Plate y San Lorenzo de Almagro, con los que fue campeón.
"La idea es salir limpio desde atrás y respaldar a los compañeros, con quienes me falta mucho por conocernos", confiesa el defensor que, de entrada, mostró calidad y cordialidad.
Aunque le preocupan los rivales en un torneo del que dice que los delanteros colombianos son rápidos y potentes, advierte que "ellos también se encontrarán a nuestros mediocampistas y atacantes que son bravos y duros" y que la mejor manera de evitar sustos es con inteligencia y concentración.
De origen turco
Su apellido es de origen turco, pero niega ser un gran negociante. Nació en Rawson, capital de la provincial de Chubut, una población acogedora que no alcanza los 100 mil habitantes y que, por su hospitalidad, cuenta Cristian, se parecen mucho a los antioqueños.
La llegada esta semana a Medellín de su esposa y de sus hijas menores de 10 años, Valentina, Hiriana y Katerina, cuyos nombres tiene tatuados en su brazo izquierdo, lo han llenado de fortaleza y motivación, pues se considera una persona hogareña, que disfruta de su compañía.
"Soy muy casero -dice el zaguero gaucho-, trato de respetar la vida que llevo sabiendo que uno vive del cuerpo". Verlas crecer sanas es su máximo deseo en el aspecto personal, porque en lo deportivo tiene como meta alcanzar un título y encarar con la misma seriedad los partidos del torneo local y la Copa Libertadores.
Tula confiesa que el irrespeto lo saca de casillas y por eso promueve el buen comportamiento ante sus colegas de deporte. Lo sensibilizan los niños y ante las injusticias responde con serenidad para no caer en errores: "uno quiere actuar, pero hay leyes que debemos respetar. Lamentablemente algunas veces hay que dejar pasar las cosas".
Agradecido con Dios por lo que ha hecho en su carrera, Cristian solo pide salud y mucha fortaleza para encarar el reto con Atlético Nacional y salir campeón, como lo hizo en su país.
Las molestias que ha tenido en la espalda en los últimos días no serán un impedimento para su juego nocturno en el Atanasio, donde ya sintió el cariño de la afición verdolaga, que ruega que la seguridad de Nacional llegue en Tula.
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