Se realizó en días pasados el rito anual de Washington en el cual el Presidente hace el Estado de la Unión. En esta ocasión esta tradición estaba acompañada de una novedad, iba a ser realizado el rito por el Presidente Obama, quien generó unas expectativas inusitadas cuando fue electo, en casi todos los ciudadanos del mundo, después del desencanto y la descolgada en la opinión de su antecesor.
Pero el principal interés para los latinoamericanos era valorar qué había cambiado en relación con la región, aceptando, como lo señala Lluís Bassets, que " el discurso del Estado de la Unión tiene un único objetivo, de corte casi ceremonial pero con profundas consecuencias para la vida política americana: que una vez al año el presidente pueda decir a sus compatriotas que, a pesar de las circunstancias, en guerra o en paz, durante una depresión o en mitad de una fase de bonanza, la salud de la Unión es buena ".
Una Latinoamérica polarizada, por lo menos con tres tipos de gobiernos -con matices en cada tendencia-, una corriente de centro derecha, una tendencia de izquierda moderada y el eje de los países miembros del Alba y que por lo tanto tenía expectativas y lecturas diferenciadas acerca de lo que se podría esperar del nuevo inquilino de la Casa Blanca.
Luego del inicio prometedor de su discurso de posesión y de la 5ª Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, donde se evidenció un estilo distinto al de su antecesor y un mayor énfasis en el multilateralismo, todo indica que los problemas globales heredados, la crisis financiera global y las dos guerras en Medio Oriente y Asia Central, terminaron por copar sus energías y su preocupación, dejando la relación con América Latina en un segundo plano -como ha sucedido con los últimos gobiernos de USA-, aunque es necesario señalar que América Latina no es uniforme y que no es posible ni pensable un tratamiento similar.
Hubo un manejo especial de la relación con Brasil y México, los dos países más grandes de la región. Con México apoyando la lucha antidrogas del presidente Calderón a través de la Iniciativa Mérida y reconociendo su rol de vecino relevante, y con Brasil, reconociéndole su papel de potencia global y regional emergente, aunque con diferencias en varios temas y en diversos escenarios.
Tres situaciones relevantes marcaron la relación con Latinoamérica: a) el caso cubano, si bien es probable que Washington hubiera preferido un ritmo más lento para levantar la suspensión a este país por la OEA -herencia de la guerra fría, recordémoslo-, Estados Unidos no se opuso y se decidió por unanimidad, marcando un punto a favor de un nuevo tipo de relación; b) el golpe de Estado en Honduras -cuyas peculiaridades son complejas de analizar si no se asumen posiciones solo ideológicas-, llevó a que USA inicialmente, junto con los demás países americanos, lo rechazara y se negara a reconocer al gobierno de facto, pero luego matizó su posición -por presiones de congresistas republicanos, se dice-, se separó y junto con unos pocos países reconoció el proceso electoral y el gobierno que de allí se derivó, en lo cual se distanció de la mayoría de los gobiernos de la región -aunque todo indica que progresivamente terminarán reconociendo al gobierno de Porfirio Lobo-; c) el tema de la ampliación del acuerdo militar con Colombia que permite a tropas, aviones y navíos norteamericanos utilizar siete bases colombianas, que generó un malestar en la mayoría de los países de Suramérica y donde todos los analistas coinciden hubo un equivocado manejo por parte de Estados Unidos y Colombia, que contribuyó a crear el clima enrarecido que se dio.
Puntos a favor y en contra de las relaciones interamericanas parecen marcar este primer año.
* Profesor Universidad Nacional
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