Desde hace seis meses, cuando se activó el primer detonante de una crisis social contenida durante décadas, y Túnez y Egipto vieron caer sus omnipotentes dictadores; los libios se alzaron contra Gadafi y los sirios se lanzaron a las calles para desafiar al régimen de Bashar al-Assad, la pregunta que ha estado vigente es ¿dónde estallará la próxima protesta?
Los más recientes hechos de violencia en varias ciudades del Reino Unido, así como las duras protestas de los "indignados" en España, de los estudiantes en Chile y los "sin techo" en Israel, traen parte de la respuesta: en cualquier parte. Sólo que las motivaciones resultan distintas, pero no tanto los protagonistas. Son los jóvenes los que han convertido las redes sociales y los dispositivos móviles en poderosos botones de agitación social.
No es la crisis económica mundial la única explicación de semejante descontento general ni que sean "grupos extremistas y de pandilleros" los exclusivos responsables de los enfrentamientos, las protestas, los saqueos y los muertos, como lo pretenden hacer ver el primer ministro inglés, David Cameron, y todos los gobernantes que ven en aprietos su hegemonía en el poder.
La inmolación de un joven en Túnez y la muerte de un vendedor ambulante en Egipto, detonantes primarios de la llamada "Primavera árabe", no son manifestaciones de pillaje, sino salidas desaforadas a la represión por años y una respuesta a la exclusión en la que han vivido cientos de miles de jóvenes, muchos de los cuales han encontrado en la cultura de las bandas y las pandillas el "reconocimiento social" que la institucionalidad les ha negado.
Pero así como no se conocen las causas reales de los intensos días de disturbios en Londres y otras capitales inglesas, donde cinco personas han muerto y son miles los detenidos, sí es claro que la respuesta oficial, como tantas veces ha pasado y seguirá pasando, ha sido llenar las calles de policías para restablecer el orden, pero pocas veces para analizar el problema de fondo. Asuntos sociales no resueltos después de los históricos disturbios en Brixton, en 1981, y Tottenham en 1985, podrían haber revivido y llevado el descontento a Londres, Birmingham, Manchester, Salford y West Bromwich.
Así, sin una justificación aceptable y, menos, una demanda expresa de cambio en las políticas gubernamentales, muchas de estas manifestaciones de descontento y de rabia han sido permeadas por la falta de liderazgo de quienes fueron elegidos, precisamente, para brindar oportunidades y reivindicaciones sociales.
La aparente calma que ayer vivía Londres no alcanza para decir que se ha desactivado el peligroso cordón detonante que hace seis meses recorre el mundo. A la luz de estos nuevos hechos, cada vez es más difícil predecir dónde reventará el próximo conflicto.
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