En su clásico libro "El club de la miseria", Paul Collier señalaba que "el descubrimiento de recursos naturales valiosos en un contexto de pobreza se convierte también en una trampa". Superar la trampa, haciendo que los recursos naturales cumplan un papel protagónico en el proceso de desarrollo no es, sin embargo, tarea sencilla: requiere un cuidadoso diseño de instituciones que balancee los efectos positivos y negativos de la explotación de esos recursos, en un triple contexto: el equilibrio sectorial; equilibrio distributivo y equilibrio entre generaciones.
El equilibrio sectorial se consigue a través de la implementación de políticas macro y microeconómicas que atenúen los impactos negativos de las bonanzas mineras, y fortalezcan la productividad de los demás sectores: ahorro público, que permita pagar más bien que generar nuevo endeudamiento externo; canalización de las rentas mineras que correspondan al gobierno a la construcción de infraestructura productiva, a la formación de la mano de obra requerida en el desarrollo de otros sectores y al fomento de la innovación que ha de impulsar el surgimiento de nuevas actividades productivas.
El equilibrio distributivo se consigue irrigando adecuadamente los beneficios de las bonanzas en las poblaciones directamente afectadas por la extracción del recurso, y apoyando con las rentas obtenidas los procesos redistributivos en los que el país esté comprometido. Este equilibrio es no sólo importante por su papel en el desencadenamiento de un proceso de desarrollo equitativo e incluyente, sino también porque sin él, se pone en cuestión la viabilidad misma de la explotación del recurso: nada más negativo para el desarrollo minero que la percepción de inequidades fundamentales, que despiertan sentimientos irracionales fácilmente aprovechables por extremismos políticos de distinta catadura.
El equilibrio entre generaciones comporta dos elementos fundamentales: la compensación de la depredación de riqueza actual, implícita en toda extracción de recursos naturales no renovables, con la acumulación de otros tipos de riqueza (en activos productivos, en capital humano) que mantengan la riqueza fundamental del país para las siguientes generaciones; y la cuidadosa regulación de los afectos ambientales, a menudo asociados a la explotación o el transporte del recurso, bien sea impidiendo efectos negativos, mitigándolos o compensándolos adecuadamente, en el entendimiento de que se obtenga en todo caso un beneficio social positivo para la sociedad.
Los tres equilibrios requieren instituciones fuertes, confiables y efectivas, que puedan fomentar debidamente la explotación de los recursos, apropiarse de las rentas legítimas que de ello se deriven, canalizarlas a los objetivos sectoriales y distributivos deseados, preservando siempre el balance adecuado entre la riqueza presente y la riqueza que leguemos a nuestros hijos.
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