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Periodismo Deportivo

19 de noviembre de 2009
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Mi padre tenía dos colecciones de revistas exquisitas: una era la de El Gráfico . La otra era la de Playboy . A la primera, con crónicas y fotos tremendas de futbolistas, basquetbolistas y boxeadores, la responsabilizo de ser periodista, y a la segunda de ser un admirador más del catálogo redondo del señor Hugh Hefner.

Por supuesto en mi infancia y adolescencia solo tuve acceso al revistero de El Gráfico , que estaba a un lado de la mesa de planchar donde Carmen, una morena de piernas y senos poderosos, nos ayudaba a dejar lisita la ropa de casa. La otra colección estaba bajo custodia de mis viejos en un lugar del clóset al que solo tuve acceso creo que después de los 16.

En las páginas de El Gráfico descubrí ese lirismo de los argentinos para narrar los clásicos de fútbol de los setenta y los ochenta, entre River y Boca. Esos textos me resultaban lo que, en la práctica, parecería una antítesis: tangos alegres. Descubrí a Hugo Gatti, con su melena y sus balacas. Y a Pinino Mas, un delantero rubiecito y letal que metió 198 goles con la banda del Núñez.

Desde entonces sé que el fútbol y su mundo de tropelías y pasiones, en la cancha y en las tribunas, tiene un ritmo, un oleaje, una cierta poesía, por demás grave.

Esta semana durante una serie de talleres y charlas sobre periodismo deportivo que se cumple en Medellín, saltó a la palestra una discusión interesante: se señaló a los periodistas deportivos de ser apoltronados, de ser una casta privilegiada de las redacciones y de cumplir una tarea algo fácil, sin mayor esfuerzo.

Creo que el Periodismo Deportivo (le pongo mayúsculas) implica una práctica en extremo exigente y responsable. Que muchos colegas que se precian de ser periodistas deportivos no la entiendan, es su problema.

Solo advertiría que hay pocos frentes del periodismo de un consumo tan masivo y a la vez tan apasionado. Y que además esa labor y esos colegas se enfrentan a una sucesión de eventos copiosa, ante la cual apenas queda tiempo para un respiro y un café.

Por ese mismo ciclo casi calcado que son las competencias deportivas es que es tan difícil ser periodista deportivo: para no repetirse, para no caer en lugares comunes, para no labrar héroes de barro, para no incitar a la violencia de las masas de hinchas, para no desperdiciar las lecciones que cargan los triunfos y las derrotas, para no lanzar a la hoguera a hombres que viven de la superación permanente de sus limitaciones... Bueno, para descubrir lo asombroso de la condición humana que reside en cada gran atleta es que existe esa modalidad de periodismo, tan agobiante y feliz.

Diría que con una pluma afilada o con un comentario afinado sobre el asunto variopinto y fabuloso del deporte, un periodista puede cambiar vidas o marcarlas para siempre. Incluso, al punto de que uno se aguante el placer de ojear Playboy si tiene a mano una crónica de esas redondas que nos regala El Gráfico.

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