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RATEROS HONRADOS

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09 de febrero de 2013
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El avión acababa de aterrizar y los pasajeros estábamos buscando la puerta de salida.

A mi lado un hombre iba sustrayendo cosas en cada silla y guardándoselas en los bolsillos. Miré con atención: el tipo estaba hurtando los audífonos. Cuando se vio descubierto me miró con rabia. Le pregunté por qué robaba. Entonces me respondió que dejara de ser tan "sapo".

He estado preguntándome qué tan grande es el saqueo pequeño en Colombia.

También se lo he preguntado a ciertas personas sencillas con las cuales interactúo frecuentemente: barberos, tenderos, profesores.

Se roba mucho, responden.

Y en seguida mencionan los casos ya conocidos: el exministro venal, el banquero inescrupuloso. Siempre aluden a alguien que no tiene nada que ver con ellos, siempre recuerdan al gran estafador mediático – tipo David Murcia, el de DMG – y jamás al pariente que sustrae una memoria USB en su empresa.

De dientes hacia afuera, el colombiano promedio solo tiene en cuenta a los rateros que aparecen en la televisión. Por ejemplo el congresista, o el contratista de la carretera nueva.

"Qué gente tan ladrona", mi amigo.

Te lo dicen el taxista que cubre el taxímetro con una toallita para que el cliente no vea cuánto marca, y el carnicero que pesa la carne en una balanza adulterada.

Pillaje el de los otros, el de los que cometen sus saqueos desde una posición alta, pillaje el de los que roban botines millonarios. Pero ellos solo te esquilman una plata menuda; por tanto, no son bandidos.

Entre nosotros el saqueo empieza a ser reprochable después de un cierto número de ceros a la derecha. La gente piensa, además, que el robo de los doctores justifica el de los ignorantes. Y así, si todos son pillos, nadie es pillo.

Seguramente por eso el ladronzuelo del avión se puso rabioso conmigo: ¿Por qué tanta alharaca, si él no se estaba robando algo grande como el avión mismo, sino apenas unos audífonos que podrían considerarse una minucia?

Es decir, él había "reducido la corrupción a sus justas proporciones", como aconsejaba uno de nuestros políticos.

En Colombia abundan los pícaros que se consideran honorables solo porque se roban una chocolatina Jet y no un Mercedes Benz. Son, para decirlo con el célebre verso de Escalona, "rateros honrados".

Lo paradójico es que nadie los menciona como causa de nuestras calamidades pero todo el mundo se previene contra ellos: la señora de las fotocopias sujeta la grapadora con una cadena, el señor de la cafetería atornilla sus sillas al piso, el dueño del motel clava el televisor en la pared.

Nos blindamos contra esos rufianes pero seguimos considerando que son un mal menor porque, en nuestro utilitarismo, no medimos el pillaje con un rasero moral sino con una calculadora.

Pero si miráramos con más cuidado descubriríamos malas noticias, incluso en ese terreno de los números: el tipo que mañana nos escandalizará al robarse un millón de dólares, es el mismo que hoy nos parece inofensivo porque solo se roba un tajalápiz en la escuela.

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